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Dos años de Claudia: epicentros, injerencias, avances y luchas internas. Autor: José Reyes Doria

septiembre 25, 2026
Dos años de Claudia: epicentros, injerencias, avances y luchas internas. Autor: José Reyes Doria


Autor: José Reyes Doria | @jos_redo

El 1º de octubre de 2024 tomó posesión la presidenta Claudia Sheinbaum. En unos días se cumplen dos años, es decir, ya ha transcurrido una tercera parte de su sexenio. Desde ciertos puntos de vista, puede considerarse que ya no habrá cambios o giros relevantes en lo que resta de su administración. Porque, en una perspectiva que es al mismo tiempo esquemática y realista, el tercer año del sexenio absorbe la energía presidencial en el proceso electoral 2027, la negociación de candidaturas y las estrategias de campaña.


Desde el primer día después de las elecciones intermedias, será la carrera presidencial lo que ocuparía de forma casi absoluta la agenda política de la Presidenta. Por lo tanto, las cartas del gobierno de Sheinbaum ya estarían echadas en estos dos años, de acuerdo con esta idea de que ya no cambiaría nada importante de aquí al 2030.


No es que el gobierno de la República, en particular la presidenta Sheinbaum, ya no vaya a realizar nada interesante más allá de la inercia burocrática de la administración pública. La idea de esta interpretación que comparten diversos observadores, es que en estos dos años ya vimos cuáles han sido los cambios, las novedades, las prioridades y las audacias del gobierno de Claudia Sheinbaum. Ya no habría más acciones superlativas en los siguientes cuatro años.


De ser así, el gobierno de Sheinbaum sería un caso peculiar en la historia de México, donde la Presidenta realizó cambios estructurales y giros espectaculares en el primer tercio de su mandato, dedicando las otras dos terceras partes de su sexenio a consolidar y cuidar esos cambios.


La Presidenta condujo la implementación de la reforma al Poder Judicial. Recordemos que esta idea fue totalmente del ex presidente AMLO, de hecho, la reforma constitucional se realizó en septiembre de 2024, el último mes del sexenio obradorista.

Claudia no tuvo más opción que sacar adelante las leyes secundarias y el proceso de elección de magistrados, jueces y ministros. Como haya sido, Claudia fue la Presidenta que encabezó la transformación radical del modelo de integración y funcionamiento del Poder Judicial.


Este cambio generó polémicas profundas, y a final de cuentas se puede interpretar, desde la Realpolitik, como una adecuación de la Corte a la correlación de fuerzas políticas nacionales, donde el oficialismo ejerce una potente hegemonía. En todo caso, la presidenta Sheinbaum invirtió gran parte de su capital político en la implementación de la reforma judicial, y en los próximos años y décadas se podrá ver si fue una inversión fructífera o fallida.


A la presidenta Claudia le correspondió delinear las leyes secundarias de la avalancha de reformas constitucionales que logró AMLO en el último mes de su sexenio. Pero no fue una mera inercia legislativa, pues la Presidenta impuso se sello en varios ámbitos. En materia de telecomunicaciones impulsó la concentración de atribuciones en una agencia gubernamental dirigida por una persona cercana a ella.


En materia de seguridad, centralizó funciones en la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana, en un diseño institucional que resta poder e influencia a las Fuerzas Armadas a favor de organismos civiles. También en este proceso, la Presidenta se aseguró que un personaje cercano a ella encabezara la tarea fundamental de la seguridad pública.
En los dos primeros años del gobierno de Sheinbaum, uno de los cambios más notables respecto al sexenio de AMLO ha sido en el ámbito de la seguridad, precisamente. Sin frasearlo de esa manera, abandonó la extraña política de “abrazos no balazos” de López Obrador, y lanzó una estrategia de combate y persecución intensa contras los principales núcleos de la delincuencia organizada.


El giro en la política de seguridad era un clamor social, luego de un sexenio donde se desbordaron los homicidios, la extorsión, el secuestro, las desapariciones y demás delitos de alto impacto, y donde además existía la percepción de que las Fuerzas Armadas y las corporaciones policíacas no actuaban con la intensidad requerida para proteger a la población. Ello, a pesar de la militarización de las tareas de seguridad pública y otros ámbitos impulsada por AMLO.


Para decirlo en pocas palabras, la Presidenta cambió drásticamente todo esto y su nueva estrategia de seguridad pública está dando resultados aceptables, a juzgar por los índices que periódicamente dan a conocer desde el gabinete de seguridad. Los nuevos enfoques y prácticas en materia de seguridad pública son, tal vez, el principal giro que ha dado el gobierno de Sheinbaum respecto de la herencia espinosa de AMLO.


Pero la nueva política de seguridad de la Presidenta fue motivada, también en gran medida, por la presión inédita del gobierno de Estados Unidos encabezada por Donald Trump. De la forma más agresiva, insolente e injerencista, Trump ha exigido de forma incesante que el gobierno de México acabe con los carteles del narcotráfico, pero también con los políticos cómplices. Como todos sabemos, la presión ha llegado al extremo de incriminar al gobernador con licencia de Sinaloa, y a amenazar con acciones militares directas en territorio mexicano contra los carteles.


La Presidenta ha tenido que lidiar con esta embestida imperial, en una dinámica que, para bien y para mal, ha marcado no solo sus dos primeros años, sino su sexenio y su legado. La injerencia gringa está diseñada con tal perversidad, que ha colocado al gobierno de Sheinbaum en una circunstancia llena de paradojas. La paradoja más amarga es que, siendo imperativo defender la soberanía ante el injerencismo de Trump, esa defensa parece identificarse con la protección de personajes como Rubén Rocha, el gobernador sinaloense reclamado por la justicia de EEUU acusado de narcopolítico.


Con todo, uno de los logros más destacados de Sheinbaum en estos dos primeros años, es la contención de la furia de Trump. Se ha evitado que la insolencia y el injerencismo gringos escalen a niveles como los observados en otros lugares del mundo. El costo no ha sido menor para la imagen y el prestigio de Claudia Sheinbaum, pero hasta ahora persiste la percepción de que ha defendido decorosamente la integridad y la dignidad de México.


El costo de no procesar a políticos de alto perfil sospechosos de complicidades con los carteles de la droga, o incluso a los acusados formalmente por EEUU, es un lastre que carga la Presidenta. En el análisis interno que se hace en Palacio Nacional, seguramente se considera que hacerlo tendría dos efectos catastróficos: primero, una ola de inestabilidad y fractura en las élites políticas del régimen; segundo, que Trump olería sangre e iría por más y más narcopolíticos.


Este tema tiene que ver con otros asuntos que ha marcado al gobierno de Sheinbaum en su dos primeros años. Nos referimos a la pretensión de AMLO y sus grupos de poder aliados, de conservar la mayor cuota de poder transexenal posible. Una de las claves para la lectura del gobierno de Sheinbaum es qué tanto se ha podido sacudir la influencia de López Obrador en su gabinete y en las políticas más sensibles de su gobierno.


Podría decirse que, incluso en esta perspectiva, el saldo del gobierno de Sheinbaum es positivo. En materia de seguridad, como ya dijimos, enterró la política de “abrazos no balazos”. En el ámbito económico, la Presidenta ha lanzado estrategias de alianza y colaboración con sectores empresariales y financieros que AMLO rechazaba. En lo referente a la educación, parece empezar un desmantelamiento de ciertas políticas perniciosas, como las relativas a los libros de texto, las evaluaciones de alumnos o programas como La Escuela es Nuestra. En lo relativo a la salud, ha reconocido y trata de reparar las insuficiencias de medicamentos y demás carencias.


La impresión en estos dos años de claudismo, es que la Presidenta debe lidiar con dos poderes amenazantes expresados en Trump y AMLO. Su accionar puede interpretarse como una maniobra para usar a uno contra el otro. La amenaza de Trump ha ayudado a contener las inercias injerencistas del obradorismo, sobre todo en lo que tiene que ver con eventuales acciones judiciales gringas contra personajes muy muy cercanos al ex presidente.


En otros ámbitos, es muy estrecho el margen de maniobra de Claudia Sheinbaum para enderezar el camino respecto a las herencias de AMLO. Por ejemplo, en el caso de la deuda pública y el déficit fiscal: López Obrador le heredó un déficit de casi seis puntos del PIB, con un crecimiento económico casi nulo y una carga fiscal monumental en programas sociales.

Difícilmente podrá Sheinbaum bajar el déficit a menos del 3% del PIB en su sexenio, lo cual la maniata para realizar grandes cosas, como decíamos al principio.


En conclusión, han sido dos años de claroscuros en el sexenio de Sheinbaum. Pese al escenario político-económico tan condicionante en lo externo y en lo interno, lo mejor para México es que la Presidenta pueda articular más poder y determinación para superar esta inercia impuesta por las circunstancias y concretar más cambios, pero orientados a fortalecer las estructuras democráticas del país.

Las opiniones expresadas en este artículo son responsabilidad exclusiva de su autor y no representan necesariamente la postura editorial de julioastillero.com.

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