david pérez | @davidperezglobal
Tras la escalada de violencia por la captura del “Mencho”, el debate no es sólo si México puede organizar el Mundial 2026, sino cómo hablan de los posibles riesgos quienes tienen poder para nombrarlo. La narrativa se disputa entre la confianza oficial, la prudencia internacional y el periodismo que poco a poco rompe la cortesía del espectáculo.
Lo primero, México no será anfitrión en igualdad de condiciones con Canadá y EE. UU., sólo recibirá algunos partidos de menor importancia y los primeros —¿y únicos?— partidos de la selección nacional. Incluso para esos pocos encuentros ya había elementos para cuestionar su realización antes de los hechos ocurridos el pasado 21 de febrero.
La duda sobre México como sede de partidos del Mundial 2026 se acrecentó cuando se transmitieron imágenes de los bloqueos, los vehículos incendiados, los partidos aplazados, una ciudad sede bajo observación y, después, la cancelación de una Copa del Mundo de clavados en Zapopan por razones de seguridad. La prensa internacional reportó la suspensión de partidos y el monitoreo de FIFA sobre Guadalajara; después, World Aquatics canceló su evento con una justificación explícita de riesgo.
Esa cancelación afecta directamente el relato FIFA-FMF, porque demuestra que otro organismo, ante la misma coyuntura, eligió no administrar la confianza sino administrar el riesgo. Ahí está la diferencia, no todas las instituciones del deporte global reaccionan igual cuando la violencia toca la sede. Y claro, no todas tienen el mismo nivel de negocio.
El análisis central de este contraataque es sobre la narrativa del fútbol global. En ese escenario el primer control de daños siempre es semántico. Seguiré las respuestas a una pregunta: ¿habrá o no partidos del Mundial en México?
1) Claudia Sheinbaum, la presidenta
La presidenta dijo que no había riesgos para los aficionados que vengan al Mundial, «reafirmamos nuestra confianza en el país», en su mensaje tras hablar con el presidente de la FIFA. «[En Jalisco] ya regresaron prácticamente todos los negocios, las clases, y en todo México. Pueden venir a México [el Mundial] va a ser una gran celebración».
Aquí aparece el libreto clásico del Estado frente al mega evento: normalidad más celebración. No es casual. Cuando una sede mundialista entra en duda, el gobierno no habla primero en clave de duelo, ni de vulnerabilidad territorial, ni de protocolos diferenciados; habla en clave de confianza. El mensaje no está dirigido solo a la ciudadanía, está dirigido a FIFA, patrocinadores, turistas, mercados.
La frase «no hay riesgo» no es una descripción técnica; es una pieza de gobernabilidad. El problema es que, cuando el lenguaje oficial se va demasiado pronto a la tranquilidad, corre el riesgo de parecer que la seguridad es un decorado que se quita y se pone.
2) Gianni Infantino, el presidente amigo
Infantino afirmó: «Tuve una excelente conversación hoy temprano con la presidenta de México, Claudia Sheinbaum… Reitero nuestra completa confianza en el país sede, vemos hacia delante con todos los partidos ya programados allí…». Muchos medios hicieron eco de estas palabras en la misma línea de respaldo y confianza.
Infantino no gobierna México, pero sí gobierna el relato FIFA. Y su frase hace exactamente eso, convierte una crisis de seguridad en una prueba de fe institucional. La FIFA no está obligada a resolver la violencia criminal; pero cuando dice «toda la confianza», sí está tomando postura política, aunque luego se escude en la palabra «neutralidad». ¿De dónde nace esa confianza de Infantino? De su socio Donald Trump.
La FIFA suele presentar esa confianza como si fuera una virtud técnica, cuando en realidad es una decisión reputacional en orden a sostener el evento, sostener la marca y sostener la imagen de inevitabilidad del Mundial.
3) Mikel Arriola, el todologo
Mikel Arriola por su parte comentó: «Muchas de las informaciones que se produjeron el fin de semana pasado son falsas… Estas noticias falsas las contrarrestamos con hechos; por eso hoy tenemos un partido entre México e Islandia en medio de un ambiente de seguridad». La Federación Mexicana de Futbol tuvo la «suerte» de que pocos días después de los hechos de violencia se llevó a cabo un partido de la selección varonil. Así pudo mostrar rápido una imagen de normalidad deportiva y además fue la ocasión para cumplir con el típico partido molero en que los de verde se lucen frente a un rival muy débil.
Arriola agregó: «Tenemos todas las condiciones en México para ser los mejores anfitriones del Mundial… las condiciones para el Mundial serán óptimas». Aquí hay una operación discursiva más fina y más peligrosa porque se intenta desplazar la discusión de la violencia hacia la desinformación. Claro que hubo noticias falsas y amplificación del miedo; eso es cierto. Pero cuando la autoridad futbolística pone el énfasis ahí, corre el riesgo de reducir un problema estructural a un problema de narrativa.
Un amistoso jugado «en ambiente de seguridad» no anula los bloqueos ni cancela las alertas internacionales ni responde por lo que pasó en Jalisco. Sirve como señal. Y justo ese es el punto, una señal no cambia toda la realidad.
4) La selección de Portugal
La Federación Portuguesa dijo que estaba «monitoreando de cerca la delicada situación actual en México». También señaló que «la evolución de los hechos recientes requiere una evaluación continua de las condiciones» para su selección y delegación. Esto porque se tiene programado para finales de marzo un partido entre las selecciones varoniles de México y Portugal, que en teoría será el evento que inaugurará las instalaciones renovadas del Estadio Azteca.
Portugal no rompió relaciones, no canceló el partido, no montó un escándalo. Hizo quizá algo más incómodo para el discurso que se intenta construir desde México y desde la FIFA: introdujo la prudencia institucional. Es una frase diplomática que dice mucho sin incendiar nada.
Y aquí se revela una asimetría, mientras en México se empuja el relato de «todo está bajo control», organismos internacionales del fútbol echan andar su maquinaria de maquillaje de las sedes, una federación invitada responde con el lenguaje moderado y prudente, sobre todo cuando hay incertidumbre real. Monitoreo, evaluación continua, coordinación con su gobierno, son exigencias que parecen mínimas.
5) Periodistas deportivos mexicanos
David Faitelson comentó en la plataforma X: «México podría ser el primer país en guerra (las cosas hay que decirlas como son) que organiza un evento masivo como un Mundial de Fútbol… La realidad fue siempre la misma: México, como país, no estaba preparado para ser sede de un evento mundial masivo del deporte… Estamos en medio de una guerra».
Faitelson usa una hipérbole deliberada («país en guerra») para sacudir el marco de complacencia. Se puede —y se debe— debatir el término, pero cumple con la función de romper la cortesía con la que el periodismo deportivo suele tratar al Mundial cuando ya hay contratos, derechos de transmisión y patriotismo en venta. Su exceso verbal es discutible; no su pregunta de fondo. Al mismo tiempo, el mundial se ha realizado en países con condiciones de poquísima normalidad democrática desde el siglo pasado. En México hay problemas serios de seguridad que se vienen lastrando y hay que señalarlos en el escenario del Mundial.
Javier Alarcón fijó postura sobre el amistoso de la selección: «Si se juega el México vs Islandia en Querétaro, debería ser sin gente». Alarcón no está discutiendo sedes mundialistas; quizá está discutiendo algo más básico, el deber de cuidado inmediato. Su frase desplaza la obsesión por «no perder el evento» hacia una pregunta más sensata, qué hacer con la gente cuando el clima es incierto. Es menos espectacular que hablar de cancelaciones, pero más responsable.
José María Garrido, desde Guadalajara afirmó: «No tenemos garantía… ni de mañana tenemos garantía». Y añade: «la FIFA, el gobierno federal y el comité organizador tienen que pensar qué va a pasar…». Garrido aporta algo que suele faltar en la conversación nacional: la voz territorial. No habla desde la oficina de la marca-Mundial; habla desde la ciudad que sintió el golpe. Su frase no compite con el optimismo oficial, pero lo desarma, porque introduce la variable que el discurso de confianza quiere borrar, que es la experiencia cotidiana de la incertidumbre.
Aquí no se trata de «estar a favor» o «en contra» de que México reciba algunos partidos del mundial. Se trata de otra cosa, de qué tipo de verdad pública estamos dispuestos a tolerar cuando el fútbol y la violencia se cruzan.
Si la respuesta institucional es solo «no hay riesgo», perdemos capacidad de diagnóstico. Si la respuesta federativa es solo «confianza total», perdemos capacidad de prevención. Si la respuesta deportiva es solo «son noticias falsas», perdemos capacidad de autocrítica.
El Mundial no necesita pánico. Necesita algo más urgente, necesita lenguaje sin maquillaje. Porque la peor forma de llegar al Mundial 2026 quizá no es con dudas; es con una certeza fingida.

david pérez
Analista con formación en filosofía, historia, resolución de conflictos y derechos humanos. Ha sido columnista en El Siglo de Torreón, Grupo Reforma y Grupo Milenio. Dirigió el grupo de investigación en materia de derechos humanos del Mecanismo de Esclarecimiento Histórico que investigó las violaciones graves a los derechos humanos cometidas en el periodo de 1965 a 1990 en México. Actualmente conduce el podcast Hacer las Paces y dirige la editorial independiente Pacífico Global Media.








