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Conquista no, caída y resistencia heroica sí. De si es posible reescribir la historia. Autora: Ivonne Acuña Murillo

FOTO: ANDREA MURCIA /CUARTOSCURO.COM

Por: Ivonne Acuña Murillo

La ciudad vencida

Éste fue el modo como feneció el mexicano, el tlatelolca. Dejó abandonada su ciudad. Allí en Amáxac fue donde estuvimos todos. Y ya no teníamos escudos, ya no teníamos macanas, y nada teníamos que comer, ya nada comimos. Y toda la noche llovió sobre nosotros […] Y cuando aquéllos fueron hechos prisioneros, fue cuando comenzó a salir la gente del pueblo a ver dónde iba a establecerse. Y al salir iba con andrajos, y las mujercitas llevaban las carnes de la cadera casi desnudas. Y por todos lados hacen rebusca los cristianos. Les abren las faldas, por todos lados les pasan la mano, por sus orejas, por sus senos, por sus cabellos. (Miguel León Portilla, La visión de los vencidos, México, UNAM, 1959, p. 146 de la versión electrónica).

Duele, no importa que hayan pasado cinco siglos de aquello. Punza la carne violada, atravesada, masacrada, desprendida; resuenan los gritos, los gemidos, el correr del agua carmesí por la sangre derramada; rabian el rostro ignorado y el corazón infamado; asfixian el olor a hierro, a tierra quemada, a piel mancillada, a ojos removidos, a miembros arrancados; dañan el recuerdo del orgullo derrotado, las injusticias cometidas, la cultura pisoteada; lastima la memoria de la grandeza enterrada, escondida, desaparecida; quema la lluvia que cae como el llanto de los dioses que miran a su pueblo devastado.

Y entonces el dilema aparece: valorar el pasado indígena o el pasado español. El de las guerras floridas, los sacrificios rituales y la grandeza de un imperio; del jade, la obsidiana y las plumas de quetzal; de los colores vibrantes, los olores preciosos y los sonidos profundos; de las montañas, el cielo y el inframundo; del honor de los guerreros y las mujeres muertas en el parto; de la naturaleza replicada y la consideración de los cuatro puntos cardinales; de las mujeres y los hombres de maíz; de la serpiente emplumada, de las palabras del rey poeta y las ciudades sobre el agua…

O el dividido en dos Repúblicas: la de españoles y la de indios; de las regias catedrales y la devoción al dios cristiano; de la pureza de sangre y las muchas castas; de la rica cultura criolla y la primera universidad en el continente; del arte sacro, el exquisito barroco y los altares recargados; de las eternas y hermosas construcciones hechas con piedras de los templos; del idioma español y su belleza; del bien y el mal, de dios y el diablo, el cielo y el infierno; del patriarcalismo judeocristiano y la subordinación de las mujeres; de la poesía con métrica y la décima musa…

Al final el mestizaje no resuelve esta disyuntiva. Sigue doliendo el parto violento del nuevo mundo y el ataque cruel, infame, absurdo al otro. Ese otro mundo que, siendo declarado muerto se resiste a morir, que está poblado por fantasmas y almas vivas que conservan su lengua, sus costumbres, sus recuerdos, sus ancestros. Pero que… se han visto obligadas a incorporar también la cultura del invasor, su dios, sus rituales, su idioma. Se han resistido, sí, resisten aun los embates de quienes heredaron la tierra arrebatada, de quienes pueden imponer sus leyes, sus formas, sus costumbres, su visión del mundo. La resistencia no termina después de los tres siglos de ocupación española, persiste por otros doscientos años y muchos más se sumarán.

Resistencia a la opresión, a la explotación, al despojo, a la humillación, a la exclusión, a la discriminación, a la violación de derechos, al olvido, pues aún persiste la lógica novohispana del “amor-honor al indio muerto y el odio-desprecio por el indio vivo”.

Con este marco de fondo, el presidente Andrés Manuel López Obrador pretende reescribir la historia de bronce, aquella producida desde el poder, para afirmar que Tenochtitlan no fue conquistada por el capitán español y un puñado de hombres, que los mexicas no fueron vencidos por el invasor sino por enfermedades desconocidas para las que los cuerpos nativos no tenían defensas entre ellas la viruela, la gripe y el sarampión, por el hambre, por la lucha con los ejércitos de los pueblos enemigos, que sí se contaban por miles, más que solo con unos cientos de españoles, por el rencor sembrado por el decadente imperio azteca en los corazones de esos otros pueblos, por la profecía y los presagios funestos, por estrategias y normas bélicas distintas y algunos otros factores que, en conjunto, no pueden reducirse al talento militar de un único hombre, por más que lo tuviera en abundancia. Visto así, la de Tenochtitlan, y por extensión la de todo Mesoamérica, no fue conquista sino caída.

Pero ¿puede un gobernante cambiar la historia? La respuesta inmediata es ¡sí!, puede porque puede, lo hacen todos, en especial quienes llegan al poder después de una revolución, pacífica o violenta. Cambian los hechos, los héroes, las épicas, las narrativas, las razones, las causas, las consecuencias. Estos son transformados en función de un proyecto de país, de una visión diferente del pasado, de intereses políticos, económicos, culturales, bélicos, etc.

Sin embargo, no solo quien tiene poder cambia la historia. Lo hacen siempre las generaciones jóvenes a partir de nuevas preguntas, dudas, descubrimientos, certezas, vestigios, teorías, lecturas, intereses, enfoques, miradas, convicciones. Igual la cambian, con fundamento, quienes se dedican de modo profesional y científico a su estudio. La historia es siempre un proceso abierto y en continua transformación, con la salvedad de que sus cambios no pueden ser producto únicamente de una voluntad individual, sino resultado de procesos sociales. La historia ofrece recurrentemente, a los pueblos, una oportunidad para reescribir aquellos sucesos traumáticos que claman una, dos, tres, cuatro… revisiones.

En descargo del presidente López Obrador, puede afirmase que nombrar “caída” a lo que por siglos se ha considerado “conquista” puede traer aparejada no solo la relectura de los hechos, las batallas, los miedos, las fortalezas y acciones de quienes la vivieron, sino una visión diferente del pasado que puede incidir de manera positiva en la lectura del presente. No es lo mismo descender de la raza de quienes resistieron y resisten la ocupación militar y cultural española, criolla, mestiza, mexicana, que de quienes fueron conquistados, vencidos, derrotados, violados y esclavizados.

La cuarta Transformación, diría el primer mandatario, requiere de una nueva narrativa. De un relato que enorgullezca, que enaltezca la cultura original, que proporcione fuerza y valor para superar la ocupación de las mentes y las conciencias no sólo indígenas sino mestizas del México actual. Se podría afirmar, que esta reescritura oficial de la historia de bronce se inscribe en el proceso social de descolonización cultural iniciado hace unas décadas, por lo que trasciende la contingencia de un capricho personal. Es una manera distinta de pensar a “Nuestra América” y sus avatares.

Es recontar la historia desde otro lado, con otros ojos, con otras voces. Es reavivar la memoria, encender los colores, despertar los aromas, devolver su brillo al jade y la obsidiana, su colorido y lustre a las plumas de quetzal, al agua su azuloso verdor, a la hierba su fresco y dulce aroma, al cielo el tintinear de las estrellas, al amanecer el olor embriagador de la madreselva, a la noche su tibieza, a las mujeres su rubor, a los hombres su fiereza, a las abuelas y los abuelos el rostro sabio y el corazón firme, al pueblo y sus tlatoanis la dignidad que acompaña a toda gran cultura. Es renacer el esplendor y recrear la vista sobre una civilización sofisticada, profundamente religiosa identificada con la naturaleza, sabedora del valor de la vida y de la muerte. Es caminar al lado de un pueblo que no ha sido conquistado pues aún resiste heroicamente.

Es volver al pasado y mirar de nuevo, aun con los ojos del invasor (que forma parte también de lo que somos), las maravillas cuyos vestigios yacen bajo nuestros pies:

Y desde que vimos tantas ciudades y villas pobladas en el agua, y en tierra firme otras grandes poblaciones, y aquella calzada tan derecha y por nivel como iba a México, nos quedamos admirados y decíamos que aquello parecía a las cosas de encantamiento que cuentan en el libro de Amadís, por las grandes torres y cúes y edificios que tenían dentro en el agua y todos de calicanto y aun algunos de nuestros soldados decían que si aquello que veían si era entre sueños, y no es de maravillar que yo escriba aquí de esta forma porque hay mucho que ponderar en ello que no sé cómo lo cuente: ver cosas nunca oídas, ni aun soñadas como veíamos… (Bernal Díaz del Castillo, Historia verdadera de la conquista de Nueva España,  México, Ed. Porrúa, 1960, Cap. LXXXVII, pág.260.)

<em>Ivonne Acuña Murillo.</em><br>
Ivonne Acuña Murillo.

Socióloga feminista, académica de la Universidad Iberoamericana. Analista política experta en sistema político mexicano y género. Autora de más de 250 artículos periodísticos y 25 académicos publicados en periódicos y revistas de circulación nacional. Ha contribuido al análisis del presente y el futuro de un país que se desgarra en múltiples medios escritos, radiofónicos y televisivos, tanto nacionales como internacionales. X: @ivonneam

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