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CONTRAATAQUE. Autor: david pérez

david pérez | @davidperezglobal

La final del torneo de fútbol mexicano Clausura 2026 ha dejado una imagen poco habitual. Dos entrenadores mexicanos disputando el campeonato después de más de una década. Joel Huiqui y Efraín Juárez devolvieron al banquillo nacional a un lugar que durante años pareció reservado para entrenadores extranjeros. Dos entrenadores mexicanos dirigiendo en una final es un hecho excepcional porque la Liga MX ha vivido un largo periodo de preferencia por técnicos importados. No es solamente una final, es también una disputa simbólica sobre la capacidad del talento nacional para dirigir y ganar. Pero junto al balón de la final apareció otra conversación.

En redes sociales y espacios de comentarios comenzaron a circular frases como: «Huiquilopostli, el dios del juego de pelota», «Pensé que Huiqui era hondureño» o «De apocalíptico para el mundo», en referencia al actual entrenador del Cruz Azul.

El problema no es el humor. En el fútbol también se vive el humor, la exageración y la ironía. El problema es qué se está haciendo objeto de burla. Porque estas frases no cuestionan la táctica de Huiqui, sus decisiones, su lectura del partido ni su experiencia. Lo que se pone sobre la mesa es otra cosa, su apariencia, su apellido, sus raíces y, en el fondo, su legitimidad simbólica para ocupar el espacio que ocupa.

El mecanismo es viejo. Primero se exotiza llamandolo «Huiquilopostli». El apellido deja de ser un apellido y se convierte en caricatura arqueológica. Se le empuja hacia el pasado, hacia lo mítico, hacia el museo. Después viene la extranjerización: «Pensé que era hondureño». Como si el problema fuera que no encaja con cierta imagen de mexicanidad. 

Como si todavía existiera una expectativa de que el éxito debe tener determinado aspecto, determinada estética y determinado origen. Y finalmente aparece la sentencia, es «apocalíptico». La palabra hace referencia a una película en la que también sobreabunda la perspectiva exótica de las culturas precoloniales.  

México construyó durante décadas una relación profundamente contradictoria con lo indígena. Admiramos el pasado indígena, pero no siempre aceptamos el presente indígena. Convertimos las culturas originarias en patrimonio, en postal turística, en mercancía cultural, pero cuando una persona contemporánea aparece en espacios de autoridad, la reacción cambia.

El antropólogo mexicano Guillermo Bonfil Batalla llamó a esto el «México profundo». Ese país «indígena» que sostiene buena parte de la vida nacional y que, sin embargo, frecuentemente es marginado por la cultura dominante. El fútbol mexicano reproduce esta tensión en el momento de mayor atención del torneo.

Presume símbolos prehispánicos en la playera de la selección nacional, vende identidad nacional, recuerda el juego de pelota como antecedente cultural y utiliza constantemente la imagen del México ancestral como narrativa de marca. Pero cuando un entrenador con rasgos físicos, que el imaginario social identifica como «indígenas», aparece dirigiendo una final, algunos sectores responden con bromas racializadas.

El «indígena» sí, pero convertido en símbolo. El «indígena» sí, pero en el pasado. El «indígena» sí, pero como elemento decorativo. No como autoridad. No como estratega. No como rostro del éxito.

Y este fenómeno no es nuevo en el deporte mexicano. Durante años el fútbol nacional construyó una especie de colonialismo simbólico donde lo extranjero equivalía automáticamente a prestigio. El entrenador europeo era sofisticación. El sudamericano era carácter. El mexicano debía demostrar el doble para recibir el mismo reconocimiento.

Ahora imaginemos lo que ocurre cuando a esa condición de entrenador mexicano se suma una identidad «indígena» o rasgos asociados con ella. La barrera se duplica. Lo interesante es que esta discusión aparece justo cuando México se prepara para recibir unos del partido del Mundial de 2026. El país volverá a mostrar al mundo sus pirámides, sus tradiciones, sus raíces originarias y toda la narrativa de la diversidad cultural que tanto gusta a las campañas oficiales. Pero el episodio Huiqui contradice toda esa narrativa. 

Porque quizá el verdadero partido que se está jugando no está en la final de la Liga MX. Está en decidir quién tiene permiso de representar el éxito en México. Y tal vez el verdadero «apocalipsis» para algunos sectores no sea que dos entrenadores mexicanos disputen el título. Tal vez sea descubrir que el poder también puede tener un apellido que no estaban acostumbrados a ver.

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