De apariencias y prejuicios. Autora: Pilar Torres

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Pedro Carrizales Becerra.

“¿Hasta qué parte de mí mismo
tendré que ir para encontrar
el secreto de tu belleza
y la verdad de tu bondad?”
Jaime Torres Bodet

Esta semana se hizo viral una foto que se publicó en una revista de sociales, de esas que compran nuestras tías. En ella se ve una pareja de novios o recién casados; güeros, guapos y adinerados. El velo y el vestido de la novia contrastaba deliberadamente con la imagen de una mujer de rasgos indígenas, sentada en el suelo y vendiendo muñecas de trapo.

Mucha gente en las redes sociales reaccionó en contra de la publicación, considerándola clasista. Otros, en cambio, la defendían con distintos argumentos. La foto es “bonita” y hasta me inclino a dar el beneficio de la duda al fotógrafo, y suponer que con su obra trataba de capturar belleza, contraste y armonía. Sin embargo, es el uso que se le da a la foto el que refleja ese innegable y profundo elitismo, tan mexicano. Después de todo, la foto no estaba en una revista de cultura, sino en una publicación de sociales, cuyos valores saltan a la vista: la pobreza como categoría estética, la persona reducida a un mero objeto de ornato, el folklore como accesorio, la gente bien como aspecto central.

También había comentarios a favor: “La foto está padre y no es ofensiva. No manchen, chairos. Todo les molesta.” Tal vez el punto de esta opinión es que, como la foto es bonita, no hay ofensa. Y es que, si algo es agradable a la vista, no es tan fácil la valoración moral. En cambio, como la apariencia de Pedro Carrizales “El Mijis” no corresponde al de la gente que aparece en Caras, Hola o similares, la polémica fue inmediata. Pocos se preocuparon por conocer su historia, su labor social, su testimonio de superación.

Cuando alguien no corresponde a las categorías sociales de belleza, nos confundimos. ¿Por qué será esto? Tal vez una mala interpretación de Aristóteles, piedra angular de la cultura occidental, tiene un poco de culpa. En ‘La Poética’, el filósofo dice que la belleza radica en la dimensión y el orden, por lo cual no puede ser bello algo que no sea loable o agradable. Sin embargo, el arte –y la vida– se han encargado de contradecir continuamente esa idea hasta el punto de que en la llamada Estética de lo feo, se afirma que sólo es posible encontrar verdad y belleza en la catarsis que nos descubre las miserias de la sociedad y del ser humano.

Aunque hay elementos objetivos –como la proporción áurea, que es armoniosa y atractiva para el inconsciente– belleza y fealdad son cuestiones relativas y la percepción humana no solo está ligada al entendimiento, sino que también está influenciada por el contexto en el que se desenvuelve, sus antecedentes culturales y sus creencias.

Aquí, Samuel Ramos en su obra El perfil del hombre y la cultura de México, aportaría un dato importante: afirma que existe un profundo sentimiento de inferioridad como rasgo distintivo del mexicano.

En su momento, la tesis central de Ramos resultó muy polémica entre los académicos, quienes la criticaban por sus generalizaciones infundadas. Sin embargo, más allá de los academicismos, la realidad nos muestra cómo los mexicanos nos regimos por ciertos cánones de belleza según los cuales ser alto, blanco y delgado (de preferencia con ojos claros) es ser bello, a pesar de que la gran mayoría de los mexicanos somos todo lo contrario, lo cual hace aún más evidente aquel sentimiento de inferioridad del que habla Ramos.

Así, los gustos se ligan irremediablemente a las identidades construidas, pero el problema verdadero surge al identificar aquello que consideramos bello como automáticamente bueno y lo feo como malo. Lo que constituye uno de los más graves sesgos cognitivos.

Como saben los psicólogos, un sesgo cognitivo es un efecto que produce desviación en el procesamiento mental, lo que lleva a una distorsión, a un prejuicio, a una interpretación ilógica o falacia, que se dan cuando asimilamos erróneamente la información de la que disponemos y emparentamos datos que no están relacionados entre sí (como pensar que alguien moreno y con tatuajes es un delincuente). Un sesgo cognitivo nos lleva a emitir juicios inmediatos hacia ciertos estímulos. Hay que decir que también filtramos mal la realidad de forma selectiva.

Estos errores pueden ser muy graves en determinados contextos, sobre todo si conducen a actitudes y decisiones violentas, negligentes y discriminatorias. Desde niños, nos enseñaron que las niñas bonitas no dicen cosas feas y que los niños feos son aquellos que se portan mal. Los héroes de las historias son bellos y los villanos son feos.

Casos como el de Pedro Carrizales hacen evidente una realidad que debe cambiarse porque el prejuicio nos impide ver lo verdadero. Llevar al congreso las voces que no suelen ser escuchadas constituye un parteaguas.

Ya que hablábamos de belleza, planteémosla adecuadamente. Nada como una educación estética para hacernos capaces de generar narrativas alternas al discurso de odio a través del arte y la cultura.

Así, la buena noticia es que los sesgos cognitivos se pueden superar. Aunque tal vez por la inercia de las elecciones, nos quedaron las ganas de seguir peleando. Más vale que pronto se nos bajen.

@vasconceliana

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3 COMENTARIOS

  1. No creo que los comentarios para el Mijis vayan en un contexto clasista, lo que veo personalmente y varios coniciden conmigo de mi circulo es el hecho de que no esta preparado completamente para hacer un trabajo de diputado, cuando su formacion academica no ha sido para ocupar un cargo popular como este, de acuerdo a el reportage el ha hecho mucho por las adicciones entre otras cosas, mi pregunta es por que no dejarlo que sea el dirigente de un programa de reestructura social? En lugar de attender propuestas dentro del Congress local.

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