david pérez | @davidperezglobal
«Las familias tomaremos las calles para recordarles que en México no puede ser una sede deportiva mientras siga siendo una fosa clandestina», advirtieron colectivos de búsqueda y varios medios de comunicación registraron los dichos.
La frase no viene de un analista, ni de un editorialista, ni de un organismo internacional. Viene de quienes buscan a sus desaparecidos. De quienes han tenido que convertir la tierra en archivo, la pala en método y la esperanza en obligación.
El Mundial de 2026 se convierte en un escenario de disputa. En un escaparate donde no sólo se van a exhibir estadios, las infraestructuras y las narrativas de éxito, sino también aquello que durante años se ha intentado mantener fuera de cuadro.
Las cifras sirven para la discusión mediática. México quizá supera las 100 mil personas desaparecidas, pero depende de quién cuente y cómo lo haga. Junto a esa cifra en disputa, hay hechos indiscutibles, por ejemplo, los hallazgos sistemáticos de fosas clandestinas en distintas regiones del país, documentados por organizaciones civiles y medios de comunicación.
En paralelo, México se prepara para ser uno de los países anfitriones del Mundial de 2026. Un evento que la FIFA y los gobiernos promueven como una oportunidad histórica de proyección global. Dos narrativas conviviendo en el mismo territorio. Por un lado, la versión oficial de las instituciones que organizan el evento deportivo más importante del planeta. Por el otro, la del país donde miles de familias siguen buscando a sus desaparecidos.
La pregunta no es si ambas cosas pueden coexistir. De hecho, ya coexisten. La pregunta puede ser otra, ¿qué ocurre cuando una intenta silenciar a la otra? Porque el deporte —y en particular el fútbol— llega a los territorios acompañado de inversiones, de discursos oficiales, de campañas de imagen. Llega como una promesa de unidad, de celebración, de orgullo nacional.
Pero esa promesa tiene condiciones. Funciona siempre y cuando no se interrumpa el relato. Siempre y cuando la fiesta no se contamine. Siempre y cuando quienes tienen algo que denunciar lo hagan fuera de las cámaras. Y ahí es donde la advertencia de los colectivos cobra relevancia.
El Mundial no va a borrar la crisis de desapariciones. Pero sí puede intentar desplazarla. Invisibilizarla bajo la lógica del espectáculo. Convertirla en ruido de fondo mientras la atención global se concentra en los goles, las ceremonias y las audiencias millonarias.
La demanda de las personas que buscan a sus desaparecidos introduce una disonancia que no se puede resolver con marketing. Porque obliga a sostener dos imágenes al mismo tiempo, la del estadio lleno y la de la fosa abierta.
El problema no es que las familias quieran «politizar» el Mundial. El problema es que el Mundial ya es político. Lo es cuando redefine prioridades presupuestales. Lo es cuando moviliza recursos del Estado. Lo es cuando construye una narrativa internacional sobre lo que un país es o quiere parecer.
La característica de esa política suele ser unilateral. Desde arriba hacia abajo. Desde el poder hacia la ciudadanía. Lo que hacen los colectivos es invertir esa dirección. Usar el mismo escaparate para decir algo que el relato oficial no quiere incluir. Y eso no es una distorsión del deporte. Es una disputa por el sentido.
No cuestiono si México merece ser sede de un Mundial. La pregunta a la que nos remiten los colectivos de búsqueda es qué país se va a mostrar cuando el mundo mire. Uno que celebra goles o uno que sigue buscando a sus desaparecidos. Y, sobre todo, si estamos dispuestos a aceptar que ambas cosas ocurren al mismo tiempo o si vamos a seguir actuando como si una pudiera tapar a la otra.
Así como las madres de personas desaparecidas han resignificado el 10 de mayo en México —una fecha tradicionalmente asociada a la celebración y a valores conservadores— para convertirlo en un día de memoria, denuncia y exigencia de justicia, el Mundial también puede adquirir capas de sentido que desbordan lo comercial y lo festivo. No se trata de negar la dimensión festiva del fútbol, sino de reconocer que los grandes acontecimientos públicos nunca son neutros, y que pueden ser apropiados, disputados y reconfigurados por quienes viven otras realidades.
Como el 10 de mayo dejó de ser únicamente una fecha de celebración para volverse también un acto colectivo de búsqueda, de manifestaciones, de exigencia de justicia y memoria, el Mundial puede dejar de ser sólo espectáculo para convertirse en un espacio donde se visibilicen las ausencias que el relato oficial intenta dejar fuera.

david pérez
Analista con formación en filosofía, historia, resolución de conflictos y derechos humanos. Ha sido columnista en El Siglo de Torreón, Grupo Reforma y Grupo Milenio. Dirigió el grupo de investigación en materia de derechos humanos del Mecanismo de Esclarecimiento Histórico que investigó las violaciones graves a los derechos humanos cometidas en el periodo de 1965 a 1990 en México. Actualmente conduce el podcast Hacer las Paces y dirige la editorial independiente Pacífico Global Media.







