Inicio Opinión Dos mujeres, un camino… Autor: Felipe León López

Dos mujeres, un camino… Autor: Felipe León López

Autor: Felipe León López

Podría ser el título de una canción popular, pero esta vez hablamos de “Dos mujeres, un país”, protagonistas involuntarias de una escena que resume buena parte del ambiente político nacional. Más allá de lo pintoresco de la imagen, parece el prólogo de otro capítulo de nuestra interminable tragicomedia, esa que siempre promete sorprendernos y termina confirmando nuestras sospechas.

Nos referimos, por supuesto, a la gobernadora María Eugenia Campos Galván y a la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo. La primera se ha convertido en referente de sectores conservadores cercanos a posiciones intervencionistas; la segunda encabeza el proyecto político surgido en 2018 y respaldado por amplios sectores progresistas y de izquierda. Una representa a quienes añoran el modelo que predominó durante décadas; la otra intenta sostener una alternativa que enfrenta presiones internas y externas cada vez más evidentes.

Sin embargo, más allá de los personajes y de las simpatías que despiertan, hay un elemento que aparece una y otra vez en el escenario: la influencia de Estados Unidos. A veces de manera abierta, otras mediante sus agencias de inteligencia, seguridad y procuración de justicia. Lo cierto es que México ha sido colocado en un terreno donde las prioridades parecen definirse cada vez más desde fuera que desde dentro.

Algunos verán en ello una exageración; otros advertirán, acaso con menos ingenuidad, que apenas estamos leyendo las cláusulas implícitas de una relación largamente asimétrica entre el imperio decadente -pero persistente- y nuestro país. Lo cierto es que esa ha sido la ruta desde que comenzó la campaña por el segundo mandato de Donald Trump. Más allá del dramatismo habitual que acompaña la relación bilateral, a México se le ha empujado a reordenar su política de seguridad y a reinstalar en el centro la persecución del narcotráfico y de la narcopolítica, incluso por encima de otros asuntos estratégicos como el T-MEC, que parece condenado a esperar mientras se representa, una vez más, esta conocida obra llamada seguridad hemisférica.

A ello se suma una forma renovada de presión. Las viejas certificaciones antidrogas, que durante años sirvieron para premiar o castigar gobiernos latinoamericanos, regresan ahora disfrazadas de aranceles, sanciones comerciales o advertencias diplomáticas. Cambian los instrumentos, pero la lógica permanece: establecer quién cumple, quién falla y quién merece ser exhibido públicamente.

En ese contexto, lo que está en juego no es únicamente una estrategia de seguridad, sino algo más delicado: la capacidad del Estado mexicano para decidir por sí mismo cuáles son sus prioridades, cómo enfrenta a la criminalidad y hasta qué punto está dispuesto a aceptar que la presión externa trace su agenda bajo la forma de una cortesía entre socios.

La discusión ya no se limita a la cooperación bilateral ni al intercambio de información; se ha desplazado al terreno de la legitimidad política, o sea los procesos de la democracia liberal electorera; de la soberanía institucional y del margen real de maniobra de un gobierno nacional que, frente al vecino del norte, debe demostrar unidad de su población, cierre de filas y no llevarlo a una polarización que nos debilite frente a la amenaza externa. Porque una cosa es cooperar y otra, más exigente y menos decorosa, habituarse a conducir la política interior con el oído a la próxima llamada de atención desde Washington.

Mientras tanto, simpatizantes de la 4T y opositores continúan atrapados en una competencia interminable de acusaciones. Unos señalan complicidades criminales en el pasado; otros responden con señalamientos similares en el presente. La discusión pública termina reducida a un intercambio de culpas resumido en una frase que parece describir la política mexicana contemporánea: “tú tan García Luna y yo tan Rocha Moya”.

Estos cruces de acusaciones y pocas mea culpas, recuerdan algunos pasajes previos a la guerra de 1847 documentados en libros, documentos y testimonios que están en los archivos nacionales de nuestras vergüenzas. Bastaría recordar que la división, el golpeteo y la miopía de una clase política débil, mediocre y entregada al corto plazo —liberales, conservadores y oportunistas de ocasión— facilitaron la incursión militar estadounidense en México. Washington, siempre atento a las ventajas que ofrece un vecino distraído, aprovechó la fractura interna, la débil presencia del Estado en amplias regiones del norte y su propia vocación expansionista. El resultado es conocido: la anexión de Texas, la ocupación de la Ciudad de México y, finalmente, la firma del Tratado de Guadalupe Hidalgo, ese doloroso recordatorio de que el país perdió más de la mitad de su territorio. Una herida que sigue abierta y que, para colmo, insiste en reflejar nuestras viejas costumbres políticas.

Diríase que la historia nacional no solo ha sido poco instructiva, sino que además hemos perfeccionado el arte de tropezar con la misma piedra. Parafraseando a José Alfredo Jiménez: “nada nos han enseñado los años, siempre caemos en los mismos errores”.

Quizá por eso esta historia, que comenzó como bolero político y amenaza con convertirse en un rap de seguridad hemisférica, resulta tan predecible. Tarde o temprano alguno de los bandos tendrá que tragarse sus palabras, mientras el señor anaranjado espera pacientemente nuestro próximo descuido para meter la cuchara sin que hagamos demasiadas olas; salvo, claro, las de los palcos durante el Mundial. (“El Mayo”, ¿remember?).

En México las crisis no siempre llegan; a veces simplemente regresan. Lo hacen sin que terminemos de entender que nunca se fueron. Y así seguimos, entre discursos inflamados de patriotismo y discretas reverencias estratégicas, convencidos de que vivimos un momento excepcional cuando, en realidad, volvemos a representar la misma obra de siempre: los actores se declaran enemigos irreconciliables, el apuntador viene del extranjero y la cuenta, por supuesto, termina pagándola el país.

Antes de concluir esta reflexión, vale la pena recordar un pasaje de El seductor de la patria, de Enrique Serna. En un monólogo ficticio, Antonio López de Santa Anna se defiende de sus críticos con una mezcla de cinismo y resignación que, para desgracia nuestra, sigue sonando familiar:

“¿Que vendí parte de México? ¿Cuándo entenderán estos mexicanitos que si el barco se hunde no solo es culpa del capitán, sino también de la ineptitud de los remeros? (…) ¿Me dices inepto? Eso me lo hubieras dicho antes de llamarme ‘deidad’ y rogarme que gobernara nuevamente a México. Debo confesarte que muchas veces pensé que del tamaño de tu fe y esperanza sería tu decepción. Mucha gente pateó mi pierna de madera por todo el pueblo; por favor, tú no patees mi memoria. Seguramente cometí errores, pero toma en cuenta que la esencia del hombre es el deseo y el poder”.

Contacto: feleon_2000@yahoo.com

Felipe León López
Felipe León López

Analista político, egresado de la FCPyS UNAM, con especialidad en estudios prospectivos. Es coautor de El Video poder en México (1995), Una Historia hecha de Sonidos (2004), Historia y Remembranzas de Radio Educación (2008) y Días de Radio (2017). Ha sido colaborador de portales, diarios y revistas de cultura, política y educación. Contacto feleon_2000@yahoo.com X: @FelipeLeonLopez

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