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De Cosío a Cossío: La difícil lejanía de la Academia (1/2). Autor: Federico Anaya Gallardo

Las personas cambian dependiendo del espacio social que ocupan. En este comentario y el siguiente, me acercaré a este problema a través de dos famosos sabios de El Colegio de México. Uno es Daniel Cosío Villegas (1898-1976) y el otro es José Ramón Cossío Díaz (n.1960). En alguna parte, el primer Cosío (con una sola “s”) comentó –cuando le preguntaron qué opinaba de Fulano de Tal como futuro presidente de la República– que él (Cosío) lo conocía (a Fulano) como secretario de Estado y no “de presidente”. Sobre esto, conviene que recordemos el título de una de sus grandes obras: El estilo personal de gobernar (Joaquín Mortiz, 1974 –lo puedes consultar y descargar en el portal Academia). Dos años antes, este mismo Cosío (con una sola “s”) había publicado otro librito llamado El sistema político mexicano: Las posibilidades del cambio (Joaquín Mortiz, 1972 –lo puedes consultar y descargar desde GoogleDocs).

En El sistema… ese Cosío de una sola “s” afirmaba que nuestro régimen postrevolucionario (1929-1972) causaba curiosidad tanto en la Academia como en los nuevos países independientes del Tercer Mundo. Luego de sesenta años de inestabilidad (siglo XIX) México había logrado tres décadas de paz (Porfiriato) y pese a volver“a las andadas del levantamiento militar y de la revolución … [había] dado un espectáculo sorprendente de siete sucesiones presidenciales hechas pacíficamente, y una vida pública en que no ha habido una conmoción perceptible hasta 1968 y después en 1971, en ocasión de la rebeldía estudiantil” (El sistema…, p.20). Cosío hablaba desde la torre del marfil que desde siempre ha sido El Colegio de México –así que se saltó olímpicamente las dos cristiadas, los movimientos contra el charrismo, la represión a los Henriquistas, maestros, ferrocarrileros, navistas y doctores; así como el asesinato de Jaramillo y la Guerra Sucia que empezó desde mediados de los 1960.

Pero pese a todas esas represiones, ese viejo régimen mexicano era muy estable. Que lo haya sido pese a la terrible violencia que ejercía en contra de su Pueblo es un signo indubitable –aunque perverso– de su fortaleza. Al viejo Cosío le impresionaba que la estabilidad política (y la prosperidad económica del desarrollo estabilizador entre 1946 y 1970) hubiesen ocurrido sin que nuestro país hubiese recurrido “a ninguna de las dos fórmulas políticas consagradas: la dictadura [del proletariado o de los milicos] o la democracia occidental”. La Constitución de 1917 nos daba forma republicana y democrática, pero el académico sospechaba que el éxito estaba en otra parte. Cosío lo atribuyó a la concentración de poder en la Presidencia de la República y a la existencia “de un partido político oficial o semi-oficial, no único, pero sí abrumadoramente predominante” (El sistema…, p.21). Buenas pistas. ¿Las siguió adecuadamente nuestro investigador?

Esas ideas-semilla llevaron a Cosío Villegas a escribir su Estilo personal –adonde relata el impacto temperamento y carácter del individuo en la Administración Echeverría. Nos dice Cosío que, “puesto que el presidente de México tiene un poder inmenso, es inevitable que lo ejerza personal y no institucionalmente, o sea que resulta fatal que la persona del Presidente le dé a su gobierno un sello peculiar, hasta inconfundible” (Estilo personal, p.8) Agrega que el presidencialismo personalista mexicano “cuenta [a su favor con] la debilidad de la tradición y de las instituciones, que permite al hombre, al individuo, desoírlas y hasta desafiarlas. Como en México no funciona la opinión pública, ni los partidos políticos, ni el parlamento, ni los sindicatos, ni la prensa, ni el radio y la televisión, un presidente de la República puede obrar, y obra, tranquilamente de un modo muy personal y aun caprichoso” (Estilo personal, p.9). Por lo mismo, Cosío creía que el “actual sistema político [1974] propicia un estilo personal, y no institucional, de gobierno, con todas las consecuencias que esto supone” (Estilo personal, p.12).

Nuestro autor “abrig[aba] la esperanza de que algunos observadores estudien el estilo personal de gobernar de otros presidentes para que [su] ensayo result[ase] … menos ‘personalista’” (Estilo personal, p.12). Esa invitación a biografiar mejor a nuestra clase política ha sido desoída en lo general. Sólo uno de los discípulos de Cosío con una sola “s”, Enrique Krauze, inició tal empresa con su Biografía del Poder. (La versión final, editada por Tusquets en 2017, se puede consultar en la Liga 1.) El problema es que un solo autor no hace primavera social ni cultural. La Biografía Mexicana necesita de más voces de modo que las y los lectores podamos contrastar retratos y aprender.

En el plano jurídico y politológico, la obra El presidencialismo mexicano (1978) de Jorge Carpizo MacGregor (1944-2012) complementaría la obra de nuestro Cosío de una sola “s”. Allí hay una descripción mínima de cómo la persona titular de la Presidencia de la República se había convertido en cabeza de El Partido, de La Administración Pública y de Las Fuerzas Armadas (las mayúsculas son a propósito). El acercamiento es mucho más profundo que la simple declaración de ausencia que hizo Cosío. Carpizo nos deja ver que el poderoso papel del individuo no se debía a una tradición cultural siempre elusiva sino al modo concreto-histórico en que se habían desarrollado las instituciones –porque instituciones siempre ha habido y su peso es enorme.

Paradójicamente, el complemento carpiziano a la obra de Cosío no impactó en el imaginario de la élite intelectual mexicana. En el último medio siglo, tanto el Estilo personal como El presidencialismo mexicano han sido leídos en “clave individualista”, achacándole sólo a la sicología personal los éxitos o fracasos de nuestra política nacional. En el extremo más pedestre, durante la última campaña presidencial hubo quien creía oír el tonito de Echeverría en la oratoria de Claudia Sheinbaum…

…como si la Historia política se redujese a la repetición ritual de mitos fundadores –en oposiciones simbólicas. (Este es otro tema que deberíamos analizar con cuidado, pero lo haremos en otra ocasión. En por mientras, lectora, te recomiendo revisar el libro de Fernando Escalante Gonzalbo & Julián Canseco Ibarra, De Iguala a Ayotzinapa: La escena y el crimen, México: Colmex, 2019.)

El peso enorme de las instituciones lo encontré en un caso que estaba ocurriendo casi al mismo tiempo que nuestro Cosío con una sola “s” elaboraba su Estilo personal. Víctor Bravo Ahuja (1918-1990) fue un ingeniero nacido en Tuxtepec quien, durante una larga década –de 1958 a 1968– bajo los presidentes López Mateos (1958-1964) y Díaz Ordaz (1964-1970) fungió como subsecretario de la SEP federal encargado de la educación técnica y superior. En 1968, al mismo tiempo que se preparaba la tragedia de Tlatelolco, Bravo Ahuja fue postulado por el PRI para gobernador de Oaxaca. Tomó protesta el 1 de diciembre de ese año ominoso. Su gobierno sólo duró dos años y se caracterizó por la dureza en contra de las organizaciones obreras, campesinas y estudiantiles. Cuando Luis Echeverría Álvarez entró a la Presidencia dos años más tarde, en 1970, convocó a Bravo Ahuja como su secretario de Educación Pública. En su nuevo puesto, el represivo ingeniero Bravo instrumentó políticas de apertura ideológica apoyando a la Nueva Antropología Mexicana en la ENAH y fundando el CIESAS en 1973. Guillermo Bonfil Batalla (1935-1991) fue su director del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) en ese esfuerzo. Bravo Ahuja parece un caso mexicano de Dr.Jekyll & Mr.Hyde… Pero no cambió el hombre, sino la institución a la que servía.

Bravo Ahuja siguió dominando la política oaxaqueña. Entre 1970 y 1974 mantuvo su estatus como gobernador con licencia y fue factor principal para designar como candidato del PRI a Manuel Zárate Aquino (1937-2023) –quien intensificó la política represiva en Oaxaca a tal punto que provocó una crisis que llevó a su destitución en 1977 (en un conflicto tanto o más grande que el de la APPO en 2006). En 1987, un equipo de investigadores coordinado por Víctor Raúl Martínez Vásquez nos explicó las conexiones entre las administraciones federal y estadual en este caso. Consulta, querida lectora, La composición del poder: Oaxaca, 1968-1984 (UNAM, 1987). Hay diez archivos PDF en la página www de Jurídicas de la UNAM (el primero en la Liga 2).

Tres años más tarde, Martínez Vásquez nos mostró con más detalle la transformación de Bravo Ahuja de gobernador oaxaqueño conservador y pro-empresarial a secretario de Educación federal indigenista y progresista en Movimiento popular y política en Oaxaca: 1968-1986 (Conaculta, 1990). ¿Qué explica el cambio? La institución en la que trabajaba Bravo Ahuja.

A finales de los 1980, Adolfo Gilly nos enseñaba en la Fac de Ciencias Políticas de la UNAM que en el viejo régimen autoritario mexicano sólo la Presidencia y las Gobernaturas eran espacios reales de poder. Pero, contrario a nuestro Cosío de una sola “s”, Gilly se preguntaba de dónde le venía el poder a esos “espacios”. Gilly nos hacía una descripción de la conformación histórica de esas instituciones mucho más profunda que la de Carpizo.

Siguiendo a Gilly me permito sugerir que Bravo Ahuja fue conservador en su Estado porque en su época la institución “Gubernatura de Oaxaca” dependía de una correlación de fuerzas en la que las organizaciones campesinas e indígenas no tenían espacio (de hecho eran el enemigo de clase de quienes detentaban el control). Luego Bravo Ahuja fue progresista porque en la correlación de fuerzas federal, el sector educativo de la Administración Echeverría debía promover opciones de organización popular sistémicas que contrarrestaran a los movimientos subversivos por un lado y proporcionasen al régimen una base social con la cual enfrentarse a un empresariado nacional cada vez más soberbio, por el otro.

Por cierto que eso último lo reconocía nuestro Cosío de una sola “s”. En 1974, en la página 16 de su Estilo personal nos dice que “los hombres de negocios: a más de ser por naturaleza conservadores, es decir, adversarios de toda mudanza, en los últimos años [han] intimado con el gobierno [federal] hasta el punto de parecer sus únicos amigos.” Esa intimidad había hecho daño al gobierno. Frente a los oligarcas de Monterrey, el poder presidencial de Lázaro Cárdenas en 1936 era muy alto. Les impuso el arbitraje del Estado en su lucha de clases contra los sindicatos en el Discurso de los 14 Puntos. Pero cuatro décadas más tarde, en 1973, ese poder había declinado a tal punto que Luis Echeverría debió poner la Dirección Federal de Seguridad a las órdenes del empresariado. Sobre Cárdenas y los empresarios regios, mira el ensayo de Jane Walter “Lázaro Cárdenas y la fuerza trabajo: tres huelgas en 1936” en la revista Historias del INAH de enero-marzo de 1984. (Liga 3.) Sobre las razones del debilitamiento del gobierno federal frente al empresariado, revísa lo que nos informó Pedro Salmerón en La Jornada en 2020. (Liga 4.)

Daniel Cosío Villegas es una de las mejores plumas de nuestra Patria, pero por lo que te cuento aquí, no deberíamos creer a pie juntillas todo lo que nos sugería. Sospecho, luego de leer sus Memorias (Mortiz, 1976) que el mismo don Daniel nos regañaría si no lo cuestionásemos. No todo en la política mexicana es “estilo personal”; siempre han existido instituciones y estas pesan mucho más que el carácter particular de los individuos. Para descubrir lo anterior hay que ir a la realidad y analizar con atención mil y un casos.

Ligas usadas en este texto:

Liga 1:
https://ia802906.us.archive.org/16/items/krauze-e.-mexico.-biografia-del-poder-2017/Krauze%2C%20E.%20-%20M%C3%A9xico.%20Biografia%20del%20poder%20%5B2017%5D.pdf

Liga 2:
https://archivos.juridicas.unam.mx/www/bjv/libros/4/1690/1.pdf

Liga 3:
https://www.estudioshistoricos.inah.gob.mx/revistaHistorias/wp-content/uploads/historias_5-67-108.pdf

Liga 4:
https://www.jornada.com.mx/2020/02/25/opinion/016a1pol

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