Danzón de la Construcción Colectiva. Autor: Federico Anaya Gallardo

Grande desesperación es no poder transmitir por vía escrita los vuelos de la música y el movimiento de las imágenes. Acabo de ver Se construyen sueños, un cortometraje dirigido por Ofelia Medina en 2019. Fue parte del catálogo del Festival Internacional de Cine de Guadalajara (FICG) de 2020 y estará en TV-UNAM luego de los feriados de Semana Santa. (Liga 1.) Para compensar, he tomado algunas capturas de pantalla esperando que ellas y mi pobre reseña te anime, lectora, a buscar y ver; a ver y pensar. Espero ser fiel a la bella edición que nos entregan Ofelia, Claudia De Berardinis y Begoña Lecumberri. Primer acto. Empezamos en un llano de arena gris clara, sobre el cual se mueven, impresionantes, modernas máquinas de construcción. Todo está en blanco y negro. Las bestias mecánicas arrastran tierra, la aplastan, escarban profundos pozos circulares con sus altos brazos metálicos. En la escena no se aprecia ninguna persona humana. De pronto, al compás de golpes secos y metálicos, brincan ante nosotros fotos fijas –aún en blanco y negro– que nos muestran cómo de los agujeros oscuros se van levantando columnas de hormigón armado. Entre salto y salto, podemos apreciar una pierna por aquí y un brazo por allá. Hay gente, no sólo máquinas. Figuritas minúsculas, el ojo de la directora nos va llevando hacia ellas.

Pero Ofelia no se detiene aún en los humanos. Primero nos muestra sus obras. Se trata de tejidos de varilla y alambre de acero. Cestas y canastas cada vez más grandes y complejas que luego serán ahogadas por el concreto. Al compás de los golpes que dan miles de marros y martillos obreros (organizados en música por Eduardo VC y Leo Heiblum, de Audioflot), vemos cómo esos tejidos metálicos se extienden a los lados y hacia arriba. Vemos cómo aparecen paredes y pisos. Una vez logrado el milagro de la obra negra Ofelia, Claudia y Begoña se detienen a presentarnos a las personas que la tejieron. Les vemos a ellas y a ellos en el comedor. Ante la pregunta “—¿Qué es la obra?” Nadie sabe bien a bien qué contestar. El cocinero, que feliz atendía a todos, cierra: “—Eso sí no sé, ¡‘ora dígame Usted!”

La directora nos presentará ahora una mezcla dura. Por un lado, viejas viñetas de la construcción, como tres ladrillos que se elevan con una reata. Por el otro, grandes y modernos artilugios que elevan y deprimen secciones del piso. ¡Los pistones del progreso metal-mecánico! Finalmente, cinco muchachos obreros que responden entre todos la pregunta. “—Un teatro”, dice el primero. “—No, dos teatros”, le responden otros dos. “—Corrección, tres teatros, dice un último chico, mostrando el número con su mano”.

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Ya de lleno en el mundo de los humanos, la película deriva por un momento hacia el documental. Los chicos tenían razón. Una intelectual nos explica con detalle de qué se tratan las diversas estructuras y para qué sirven. Cajas negras y pasos de gato son descritos y mostrados. Cosa relevante: nos lo cuenta llena de ilusión. Ese sentimiento es el mismo de los cinco jóvenes obreros que respondieron primero al misterio. En la audiencia empezamos a entender el título de la película…

Segundo acto. Dicho lo anterior, las productoras nos llevan a un magnífico viaje musical. Ofelia lo hace de la mano de los muchachos. Uno canta, otro tararea, alguno por allá arriba –en medio de un enrejado metálico– silba. Alguien ha puesto una canción en una bocina malamente conectada. De la mano de esos sones cotidianos acompañaremos a los obreros y ellos nos irán diciendo sus nombres. Junto a ellos (pintores, impermeabilizadores, ayudantes de soldador) está la experta en seguridad, la instaladora de paneles de yeso, la arquitecta, la paramédica. Ofelia es exacta en su retrato demográfico: nueve de cada diez voces son proletarias. (Al final del filme, algunas de esas voces nos presentarán orgullosas a su prole.) El ruido de fondo va cambiando, de golpes de marro a golpes de cuerda. Mientras se “viste” la obra negra, es obvio que estamos ya en una especie de ensayo general. Y aquí, uno de los chicos obreros, José Guadalupe, dice lo evidente: “—Estoy construyendo un teatro aquí y nunca he ido a un teatro”.

Con esto, empezamos a oír el Danzón 2 de Arturo Márquez que nos ha de acompañar todo el segundo acto. Siguiendo sus acordes, veremos a las manos obreras medir, lijar, pulir, … y al tiempo, a las manos músicas rozar teclas, claves y cuerdas. Como si albañiles y músicos ensayasen juntos y juntos construyesen la casa … que el joven José Guadalupe nos ha advertido que no es común. (¡Habrá que hacerla común!)

Ofelia no nos deja engañarnos con falsas imágenes de armonía social. Las y los obreros trabajan de día y noche. Cuando el danzón entra en sus recesos, vemos cómo ellos siguen soldando y puliendo. Sus herramientas iluminan con chispas la noche de Guadalajara. A través de los cristales vemos relámpagos contenidos por la oscuridad dentro del edificio. En medio de la noche, un par de compañeros se aseguran que los materiales que se requieren en los pisos superiores lleguen a tiempo… parecería que sueñan con el cielo nocturno. No. En el trabajo no hay tiempo para poesía. (Pero debería haberlo, como bien sugieren las productoras.) 

Quien sí ha acompañado a las heroínas y héroes de las jornadas dobles y triples es el equipo de cineastas. Por eso pueden descubrirles de madrugada: agotados, dormidos en los entrepisos o en las escaleras a medio terminar. Cuando la luna se haya huido y el sol abrase de nuevo, otra vez estarán trabajando. Y el Danzón 2 regresará con más bríos. 

Un viejo muralista (al que los fifís de su tiempo le criticaron sus “monos” obreros) habría aplaudido a rabiar lo que Ofelia ha retratado. Lo hace en movimiento y con cadencia de danzón. (¿Diego bailaba? Si no, con esta peli bailaría.) Aquí la trompeta es la que lleva la batuta pero la orquesta toda se entusiasma al tiempo que la clase trabajadora levanta estructuras y construye.

No nos engañemos. Los rostros de ellas y ellos, nietos o bisnietos de quienes inspiraron a Rivera, se nos muestran iguales. No sólo porque fueron engendrados por aquellos modelos, sino porque su labor constituye lo mismo que la de sus ancestros: la única fuente de riqueza en la sociedad humana.

La construcción está al borde de acabar. Con los metales dirigiendo la marcha y la orquesta entusiasmada, los maestros de obra se afanan por terminan las tareas de sus cuadrillas. Dos imágenes me quedan grabadas de este momento musical. Con las dos tendríamos que hacer un concurso para decidir cuál debe consagrarse en una gloriosa pintura al fresco en alguna de las paredes de los nuevos teatros. En una el obrero indica a sus compañeros qué debe hacerse desde la polea que elevará una estructura. En su mano izquierda lleva un tubo de acero con la misma majestad que portaban el bastón de mando los legendarios capitanes de la aristocracia que invadió este país hace cinco siglos. En la otra, el director de orquesta señala al frente, mientras todas las cuerdas se afanan. ¿Quién dirige y quién es dirigido? ¿A quién habrá que atribuirle la gloria de la construcción terminada?

Ofelia lo tiene claro: a la gente en lo general, a la gente como colectivo. A la gente como memoria de todos. Dos viejos obreros nos muestran esto último, uno acarreando el agua para los detalles de pavimento; otro descansando un instante mientras enjarra un muro. Acaso aquél en el cual él y su compañía proletaria debiesen quedar retratados (esto nos susurra el fantasma de Diego en el oído izquierdo).

Y mientras los mayores hacen eso, los jóvenes concluyen la limpieza. Juntos avanzan contra los escombros y sobrantes. Hacen saltar el agua enmedio del aire. Los teatros deben lucir luminosos y bellos. En equipo arremeten contra la plaza y la lavan entusiastas.

Fascinante… los últimos giros del Danzón 2 son encargados a una pequeña flauta justo antes de que un albañil muchacho, elegante y digno, termine de echar un piso al pie de la fachada. Y los cielos se abren luminosos.

Una magnífica edición… Gracias a Ofelia, a Claudia, a Begoña y a todo su equipo. Gracias a la visión colectiva. Hay que decir que las creadoras del filme fueron congruentes en todo, pues dedican todo su tercer acto a la gente que construyó el sueño de los tres teatros. Aquí veremos cómo se usan las complicadas maquinarias tras bambalinas, cómo las gentes del común van llenando las graderías y asientos. Cuesta trabajo reconocerles, no llevan sus cascos, el polvo no les cubre los rostros. Ellas están contentas de lo que ven. Ellos explican a sus acompañantes qué es aquésto y que es aquéllo. La clase proletaria entra al teatro que construyó y no conocía. El filme revierte elegantemente en documental, en reportaje, en informe de gestión social … pero no nos pesa. Es lo natural y lo necesario luego de ver el esfuerzo de todas esas personas. Las compañías de teatro, danza y teatro de la gran escuela superior pública de Jalisco –al tiempo venerable-antigua y moderna-radical– de la Universidad de Guadalajara, entretienen y rinden homenaje a las y los trabajadores. Este tercer acto termina revisitando a las mujeres y hombres que nos explicaron su oficio y comisión en el primer acto. Ahora nos presentan orgullosos a sus hijas e hijos. Están orgullosas. Estamos orgullosas.

Luego se nos olvida que todo es labor colectiva y que todos los trabajos son esenciales para que el mundo florezca. Uno de los entrevistados cerró con una idea esencial: “Todos fuimos uno solo”… que lo sigamos siendo.

agallardof@hotmail.com

Ligas usadas en este texto:

Liga 1:
https://www.ficg.mx/34/index.php/es/ci/1903-se-construyen-suenos

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