En ocasiones el cerco contra el gobierno de Claudia Sheinbaum se torna verdaderamente asfixiante.
José Reyes Doria | @jos_redo
El agobio del gobierno de Donald Trump contra México no da tregua. Desde la campaña presidencial por su segundo mandato, y de manera más agresiva a partir de su toma de protesta, el magnate neoyorquino ha arremetido con aranceles, clasificación de los carteles del narco como terroristas, criminalización de los migrantes mexicanos, acusaciones de complicidad del gobierno mexicano con el crimen organizado, acusación de que la presidenta Claudia Sheinbaum incita a protestas violentas en EEUU, cancelación de visas a personajes públicos, sanciones a instituciones financieras por lavado de dinero, y, ya de plano, con la clasificación de México como adversario de Estados Unidos similar a Irán, Rusia y China.
Todos estos golpes que el gobierno de Trump ha asestado a México en los primeros cinco meses de su segundo mandato, generan la impresión de que se trata de una fina estrategia tendiente a estrechar un cerco en torno al gobierno mexicano, con el fin de imponerle condiciones en grados más intensos que los habituales en la relación asimétrica entre ambas naciones. Los frentes de ataque de Trump, se pueden dividir en tres grandes ámbitos: a) aranceles y comercio en general, donde Trump ha encontrado contrapesos dentro del mismo establishment norteamericano; b) migrantes mexicanos, tema donde también se han movilizado actores económicos gringos para mitigar las agresiones contra los migrantes en situación irregular; y c) la cuestión del narcotráfico, ámbito donde no hay contención para Trump y da la impresión de que puede hacer lo que quiera contra México, pues ahí sí encuentra aprobación y apoyo de los factores de poder más influyentes de Estados Unidos.
Como sea, en ocasiones el cerco contra el gobierno de Claudia Sheinbaum se torna verdaderamente asfixiante. En el caso de los aranceles, los daños a la economía y a las expectativas de crecimiento son palpables; a pesar de la contención que ejercen los factores económicos gringos porque ellos mismos saldrían perjudicados con los aranceles, esta política de Trump ha afectado ya a la economía mexicana. En el caso de la migración, si bien existe la contención que ejercen innumerables empresas y gobiernos locales gringos para quienes nuestros paisanos son indispensables, el gobierno de Trump ha comenzado a erosionar esa contención a través de acciones como el proyecto de impuestos a las remesas y la inédita acusación de la Secretaria de Seguridad Nacional de EEUU, Kristi Noem, contra nuestra Presidenta de que ésta incita motines en suelo estadounidense.
El hecho no tiene precedentes en la historia de la relación México-Estados Unidos. Kristi Noem exhibió un nulo respeto por la investidura presidencial mexicana, sin ningún decoro diplomático. Por lo tanto, el desplante rayó en la insolencia porque no solo lanzó la denuncia, grave de por sí, sino que afirmó que ella, Noem, condena a Claudia Sheinbaum. Así, sin llamarla Presidenta Claudia Sheinbaum, lo cual es muy significativo. Más allá de lo emocional, es indispensable que en Palacio Nacional se acuse de recibo adecuadamente ante esta agresión del gobierno de Donald Trump. La acusación de Noem se dio en la Oficina Oval de la Casa Blanca, ante el presidente Trump, por lo tanto, se trató de un acto de gobierno premeditado y encuadrado en el cerco contra México.
Pero es en el terreno del crimen organizado donde el agobio de Trump es apabullante. Una y otra vez, Trump y sus secretarios han expresado la intención de atacar directamente a los carteles de la droga en territorio mexicano. Sea a través de drones, de aviones de combate o directamente con marines, el mismo Trump se lo ha planteado directamente a Claudia Sheinbaum en una llamada telefónica: “sería un honor entrar y destruir a los carteles de la droga en México”. La clasificación de esos carteles como terroristas, la navegación de buques de guerra y de aviones espías en los límites soberanos de las aguas y cielos mexicanos, las amenazas de funcionarios gringos de distintos niveles, han generado un clima de zozobra en el entorno del gobierno mexicano, y han puesto en serios predicamentos a la Presidenta.
En este punto, se ubica la estrategia más perversa del gobierno de Trump, que consiste en sembrar la percepción de que tiene una lista de políticos mexicanos cómplices de los carteles del narcotráfico, y que ejerce una presión insoportable sobre Claudia Sheinbaum para que se los entregue. Esa famosa lista, que diversos periodistas han filtrado, incluiría personajes de altísimo nivel del gobierno de AMLO, y a varios funcionarios de élite del propio gobierno de Sheinbaum. La estrategia es perversa, porque, de ser verdadera, es evidente que la intención del gobierno de Trump no es hacer justicia contra esos políticos que presuntamente han sido cómplices del crimen organizado, sino utilizar las eventuales pruebas que poseen para obtener del gobierno mexicano concesiones inconfesables.
En efecto, los gobiernos de EEUU tradicionalmente utilizan ese tipo de información sobre conductas criminales de altos funcionarios públicos de otros países, para doblegar a los gobiernos. Por ello, en el momento actual es evidente que el gobierno de Trump está armando un escenario que aporte credibilidad a la versión de que cuenta con información sobre complicidades de personajes políticos de alto nivel (se llega al extremo de señalar al propio AMLO) con el crimen organizado. Se menciona que cuentan con información y evidencia proporcionadas por el Mayo, por los Chapitos, por Caro Quintero, por el propio Chapo, además de documentales generadas por sus propias agencias de investigación y por sus infiltrados en los carteles y en el gobierno.
De esta forma, se configura el “combo” integral que quiere Trump: utilizar las armas y las tropas estadounidenses para descabezar carteles y laboratorios de fentanilo en territorio mexicano; y capturar, enjuiciar y condenar a decenas de políticos mexicanos de altísimo nivel que han sido cómplices de los carteles que inundan de fentanilo a los Estados Unidos matando a cientos de miles de jóvenes norteamericanos. Lo primero, lo de la intervención armada, se sabe públicamente que Trump se la ha pedido de viva voz a Claudia. Lo segundo, relativo a la lista de cabezas de políticos mexicanos que exige EEUU, no se ha expresado públicamente, pero es una versión que circula cada vez con mayor fuerza, y cada vez en más medios y periodistas asociados con los intereses y las intenciones del gobierno de Trump.
No es casual, no puede serlo, la reciente declaración de la Fiscal de EEUU, Pam Bondi, que definió a México como adversario de su país, afirmando que no permitirán que México siga matando jóvenes norteamericanos a través del fentanilo. En el clima belicista mundial que ha atizado Trump, la Fiscal norteamericana ubicó a México como adversario de EEUU como parte del del eje Irán-Rusia-China, enemigos colosales y declarados del imperio americano.
El escenario de un golpe devastador por parte de EEUU al gobierno de Claudia Sheinbaum es, así, creíble. Probablemente, esa estrategia se quede solo en eso, en la generación de un clima verosímil de asalto inminente, con el objeto de presionar y obtener concesiones inmensas y secretas del gobierno mexicano. Históricamente, así ha actuado EEUU con México, la amenaza dura y cruda, pero sin pasar a los hechos, porque eso traería consecuencias para el propio gobierno gringo en su país. Pero con Trump, se ha visto, todo puede pasar, y eso es lo que tiene en alerta máxima a Palacio Nacional.
Finalmente: ¿la embestida brutal de Trump, tiene objetivos político-ideológicos? La pregunta es totalmente pertinente, porque los EEUU siempre han agredido a regímenes con los cuales no comulga ideológicamente. El caso más emblemático es el de Cuba, aunque también podemos mencionar, en distintos momentos en el último siglo, a Nicaragua, Venezuela, Vietnam, etcétera. Pocos gobiernos norteamericanos han sido tan visceralmente de derecha como el de Trump, agresivos, enemigos delirantes de los gobiernos populares. De hecho, diversos actores políticos gringos republicanos han calificado a la llamada Cuarta Transformación como gobierno comunista o socialista.
La 4T está lejos de ser socialista. Incluso, está lejos de representar un dique a los intereses de los grandes capitales estadounidenses y mexicanos, los cuales han ganado más utilidades que nunca en los últimos siete años. En sus andamiajes económicos y financieros esenciales, el neoliberalismo sigue intacto bajo el dominio de la 4T, si no es que incluso se han fortalecido. Pero también es cierto, que el carácter genuinamente popular (populista, sí, pero popular) del gobierno, y sobre todo la retórica de los gobiernos de AMLO y Claudia, incomoda y genera repudio ideológico en los sectores más conservadores en EEUU. Y esos sectores hoy están en el poder, y tienen mucho poder.
La hipótesis es hilarante, pero debe analizarse en la construcción analítica de la actual coyuntura nacional e internacional: reflexionar si el gobierno de Trump pretende extender el cerco hasta provocar la caída del régimen de la 4T. Insisto, la idea puede sonar demasiado radical o paranoica, pero ha sido expresada por diversos observadores: ¿Trump y su grupo quieren destruir al obradorismo en el poder?
No sería la primera vez que EEUU pretendiera algo por el estilo en México. El caso más extremo fue el derrocamiento de Madero en 1913. Aunque generalmente las maniobras gringas para frenar o debilitar un gobierno mexicano han sido subterráneas, sordas, preventivas, quirúrgicas. Reitero, le 4T no amenaza en lo esencial al neoliberalismo ni a los intereses estadounidenses más prominentes. Pero sus acciones y rasgos populares (y populistas, como la reforma judicial, que no gustó nada en EEUU) podrían, de acuerdo con estas ópticas extremas, despertar el impulso golpista propio del ethos gringo, y caer en la tentación de derrocar a la 4T, no con un cuartelazo sino con formas menos obvias.
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