Inicio Opinión Destinos y desatinos escolares. Autor: Federico Anaya Gallardo

Destinos y desatinos escolares. Autor: Federico Anaya Gallardo

Escudo del Colegio México Primaria.

Mi educación básica transcurrió, por trece años (1970-1983), en escuelas confesionales católicas (tres colegios maristas). Pese a ello, debo aclarar que mi niñez y adolescencia transcurrieron en un ambiente relativamente desideologizado de clase media de la ciudad de México. Hacía tiempo que el gobierno había renunciado a ejercer estrictamente sus poderes de inspección escolar. La mayor parte de mis maestros eran laicos, nunca debimos esconder crucifijos al llegar un inspector y, desde la secundaria, era opcional asistir a los servicios religiosos. De hecho, el único funcionario federal que recuerdo nos visitaba continuamente era ¡un hermano marista! que trabajaba con la SEP consiguiendo recursos para una red de escuelas en barrios populares. Cuando en la prepa caí en cuenta de la contradicción que representaba ese viejito, empecé a sospechar que Dios y el diablo eran viejos amigos y que aquello del infierno era sólo un truco pedagógico. (Otro hermano marista me pidió guardar discreción sobre este descubrimiento.)

Así las cosas, el único perjuicio que me causó la vieja disputa religiosa mexicana fue cargar más peso en mi mochila. En el Colegio México se usaban tanto los libros de texto oficiales (adonde aprendíamos a admirar a Juárez) como otros libros (adonde aprendíamos a suspirar por Maximiliano). Y cuando los maristas trataron de aplicar los mandatos del Concilio Vaticano II, hubo que cargar aún más libros, adonde aprendíamos a criticar a Juárez y a Maximiliano al tiempo que descubrimos que existían otras historias –las historias de la Otredad.

En resumen, mis recuerdos de infancia no contienen, como los de José Emilio Pacheco en Las Batallas en el Desierto (1981), remembranzas de pasadizos ocultos para que los niños huyesen cuando llegasen los callistas buscando cristeros al Colegio México. (Historias que no eran exactamente de la generación de Pacheco, quien cursó la primaria a mediados de los 1940, bajo el régimen ya derechista de Alemán) Por supuesto, mis juegos con los amigos de la primaria reflejaban lo que los medios de comunicación trasmitían en los 1970. Si el Carlitos de Pacheco jugaba a batallas entre árabes y judíos en el polvoso campo de fútbol de la calle de Frontera (que hoy día ya tiene césped), nosotros organizábamos peleas entre franquistas y antifranquistas. Eran los días en que Carrero Blanco era volado por los aires para asegurar el fin de la dictadura.

Fui hijo de modernos burócratas federales de los sesenta –quienes tomaban café hecho en lindas cafeteras italianas. Ella, abogada en la Procuraduría Fiscal del Distrito Federal. Él, abogado y economista en la Secretaría de Gobernación. Mi destino escolar debería habría sido la escuela pública –para lo cual mi Colonia Roma ofrecía una magnífica opción: la primaria del Centro Escolar Benito Juárez en la calle de Jalapa. La gran escuela había sido fundada por mi general Calles en 1924-1925. ¿Cómo fui a caer en manos de los maristas?

La vida está llena de extrañas coincidencias y contradicciones. La mejor amiga de mi madre, en la Facultad de Derecho de la UNAM, era Gloria Benito Machín. Justo frente a la escuela Benito Juárez vivían las profesoras Machín, tía abuela y abuela tabasqueñas de Gloria. Por lo menos una vez al mes mi familia visitaba a las viejitas Machín. Eran maestras normalistas garridistas (laicas militantes y come-curas) y vivían justo enfrente de la Juárez porque habían sido fundadoras de la legendaria escuela. Una de ellas, en alguna ocasión y frente a mí, regañó a mis padres por dejarme en manos de “esos maristas.” Para mi mala suerte, mi padre era un fiel ex alumno del Colegio México y del Centro Universitario México (CUM). Y viviendo mi familia a sólo tres cuadras y media de su alma mater, para él era “inconcebible” que yo entrase en la escuela pública que me correspondía. No le importó que la Benito Juárez fuese una de las mejores escuelas de la ciudad. Las profesoras Machín no estaban solas en la crítica a mi padre. Mi abuela materna era maestra formada en la Normal Fuente de Saltillo y su marido, un periodista cardenista a quien una tía del otro lado llamaba “peligroso anarquista ateo.” Ni a la una ni al otro les gustaba la opción marista, pero pese a todo, fueron ellos quienes sufragaron colegiaturas, cuotas y otros gastos para que los enemigos del progreso de la Nación me educasen. Debo aclarar que no me dejaron solo.

En primero de primaria, una maestra poco pedagógica decidió azotarme las nalgas con el metro de madera que usaba para las lecciones de matemáticas. Todavía no sé qué me dolió más, la nalgada o que me hiciera bajar los pantalones frente a toda la clase. ¿El crimen? Estar platicando con mi vecino de banca. No recuerdo qué le dije a mi familia esa tarde ni cómo lo dije. (La memoria infantil es sabia en sus olvidos.) Lo que sí recuerdo bien es que, al día siguiente, poco después de empezar las clases, todos en el salón oímos cómo se acercaban unos decididos tacones femeninos: “Clop, clap; clop, clap”. De pronto, apareció por la ventana la figura de mi abuela Dolores Flores de la Fuente. Pequeña y delgada, el pelo gris, la mirada fría y fija. Iba iracunda. Llevaba su bolso multicolor firmemente sujeto bajo el brazo izquierdo. Lucía uno de esos vestidos floreados propios de la época, cuya falda ondeaba al pasar rápido frente a nuestra ventana. La vi dirigirse a la Dirección de la escuela. Al rato, el señor Camacho, especie de prefecto encargado de las copias esténcil, se acercó a la puerta del salón y pidió que la maestra (cuyo nombre ya no recuerdo, oh memoria sabia…) fuese con el hermano-director. Camacho se quedó a cuidarnos. “¿Quién es la viejita?” preguntaban los compañeros. A los cercanos les dije: “–Mi abuela”. Poco más tarde, una secretaria llegó para llevarme a mí. Expectación en la clase.

Ya en la oficina del Director, que se llamaba Eliezer Alfaro Bravo, los ojos vigilantes de mi abuela vieron que la profesora me ofreciese una disculpa Luego quedamos solos el director, la abuela y yo. Alfaro me explicó que a veces se cometen errores y que deben corregirse de inmediato, cosa que mi abuela, “que también es maestra,” le había hecho ver. Luego me regaló un pisapapeles interesante: un idolito prehispánico de piedra verde dentro de un tabique de fibra de vidrio transparente. Agradecí el gesto y regresé a clase con mi abuela. Allí, la maestra explicó a la clase lo que acababa de ocurrir y agradeció a la profesora Flores su intervención. Mi abuela se despidió de mí en la puerta, muy seria. En voz baja me recomendó ya no platicar tanto con mis amigos. Se llevó el pisapapeles a casa y me lo dejó en el pequeño escritorio de las tareas. Desde entonces ha estado en casi todos mis otros escritorios. Fue una suerte que la profesora Flores, maestra lagunera, haya estado de visita en México esa semana. Lección sencilla: hay que estar atento a lo que pasa en la escuela no importando quiénes la administren, curas o comecuras. Otra lección: se puede y se debe cuestionar la autoridad cuando ésta abusa de su poder.

La verdad es que no sé por qué mi padre insistió en ese tipo de escuela luego de un incidente como éste. Y no fue el único. Tres años más tarde otra maestra de primer año pretendió expulsar a mi hermano calificándolo de “retrasado”. No había tal. Ciertamente tenía déficit de atención, pero es el más brillante de los tres. Pese a todo lo que he contado, en esas escuelas permanecimos los tres una larga docena años. Tontas inercias familiares.

Debo reconocer que algo mejoró el Colegio México cuando en 1973-1974 los maristas decidieron experimentar (sí, experimentar) “educación personalizada” con uno de los cinco grupos de tercero de primaria –pero esa es otra historia que debe ser contada en otra ocasión.

agallardof@hotmail.com

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