CONTRAATAQUE | Prejuicio y castigo. Autor: david pérez

david pérez | @davidperezglobal
Jesús Owono cerró sus redes sociales porque, según el diario AS, el portero del Andorra recibió numerosos insultos después del choque con Jesús de Miguel Alameda en el partido contra el Tenerife. El delantero sufrió una parada cardiorrespiratoria en el campo y murió al día siguiente a los treinta años.
La muerte de un futbolista en esas circunstancias deja muchas preguntas. Es comprensible que la afición del Tenerife quiera saber qué ocurrió y que los hechos se examinen con todo el rigor que exige su desenlace. En medio de ese duelo, la plataforma tinerfeña Colectivas MIGRA expresó sus condolencias, pidió una investigación rigurosa y denunció que parte de los ataques contra Owono se dirigían a su origen y al color de su piel. Me interesa detenerme en ese desplazamiento. ¿Qué se está juzgando cuando el color de la piel de un futbolista empieza a contar como prueba de su culpa?
El acta arbitral ofrece un punto de partida. En el minuto 96, el árbitro expulsó a Owono por impactar con la pierna en alto y emplear una fuerza excesiva cuando el balón estaba en disputa. Cada elemento de esa descripción se puede examinar, podemos volver a las imágenes, discutir cómo salió el portero y valorar el riesgo que asumió. En los mensajes denunciados por Colectivas MIGRA aparece, en cambio, algo que ninguna repetición de la jugada podría esclarecer, a saber, qué relación tiene el origen de Owono con lo que pasó en el terreno de juego.
El acoso llegó al punto de que otro futbolista tuvo que salir a explicar quién era. «No soy Jesús Owono», escribió Michel Owono, jugador del Can Vidalet. Denunció que había recibido insultos racistas y amenazas de personas que lo confundieron con el portero porque comparten apellido. Eso bastó para que algunos usuarios le exigieran cuentas por una jugada en la que jamás intervino. Hay una forma muy concreta de irracionalidad en esa escena, y es que quienes se sentían con derecho a castigar ni siquiera se habían cerciorado de a quién estaban castigando.
Juzgar a alguien por sus actos implica reconocer que esa persona puede responder por lo que hizo. Para que esa exigencia sea justa, tenemos que estar dispuestos a revisar lo que creemos saber sobre la acción y las circunstancias en que ocurrió. El prejuicio racial hace que esa revisión parezca innecesaria. Quien lo ejerce cree saber algo decisivo sobre la persona antes de examinar su conducta, y esa supuesta certeza acaba pesando más que lo que pueda averiguarse.
El prejuicio racial altera lo que estamos dispuestos a tomar como prueba. Si el color de piel de un jugador basta para que su acción nos parezca deliberada, podemos mirar veinte veces la repetición y encontrar en cada una la intención que ya le habíamos atribuido. La imagen es la misma, pero le pedimos menos para condenar. La confusión con Michel Owono lleva esa lógica al extremo. Algunos usuarios se sintieron lo bastante seguros para amenazarlo sin haber comprobado siquiera si era el portero del Andorra, haciendo más visible aún la injusticia del prejuicio.
En la Liga MX, una derrota bastó para que apareciera la misma forma de agresión. Después de que el Necaxa perdió 1-0 ante Santos Laguna, el delantero colombiano Juan David Valencia pidió disculpas en Instagram por las ocasiones de gol que había desperdiciado. En ese mismo mensaje respondió a quienes lo habían atacado por el color de su piel: «Y sí, soy “negro” como dicen, pero estoy orgulloso de serlo».
Entre la muerte de Jesús de Miguel y los goles que Valencia dejó de marcar hay una distancia enorme. Lo que se repite es el modo de atacar. En Tenerife se discutía cómo había salido un portero a disputar el balón. En la Liga MX se discutía cómo había definido un delantero frente al arco. En ambos casos, hubo quienes hicieron del color de piel un agravio, y ese elemento se integró al análisis de la jugada.
Vuelvo al portero Jesús Owono. Todavía podemos mirar la jugada, discutir la decisión arbitral y exigir que se esclarezca lo ocurrido. El duelo por Jesús de Miguel merece esa seriedad. También merece que nos preguntemos, ¿qué queda de nuestra exigencia de justicia cuando el color de la piel empieza a contar como prueba?
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