Vale más la pena unas horas de soledad que unos minutos de infiernitos. Este autocuidado del que poco nos han hablado es un pilar fundamental para nuestro desarrollo en todos los campos. La familia ni es lo más importante, ni lo es todo. Si bien, tenemos que cuidarnos del COVID, también de la violencia dentro de nuestras familias.
Por: María Isabel Puente | POPLab
Es diciembre, los adornos navideños invaden las calles, las botellas de sidra se hacen presentes en los supermercados y la mercadotecnia sentimentalista inunda mis redes sociales. En estas épocas melancólicas, me asalta la pregunta que seguramente muchas otras feministas se cuestionan en estas festividades, ¿cuántas mujeres, hombres y niños tienen que convivir estas fechas con sus agresores actuales o de la infancia? ¿Cuántos adultos no encubren a sus familiares con tal de evadir una temática difícil de enfrentar? La violencia sexual, muchas veces se convierte en secretos de familia, ¿cuántos secretos de familia de este tipo pueden soportar las infancias?
México ocupa el primer lugar de mal llamados embarazos adolescentes e infantiles entre los países que conforman la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), incluso ciertos anticonceptivos han sido promovidos de tan eficaces que pueden ser usados en niñas y adolescentes para disminuir estas cifras. Al igual que las farmacéuticas, muchas familias consideran más conveniente encubrir la violencia sexual infantil con violencia obstétrica.
Aunque debido a la pandemia nos hemos visto forzados a cambiar nuestras vidas, no todo está perdido. Irónicamente es una excelente noticia para muchos de nosotros no tener que reunirnos como cada año con decenas de personas a las que vemos una sola vez al año, y ello, para recordar el motivo por el cual precisamente no nos frecuentamos el resto del año.
En estas fechas mustias, es imposible no hacer un recuento de los años. Ahora parece lejano aquel recuerdo el látigo del desprecio de gran parte de mi familia de cuando salió a la luz el caso Kala. Y claro, me tocó vivir todas las situaciones estereotípicas de las supervivientes de estos temas.
Cáusticamente aquella noticia abrió otra brecha en mi familia. Pues numerosas personas además de lamentar los hechos me contaron de abusos que sucedieron incluso antes de que yo naciera. Si bien es una práctica habitual encubrir y normalizar el abuso, las supervivientes de estas situaciones tenemos un deber moral con las siguientes generaciones y también con las de nuestras antepasadas.
El primero de estos deberes, sin duda es reivindicar aquella justicia que les fue negada a nuestras ancestras pues si es difícil ahora hacer señalamientos sin ser juzgadas, en anteriores épocas era impensable hablar de dichos temas y probablemente muchas de ellas vivieron abusos, golpes y humillaciones como sinónimos de educación, amor o intimidad.
Lo segundo es marcar un límite con estas prácticas para que, a nuestras sucesoras, llámense hijas, nietas, sobrinas disfruten de un mundo más digno. No sólo que estas vejaciones lleven un nombre y apellido. Sino que también las infancias que nos rodean sepan que las adultas que les rodeamos las vamos a amar, a creer y apoyar, ya que si no hacemos nada ante la violencia sexual, estamos permitiendo tácitamente a que vuelva a suceder.
Este pacto de silencio se traduce en una cadena de violencia que no tiene fin hasta que alguien decide romperla. Si bien es complicado poner buena cara a aquellos familiares que vemos una vez al año y nos dura el asco de su presencia hasta el próximo, esto lo hacemos porque siempre nos vamos por el camino más sencillo, el de no hacer nada.
Usualmente no se hace nada en muchos casos porque no sabemos ni por dónde comenzar, pero también porque no estamos preparados como adultos para lidiar con las consecuencias de tomar posturas. Pero no nos necesitamos tibias, no nos necesitamos en aquella cómoda mediocridad, nosotras tampoco somos ajenas a los problemas del otro.
El precio que pagan muchas supervivientes de violencia de género es alto, social, moral e incluso económico, pues se suele criminalizar a las víctimas o culparlas de sus propios males. Para estos asuntos nunca hay víctimas perfectas y cualquier pretexto es bueno para descalificarlas. Absolviendo agresores que vienen disfrazados de novios, maridos, padres, abuelos, vecinos, maestros, colegas, amigos de la familia, etc.
Esta liberación a la que muchas les tenemos miedo es natural: Sartre explica que que a mayor nivel de libertad hay un mayor nivel de ansiedad hacia no poder controlar o tener la certeza de eventos cercanos. Pero este trago amargo es fundamental para crecer y romper aquellas cadenas morales que a fuerza de costumbre nos inculcaron. No hay familias perfectas, nadie elige a sus padres, tíos o abuelos.
Esta mal llamada soledad no es eterna, si bien al principio es rara, nos ayuda a recordarnos y a descubrir insospechadas cosas de nosotras mismas. Esta en realidad no es una soledad, ya que nos recuerda el ser incondicionales a nosotras mismas.
Tener el coraje de ser nosotras mismas nunca será fácil, pero hay un dolor más grande que les aseguro a todas mis queridas amigas, colegas, familiares y lectoras. Este será el dolor del “qué hubiera”: si hubiera dicho, si hubiera hecho, si hubiera denunciado. Dirimir qué hacer con este dolor sin duda es complejo, pero si queremos vivir en un mundo en el que día a día nos construimos a nosotras mismas, nos va a costar mucho esta autenticidad. Pero jamás será tan caro como el precio tan caro de nuestra libertad.
En estas fiestas más de una persona tendrá que agradecer el pretexto de no reunirse con sus familiares por la pandemia. Pero más allá de eso, debemos traer a la mesa estos temas tan duros como el abuso sexual infantil, la violencia familiar que debemos dejar de traducirlos y reducirlos a secretos de familia. Queridas lectoras, deseo que podamos cortar lazos familiares infructuosos sin sentir culpa. Tener la sabiduría para hablar de estos temas con nuestras hijas, sobrinas, nietas, etc. pero sobre todo para forjarnos y forjarles un futuro menos violento a todas ellas.









