José Reyes Doria | @jos_redo
Vaya escena: un grandilocuente Marx Arriaga atrincherado en la SEP, un funcionario cohibido que le avisa de su despido, unos policías apanicados prestos a sacarlo a la fuerza, nubes de empleados a la expectativa, un recorrido delirante por pasillos y elevadores, medios y redes sociales transmitiendo en vivo.
Esos elementos, dignos de un genial sketch de Chespirito o los hermanos Marx, no fueron producto involuntario de las prisas, la confusión, la indecisión, la ineficiencia o la sorpresa. El episodio admite múltiples interpretaciones, una de ellas es que tanto Marx como la SEP actuaron como actuaron porque así lo decidieron, para enviar sendos mensajes.
Por parte de la SEP-Gobierno, con el objetivo de escenificar el proceso de desmontar el obradorismo radical de las estructuras del gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum. Luego de seis años de una narrativa intensa, irreductible, persistente, implacable e incesante pregonada desde las mañaneras del ex presidente AMLO, para el actual gobierno es indispensable comenzar a desmontar el discurso epopéyico, pues en la actual coyuntura ya no tiene la misma funcionalidad.
Por parte de Marx y similares, la escena del despido es un intento del propio Arriaga, pero también de los demás jilgueros obradoristas, de blindar con el credo transformador hasta el más mínimo acto administrativo del régimen que ahora encabeza Sheinbaum.
En realidad, López Obrador no desarrolló nunca una ideología absorbente, es decir, movilizadora, revolucionaria. El mensaje obradorista logó instalar con letras de fuego la narrativa de los villanos neoliberales, de los corruptos, de los conservadores, de los ambiciosos, así como la aureola de los transformadores puros que gravitaban a su alrededor.
El discurso de AMLO buscó construir identidad militante. Pero ese sistema de creencias no pretendía ser una ideología generadora de acción revolucionaria, no hacía llamados a construir el poder popular o destruir a los adversarios de clase. Nada de eso.
La narrativa de AMLO estuvo lejos de establecer una ortodoxia severa. Sin embargo, como bien apunta Jorge Zepeda, un nutrido grupo de personajes han asumido la función de guardianes de las inexistentes Tablas de la Verdad Obradorista, que, presuntamente, estarían siendo traicionadas por ciertas acciones del actual gobierno federal.
En los terrenos de la educación, la energía, el petróleo, la política de seguridad, la migración, la relación con Estados Unidos: los autodenominados guardianes del obradorismo puro ven ahí, indicios de traición a la ortodoxia que, realmente, no existe como tal. Por eso, Marx se atrincheró cuatro días, para machacar los presuntos mandamientos del obradorismo.
Desde luego, estos personajes no solo proclaman la existencia de una ortodoxia obradorista inmutable. A la vez, se autoproclaman como depositarios de ese Mensaje, herederos del Logo, y jueces que condenan la menor desviación del Gobierno y el Partido respecto al ethos obradorista.
Como dice Jorge Zepeda, en este momento político surgen numerosos actores que se proyectan como más papistas que el Papa, que plantean la defensa intransigente de un obradorismo ultra, ante lo que interpretan como giros pragmáticos de la Presidenta y su gobierno.
Sin embargo, es evidente que el ex presidente López Obrador no proclamó, ni de lejos, un gobierno ortodoxo en lo doctrinario, ni una ideología asfixiante. López Obrador sí expresó el deseo de que su legado en materia de política social, sobre todo en ese tema, sea preservado de cualquier intento de reversión en el futuro.
Pero esa premisa no es una epístola inflexible, sino una aspiración legítima que ha planteado ante el gobierno de la presidenta Sheinbaum. Fuera de eso, AMLO ejerció un gobierno más pragmático que ideologizado. Nunca llegó al extremo de la intolerancia ideológica, a juzgar por la composición variopinta de sus equipos y alianzas.
En su gobierno y en sus programas, López Obrador contemporizó con neoliberales, ex prianistas, empresarios y demás actores ajenos a la 4T, porque la correlación de fuerzas así lo recomendaba si quería gobernabilidad y margen de maniobra para sus reformas. Era sumamente complicado erradicar el neoliberalismo de la política económica y otras áreas del gobierno y el Estado.
A la vez, AMLO consideró indispensable atizar enfáticamente el fuego retórico de condenar a los neoliberales, a los panistas, a los priistas, a los corruptos, a los conservadores, a los empresarios coludidos con el poder, etcétera. Pero esa retórica cumplió una función más de cohesión política dentro de su movimiento, que un andamiaje para tejer una ideología cerrada y dogmática.
Por ello, la presidenta Sheinbaum impulsa la desarticulación de una ortodoxia obradorista que nunca existió como tal, pero que Marx y otros abanderan histriónicamente. El mensaje de la Presidenta es esclarecedor: la Nueva Escuela Mexicana es una política pública, un modelo específico de gestión educativa; pero no es un decálogo de verdades sagradas que requiera mártires ni santos. Y así en otras áreas de gobierno.
El episodio de Marx Arriaga, los cambios en la política de seguridad, en la política energética, en la relación con cineastas, científicos, empresarios, Estados Unidos, puede interpretarse como una especie de desmantelamiento del obradorismo en los enfoques programáticos-doctrinarios del régimen.
En cuanto al obradorismo que se materializa en posiciones importantes de AMLO en el gobierno de la Presidenta, también se está desmontando ese obradorismo. Ya salieron Adán Augusto de la coordinación del Senado, Pablo Gómez de la UIF, Gertz de la FGR, el propio Marx de la SEP; y otros alfiles obradoristas asumen, cada vez más, una conducta de reconocimiento de la autoridad de la Presidenta.
En conclusión, todos estos movimientos estratégicos pueden interpretarse como la decisión fundamental de la Presidenta de ir dejando en segundo plano la epopeya y la exaltación, para privilegiar la racionalidad administrativa en la ejecución de las principales reformas y políticas impulsadas por la llamada Cuarta Transformación.
Eso es imperativo si se consideran tres factores: a) que la epopeya está llegando al delirio por parte de algunos autodenominados exégetas de la inexistente ortodoxia obradorista; b) la coyuntura internacional reclama cohesión y gobernabilidad internas; y c) la coyuntura nacional exige consolidación y estabilidad del modelo político-social con base en resultados y beneficios sostenibles.
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