De regreso. Autor: Luis Sánchez

Foto: pxhere

Por Luis Sánchez

Juan tenía su historia, su familia que le esperaba, su sonrisa natural y buen humor; a pesar del hambre, la migra y el desierto que devoró a Paco pero no había podido con ellos. Tenía esa esperanza para mover los pies sin tener que forzar justificaciones a cada paso. Pepe le veía con la boca siempre abierta cuando hablaba, y decoraba sus ilusiones con las promesas de días buenos; de café en la mesa por la mañana y mujer llevando cuentas, vástagos asistiendo al “jai skul“. Para Pedro eran quimeras pero igual escuchaba, porque le adormecían si el insomnio era terco y le distraían cuando la tristeza les caía de golpe al ánimo. También Pedro tenía su historia, el héroe que venció al Bravo cuando este lo separó de los compañeros, el hombre que se apareció en el punto de encuentro como un fantasma salido del río. Germán era, en los tiempos en que aún reía, su más secreto admirador. Ahora Pedro era para él mas que un hombre duro, de esos que reclamarán a base de trabajo y hasta lo último el derecho a la vida.

            Supieron que Monterrey sería pesares y una larga estancia cuando dos patrulleros les arrebataron todo. Hubiera sido peor de no ser por El Cuarto, que para sorpresa de Pedro resultó no ser un mito en la boca de Juan. Un rincón para el migrante en las sucias calles del centro regiomontano. El dueño de aquel lugar fue en sus días un activista con ideales, ahora (Juan alzaba unas mejillas tristes cuando lo mencionaba), “ya es puro hueso enterrado”. Y su herencia más que teórica o ideal, fue El Cuarto para los que no tienen un hogar y necesitan uno de paso. Tapizadas las paredes de cartas viejas, pegadas con tachuelas, chicle o adhesiva. Fotos de paisanos remotos, veladoras y santos. Germán decoró un recoveco con San Panchito, pero cierta noche de tormento lo reventó contra el techo derruido, un espectáculo que alarmó a Pepe y entristeció la mirada de Juan: así comenzaba el espíritu a ceder y la aflicción en sus ojos era una oración.

            Ya instalados la vida fue bastante tolerable. Como siempre desde que se vieron sin nada y en tierra extraña por vez primera, cuando la ida, dependían primero de las monedas que Pepe se las arreglaba para conseguir en los cruceros y camiones, apelando a la buena voluntad de la gente o tocando la flautilla dulce que era su vida. Luego de lo que Juan y Germán pudieran conseguir en trabajos a destajo, y al final de un sueldo de jornalero que Pedro siempre conseguía para reunir lo necesario para el viaje. Así solía suceder y no era tanto que lo planearan, se entregaban a la suerte sin exigirle nada.

            Las noches se las bebían recostados en el Cuarto, saboreando los buenos recuerdos con aditivos de mañanas: la tierra amarga de la que salieron siempre se endulzaba con la distancia y por más que repudiaran la miseria sentían que era como una caída natural regresar a ella. Y hacia allá fluían antes del percance patrullero que los tenía estáticos, con una certeza arcana de que cualquier lugar en donde se pueda recostar uno después de haber comido cualquier cosa para saciar el hambre es su casa. Pepe sentía que Germán se acostumbraba a Monterrey más de lo que debiera; de repente ya no era tan raro verlo deambular por Villagrán, por Reforma y Cuauhtémoc en madrugadas vacías, confundiéndose con las sombras y las luces de neón. Se lo comentó a Juan la vez que Germán se negó a acompañarlo a la iglesia, para agradecer a Dios que esa tarde los ingresos superaron las expectativas. Juan se limitó a decir que las putas son cabronas y que más le valía a Pepe taparse las orejas si traía lana, porque siempre le convencen a uno. Pero Pepe no entendió por qué Germán tenía que caminar como peregrino hacia ningún santo, de calle en calle y con los ojos bien lejos.

            Los silencios de Germán eran cada vez más ruidosos, pero Pedro y Juan, experiencia de su lado, sabían que era algo pasajero: la edad, los abusos, el trabajo, y detrás de todo ello, por supuesto, la carta nefasta de Rosibel, con sus efectos secundarios de largo plazo, irremediablemente perniciosos. Era fácil verle en el rostro el exilio al que lo condenaba su tierra vía la carta, cuando todavía andaban del otro lado del bravo. Juan no creyó necesario siquiera decirle que era joven y que por mujeres no se apurara; nada más suspiró, miró hacia el horizonte y alzó sus mejillas tristes, entonces Germán hubiera querido escucharle una palabra sabia como las que podía, la sensación de agarrotamiento le subía desde el estómago y clamaba un amortiguador, situación que Juan consideró de desahogo y silencio, de no analgésicos, no quimeras como las que podía; pero Germán se contuvo, se dejó en el pecho la sensación y desde entonces la arrastró, quiso como Pedro luchar contra una fuerza de otro orden, ser un héroe a su manera y regresar a casa como un fantasma desde el exilio con un montón de historias y nuevas cicatrices, otro él totalmente, sin pasado pero asumiendo con su corazón de hierro a Rocibel y su nuevo prometido paseando en la plazoleta del pueblo.

            De modo que también Germán tenía su historia. A Pepe le parecía poco interesante porque él no conocía más amor que su flautilla dulce. Tenía los poros de la vida abiertos, una criba bípeda y musical que dejaba la tristeza fuera de sí. A su manera vagaba por las calles de Monterrey, absorbiendo el susurro de un saxofonista en su instrumento; la imagen de un tránsito parando a los carros con el poder de su silbato para cruzar a una anciana de acera a acera en Félix U. Gómez; otra de un montón de pandilleros empujando un camión de tres y media toneladas cargado de naranjas, a carcajadas porque 10 y apenas lo movían. Por eso no pudo creer al hombre gordo que le vio en una parada de camión y le acometió a muerte con un maletín, una masa enorme e iracunda se alzaba libre contra él y no atinó más que a correr y dejar la flauta en el camino. Para cuando supo de sí nuevamente y volvió el rostro, el Gordo ya la había masticado y arrojado al centro de Constitución, donde los autos culminaron con su historia.

            Esa vez en El Cuarto ya no sólo Juan, pero también Pedro buscaba la palabra adecuada para suavizarle el golpe, algo debía andar muy mal allá afuera si Pepe tenía ganas      de odiar. Germán sonrió y le palmeó al músico la espalda, y después de muchos días de silencio habló, para confirmar la suposición de Pedro en voz alta: allá afuera las cosas andaban de la chingada y desde hacía mucho. Juan le dijo a Pepe que no le hiciera caso, Germán era un llorón que no aguantaba nada y en cambio él era un milagro de Dios. Un San Panchito sin bigote y con un alma que no cabía en un Cuartucho como aquél, necesitaba el llano y fue cuando decidió que era urgente salir de Monterrey. Se lo dijo a Pedro en voz alta y este con la resolución que Germán imaginó le recorrió cada miembro para abandonar el Bravo, salió a un crepúsculo rojiazul en busca de una buena obra, de otro milagro que le alcanzara para seguir con el viaje al sur, alejarse de la frontera que si bien no los maltrató, tampoco les recibió con la ventura con la que a Sebastián, que ya hasta era ciudadano estadounidense; alejarse de esa ciudad nuevoleonesa que sí los estaba maltratando, arrebatándoles lo que traían de a poquito y a patadas, al menos fue lo que Germán imaginó en Pedro, que simplemente salió.

            Todo emigrante que llegaba solía pasar muy poco tiempo en el Cuarto, el suficiente para sacudirse un poco el cansancio de tantos pasos. Durante la estancia de Juan y los otros, vieron llegar e irse a muy pocos, supusieron que El Cuarto pasaba de la realidad al plano del “puro cuento” y que no duraría mucho antes de que lo destruyeran o quedase por completo abandonado. Era parte de un edificio viejo, Juan había escuchado noticias de demolición, máquinas que caerían sobre toda la cuadra por obras del ayuntamiento. Les resultaba imposible evitar la angustia cuando se lo imaginaban, porque según “aún estaban lejos de reunir lo básico para el viaje”, aunque más bien El Cuarto prometía más que sólo un lugar de paso en esos días. Ni Juan ni Pedro se atrevieron a pensarlo en voz alta, Germán se los sugirió con una mueca de burla, casi despectiva. Pedro fingió que no soportaba la irreverencia y salió sin cerrar la puerta.

            También de unos días a entonces Pedro se tornaba un montón de actitudes absurdas cada que podía, siempre para escabullirse en la ciudad sin decir palabra. Solamente Juan no supo a qué atribuirlo, porque hasta Pepe lo sabía. Cuando, semanas después de lo del gordo que le atacó, volvió a sus caminatas, se topó a Pedro en la alameda despidiendo a Blanca; entonces él mismo se lo dijo. En realidad, ya tenía trabajo desde hacía mucho y los cuentos que se inventaba para argumentar las monedas que aportaba al pan en El Cuarto no eran más que eso, invenciones. Nunca había mostrado el nervio, pudo ser porque no había conocido a una mujer como Blanca. Ya había sido presentado en su familia en San Luis, quién podía saber si hasta comprometidos estaban. Pedro se tenía el romance mejor guardado que el dinero en el boquete del techo, ahorros que semana a semana alimentaba y nunca quiso contar por creer en la mala suerte, superstición que Germán supo aprovechar muy bien desde el día que rompió el San Panchito y los descubrió: para andarse de bar en bar y tugurio en tugurio.

Por esas semanas todo estalló en El Cuarto. Pedro suponía que era cuestión de tiempo antes que Juan se animara a decir que ya tenía trabajo y planes de estarse largo plazo en Monterrey. Pedro era el único que lo sabía: Juan trabajaba para una empresa mormona de aires acondicionados con un muy buen sueldo y hasta le ofrecían alojamiento si se convertía. Juan no tocaba el tema porque siempre tenía quimeras en la boca, historias que no acababan de asombrar a Pepe y adormecerle a él cuando el insomnio y o la tristeza. Pedro creía que Germán también había abierto brecha en suelo regio, un misterio, pero al fin solía llegar borracho y con olor a hembra, un buen trabajo había de tener entre manos. Y en cuanto a Pepe sería cuestión de juntar entre los tres el monto necesario para mandarlo de vuelta a su tierra, por supuesto con una nueva flauta en la boca. Todo había salido bien, casi tanto como a Sebastián el gringo, pero el hurto de sus ahorros no se lo esperaba.

            No creyó capaces a Juan o a Pepe, sólo a Germán que a su vez no pudo creer cómo todos se encariñaron con una ciudad en donde desde el primer día les había ido mal. Hablaba por él, por la amargura que traía en el pecho desde la carta de su Rocibel y a decir verdad desde que atestiguó el otro lado de la miseria. En sí, no podía creer que el mundo anduviera dando vueltas y el sol se pusiera y muchos pudieran reír mientras dos patrulleros anduvieran por ahí asaltando al prójimo desposeído, sin defensas por extraño y facciones aindiadas. Era intolerable que Paco hubiera tenido que ser enterrado por el olvido en un desierto a millares de kilómetros de su familia; que las familias murieran de miseria mientras sus viajeros de balas con gas pimienta en la cabeza, ahogados o golpeados por racistas de mierda. No pudo con el agarrotamiento que ya había trepado por su garganta para oprimirle el cerebro, y antes de escuchar palabras de aliento para seguir en pie en casa ajena abandonó El Cuarto, acaso lo único que valía la pena para él en Monterrey.

            Pero igual Pedro se tenía que desquitar, dio de manotazos a las paredes y uno de tantos fue a dar a la cabeza de Pepe. A Juan le tocaron varios “no te hagas” paranoicos, reclamos injustos que no pudo tragarse puesto que él ni siquiera sabía del cochino engordado de Pedro. Este se estaba pasando, Juan tenía paciencia suficiente pero también su frontera, su río bravo que no sería tan benévolo como aquél que de pura suerte lo escupió. Y de no haber sido por Pepe ahí se trenzaban a muerte. Los ánimos amenazaban hecatombes hasta que por fin encontraron cauce: ya no habría necesidad de excusas o nuevas invenciones, el que quisiera irse que se fuera. Sólo quedaba el asunto Pepe, pero Juan aseguró que en la casa del buen mormón tendría buen recibimiento; así fue que ellos por un lado y Pedro ya se sabe: al amor con él.

            Luego de formar parte de un reportaje que casi lo salva por considerarlo patrimonio de la historia, el edificio donde estaba El Cuarto fue demolido. Juan estuvo presente esa tarde de escombros. Pensó que San Panchito hubiera ayudado mucho en el camino peregrino de no haber sido aquella vez el furor de Germán, que a la sazón llevaba días a la intemperie, llamando la atención de las putas de Reforma porque el hombre se acomodaba por las tardes en un rincón de la calle y no hacía más que esperar el alba, para marcharse y volver la siguiente tarde. Pepe se lo encontró cuando con un morral lleno de provisiones se dirigía a la central de autobuses, rumbo al norte de nuevo; pero no se atrevió a saludarlo debido a la muerte que traía Germán en el semblante; Pepe se juró que aquél fue Germán, pero ya no lo era más. Incluso Germán lo pensaba, en alguna parte del camino se había dejado el ayer entero y ahora todo era un mañana, uno solamente para justificarle el paso de grano de arena en la tierra, su historia. Ideal definitivamente más pobre que el amor que le empujó a buscar la oportunidad de una vida digna hacía años; pero más terrenal, más a su mano como el cuchillo de obsidiana que compró a un indio recién abandonó a sus compañeros, con estuche y todo.

            Fue ahí mismo, en Reforma, el mismo rincón al que, recién bajados del pollero, lo empujaron junto con Juan y los otros para sacarles los dólares; donde los llamaron pinches indios no obstante la piel morena en traje azul de policías que les esculcaban. Esos dos patrulleros creaban las fronteras, cabezas igualmente deformadas ponían límites a la hermandad del hombre y no había necesidad de ellos en la tierra. Sólo requería movimientos certeros, cortar yugulares no debía ser más trabajoso que la mala cosecha con machete. Dos veces la muerte con un solo cuchillo, fabricación de indio para hacerle justicia al término que los imbéciles habían mancillado con desprecio. Uno calló, el cuerpo se tendió en el suelo y la sangre prolongaba una masa negra en la sombra. El otro apenas tuvo tiempo de ver el puño que lo tumbó de la motocicleta, con todo y casco y hot dog en la boca. Hubiera Germán culminado su empresa, pero su víctima clamó piedad, con toda la cobardía de la que fue capaz le tomó del pie y fue entonces que el migrante se recordó en su tierra, prometiendo fidelidad y futuro a Rocibel, ser hombre de bien a San Panchito, regresar con las manos endurecidas por el trabajo a su padre. Cuando las descubrió escarlata por la sangre a la luz mercurial la culpa lo exilió a otro plano, le dio vértigo suponer que a un hombre lo abruman las fronteras aun dentro de sí, ahora era dos veces extranjero y casi sintió como un alivio la bala que traspasó su sien, que lo convirtió en nota roja en las manos temblorosas por indignadas de Juan y Pedro al siguiente día.

Este cuento forma parte de la antología La huida, del mismo autor.

twitter@bonsiul

(Monterrey, 1982). El autor ha cursado talleres
de narrativa con Dolores Hernández, Mario Anteo, Coral Aguirre, Patricia Laurent Kullick, Claudia Guillén; y de creación de ensayo con Víctor Barrera Enderle.

Ganador del certamen Transfrontera convocado por la revista Arcilla Roja, de Zacatecas, con el cuento “De regreso”.

Ha escrito, producido y dirigido 6 cortometrajes de ficción bajo el sello De Regreso, producciones independientes: https://vimeo.com/deretache.

Ha colaborado con artículos de opinión en el portal de noticias Julio Astillero, periodismo con credibilidad:
https://julioastillero.com/?s=luis+s%C3%A1nchez

En su último número, la revista Armas y Letras de la UANL le publica el cuento La huida: http://www.armasyletras.uanl.mx/101-102/

Actualmente escribe en su blog NT Ficciones: https://ntficciones.blogspot.com/

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