david pérez | @davidperezglobal
En el fútbol no se trata sólo de ganar partidos, también hay que dominar el escenario, controlar el relato e imponer el tono emocional de la conversación. Y en eso, Florentino Pérez, presidente del Real Madrid Club de Fútbol, dio hace unos días una demostración de algo mucho más que una rueda de prensa desafortunada. En la forma, que terminó convirtiéndose en el fondo, exhibió el estilo discursivo del poder despótico, ese que aparece cada vez más en los días que corren.
Primero se dirigió a una periodista diciendo: «la niña que hable, que también tiene derecho a hablar… todos vosotros sois muy feos». Después descalificó a una columnista de ABC insinuando que «ni sabe de fútbol». Más tarde, al referirse a un rival empresarial y político alrededor del Real Madrid, habló de un «acento sudamericano» para luego corregirse y precisar «acento mexicano». Todo ocurrió frente a los periodistas que cubrían no solamente un club de fútbol, sino una de las instituciones simbólicas más poderosas del planeta como es el Real Madrid.
Lo interesante no es solamente el contenido de las frases. Lo realmente importante es la estructura mental que revelan. Durante años se pensó que este tipo de lenguaje pertenecía a generaciones antiguas, a dirigentes formados en culturas empresariales masculinas del siglo XX. Pero hoy este estilo no sólo sobrevive sino que también seduce. Porque tiene mucha audiencia, mercado emocional y electoral. Sus principales consumidores son hombres jóvenes.
La humillación pública se volvió espectáculo y la burla reemplazó al argumento. El desprecio hacia periodistas, mujeres o extranjeros dejó de ser únicamente un costo reputacional y empezó a funcionar para ciertos sectores como prueba de aparente autenticidad, de fuerza y de liderazgo. La estética del poder que habla «sin filtros» cuando en realidad son gestos de una coreografía más amplia.
El paralelo con los usos y costumbres de Donald Trump me resulta inevitable. No porque Florentino sea Trump. Mi punto es que ambos entienden el lenguaje como ejercicio de dominación simbólica. No hablan para explicar, son de los que hablan para marcar jerarquías.
Trump utiliza el insulto como herramienta política global. «Fake news». «Nasty woman». «Crooked Hillary». El adversario ya no debía ser refutado, sino ridiculizado. Y esa lógica encontró una audiencia gigantesca en sectores juveniles, mayormente masculinos, criados dentro de algoritmos donde la provocación vale más que la complejidad.
Florentino utiliza las formas de ese mismo ecosistema cultural. La rueda de prensa no operó como un espacio de rendición de cuentas por dos temporadas con resultados bajos según los estándares de su propia institución. Funcionó como una demostración de autoridad, «yo puedo decir esto porque sigo siendo el dueño del escenario». Pero el asunto se vuelve todavía más interesante cuando uno observa el trasfondo empresarial de la disputa.
El hombre del «acento mexicano» referido antes es Enrique Riquelme, presidente de Cox, empresa que recientemente compró el negocio de Iberdrola en México por miles de millones de dólares. En esa posible candidatura de oposición al actual presidente del Real Madrid aparece también David Mesonero, yerno de Ignacio Sánchez Galán, viejo enemigo corporativo de Florentino Pérez desde la guerra entre una de las empresas constructoras más importantes del mercado global ACS y la empresa de productos energéticos Iberdrola.
Es decir, el Real Madrid no sólo está discutiendo fútbol. Está escenificando una batalla entre élites económicas españolas con ramificaciones energéticas, financieras y políticas que atraviesan también a México.
Y ahí aparece otro personaje incómodo, por decir algo, Felipe Calderón. Porque Iberdrola no es un nombre cualquiera en la historia reciente mexicana. Tras dejar la presidencia, Calderón terminó trabajando para una filial de esa empresa. Antes, también lo había hecho Georgina Kessel, exsecretaria de Energía de su gobierno. La famosa puerta giratoria entre poder político y la iniciativa privada utilizada en muchos sectores económicos, también en el de las energías limpias, para hacerse de recursos y de contratos de una una manera no tan limpia como la energía que venden.
Por eso resulta tan revelador que en medio de esta trama de multimillonarios, constructoras, energía y disputas globales, el «acento mexicano» aparezca utilizado como insinuación de inferioridad o por lo menos como sospecha cultural. Como si en ese imaginario México fuera suficientemente útil para hacer negocios, pero todavía incómodo para compartir prestigio simbólico.
De cara al próximo mundial, las instituciones públicas y privadas quieren vender el fútbol como entretenimiento neutral. Pero basta observar unos minutos una rueda de prensa para descubrir que allí también se negocian imaginarios de clase, raza, masculinidad y poder. Y quizá lo más inquietante no sea que hombres como Florentino o Trump hablen así. Lo verdaderamente inquietante es la cantidad de jóvenes que empiezan a admirarlos precisamente por eso.

david pérez
Analista con formación en filosofía, historia, resolución de conflictos y derechos humanos. Ha sido columnista en El Siglo de Torreón, Grupo Reforma y Grupo Milenio. Dirigió el grupo de investigación en materia de derechos humanos del Mecanismo de Esclarecimiento Histórico que investigó las violaciones graves a los derechos humanos cometidas en el periodo de 1965 a 1990 en México. Actualmente conduce el podcast Pensar la Vida y dirige la editorial independiente Pacífico Global Media.







