Demócratas y gambusinos

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Sócrates y Alcibíades
Sócrates y Alcibíades.

Pilar Torres Anguiano

Para Don Juan Arredondo Vilet

Tábano: Insecto díptero, del suborden de los braquíceros, parecido a la mosca
pero de mayor tamaño, cuya hembra produce picaduras dolorosas.
Diccionario de la Real Academia Española

La forma tradicional de buscar oro consiste en hacerlo en las orillas de un río, empleando solo un sartén o criba. Se recoge tierra del fondo y se lava cuidadosamente con la ayuda del agua del propio río. Esta técnica requiere de paciencia y perseverancia.

A veces, andar en las redes sociales es como buscar oro a la antigüita. La mayor parte de las cosas que uno se encuentra son tierra, arena, piedras o bichos; pero a veces encontramos verdaderas pepitas de oro, como esta frase cuasi socrática, compartida en Facebook por una de mis comadres: “Si te dicen gorda, te traumas y en friega te pones a dieta; pero te dicen idiota y no veo que agarres un libro”.

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Y sí. Dice Sócrates que la gente se ocupa de muchas cosas, de su fortuna, su reputación, pero no de sí mismos; es decir, de su alma.

Son tiempos difíciles para nosotros, los ciudadanos normales y apartidistas. Apenas una pequeña crítica hacia alguno de los candidatos presidenciales y se nos deja venir todo el ejército virtual, porque consideran que criticar a uno implica vitorear al otro (como si la demagogia fuera exclusiva de la derecha, del centro o de la izquierda). A base de insultos te tachan de vendida, fascista, oficialista o populista… anti demócrata, pues. Curiosa la forma en la cual a veces se toma a la democracia como bandera en asuntos contrarios a ella.

El mismo Sócrates, padre fundador del pensamiento de occidente, se muestra siempre pesimista en torno al tema de la democracia. Así lo hace saber en varios momentos, especialmente, en Libro VI de La República de Platón. Ahí, el filósofo recurre a una analogía entre la ciudad y un barco para preguntar qué tipo de personas deberían tener la oportunidad de elegir al capitán de la embarcación: un grupo de expertos en temas de navegación o un grupo cualquiera de personas. Como era de esperarse, su interlocutor responde que son los expertos quienes deben elegir, porque de lo contrario el barco podría naufragar. Así, Sócrates señala el talón de Aquiles de la democracia electoral.

Para el filósofo, votar no puede ser una intuición aleatoria, sino un oficio que debe ser enseñado a la gente, de forma sistemática. Tal pareciera que el propio Sócrates sabía que padecería en carne propia el defecto negativo que vislumbraba en la democracia. No olvidemos que –spoiler alert– en el proceso en el que fue juzgado por ‘corromper a la juventud’, el jurado voto democráticamente, y se le declaró culpable por un pequeño margen en la votación.

En otro de sus ejemplos, Sócrates plantea un debate entre dos candidatos: un vendedor de dulces y un médico. Afirma que el vendedor deleitaría al pueblo ofreciéndole sus dulces, agradables aunque dañinos a la larga; mientras que su contrincante solo tiene para ellos menjurjes amargos y procedimientos dolorosos y caros, pero que son ‘por su bien’. Como resultado, el pueblo seguirá eligiendo a muchos vendedores de dulces y a muy pocos médicos.

Con todo respeto, yo añadiría que, al menos en el caso de México, las cosas no son tan simples: hay quienes se presentan como médicos y son peores que los vendedores de dulces. Por tanto, debemos desarrollar la capacidad de distinguirlos. La democracia vista así es problemática: por un lado, parece cierto que las personas más instruidas votarían mejor. Por otro, el pueblo es libre y todos son iguales ante la ley.

Sócrates discute estos temas con Alcibíades, en un diálogo platónico del mismo nombre. Su interlocutor es el típico ‘niño bien’: un tipo carismático, apuesto y poderoso, aunque negligente y demagógico, que está a punto de dirigir un discurso político al pueblo de Atenas; pero Sócrates le demuestra su incapacidad. Tal incompetencia surge de querer hablar de cosas que desconoce. El filósofo busca hacerle ver que, si quiere gobernar a los demás, debe comenzar por instruirse y el medio para lograrse es atender primero a su persona. Conócete a ti mismo, decía el Oráculo de Delfos.

Una persona no puede perfeccionarse si ignora lo que es; ni desenvolver su naturaleza sin antes saber cuál es ésta.  La esencia de la naturaleza humana es la libertad y esta sólo se ejercita a través de la virtud. Así, la clave socrática consiste en el ejercicio de la virtud para ser más libres. Conocerse y cuidarse a sí mismo para ser más –y mejor– sí mismo.

En ‘La Hermenéutica del Sujeto’, Michel Foucault afirma que este cuidado de sí se refiere más propiamente a una inquietud de sí: ‘una especie de aguijón que se clava en la carne de los hombres como principio de desasosiego’ y que implica una serie de acciones por las cuales las personas –y los pueblos– se hacen cargo de sí mismas, aunque este proceso no sea fácil ni agradable. Entre otras cosas, ese desasosiego que implica la inquietud de sí se manifiesta en los dilemas propios de la democracia.

Por ello, sostener en la práctica la afirmación de que, por el bien de la democracia, únicamente los más capacitados deben ser quienes votan, es antidemocrático. Este dilema político también es un dilema moral. Y es que no se puede atentar contra la libertad de la gente, aunque sea por su bien. Dicho en otros términos, el fin no justifica los medios. Las personas son libres y su decisión debe respetarse. Aunque sea la equivocada. No se trata de decirles lo que deben pensar, sino acostumbrarlas a que piensen por sí mismas.

Así decía el siempre irónico Sócrates, ‘el tábano de Atenas’, haciendo honor a su apodo en referencia a esas moscas gigantes que revolotean junto a los caballos y vacas, sin dejaros en paz. Lo mismo pasa con la filosofía, una vez que nos pica.

Los gambusinos criban la arena para encontrar oro. Esa es la labor de la educación, pero debe partirse del presupuesto de que todas las personas, potencialmente, son ríos de los que puede extraerse oro. Aunque el proceso sea difícil. Poniendo el dedo en la llaga, sin duda, Sócrates enriqueció la democracia fomentando el espíritu crítico de los ciudadanos de Atenas. La democracia no es perfecta, pero es lo que más se parece al alma humana y nadie dijo que el precio de la libertad fuera barato. Bien vale la pena pagarlo y hay que seguir intentándolo.

@vasconceliana

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