Inicio Opinión El Espejo | 22 años. Autor: Iván Uranga

El Espejo | 22 años. Autor: Iván Uranga

Entre los pueblos nuestra raíz más profunda viene de la comunidad,
del trabajo comunitario, la vida y las causas compartidas,
y tiene como eje a la solidaridad
.
Eduardo Galeano

Durante los últimos días se ha puesto de moda en las redes sociodigitales publicar una fotografía de cuando se tenían 22 años acompañado de una historia, eso y el terrible sismo que afectó en estos días al pueblo de Haití, me llevó a recordar que justo a los 22 años me encontraba en El Salvador ayudando a los damnificados del temblor que el 10 de octubre de 1986 dejó 4 mil muertos y más de 200 mil personas afectadas.

Un año antes (a mis 21 años), me había tocado formar parte de la brigadas de rescate para buscar sobrevivientes al sismo del 19 de septiembre en la Ciudad de México; mi brigada logró rescatar con vida 17 personas, entre ellas a 2 bebés, pero también rescatamos cientos de cuerpos en el Hospital Juárez, en donde por ser justo la hora en la que las madres daban de comer a los recién nacidos, fueron muchos los cuerpos de madres e hijos encontrados juntos, pero también fueron los niños encontrados vivos protegidos por el cuerpo de sus madres. Ahí y en el Hotel Regis (hoy Plaza de la Solidaridad) nos tocó ver lo mejor y lo peor del ser humano, miles de personas dando la vida por otros y remedos de humanidad haciendo rapiña incluso con los cuerpos, mi brigada fue expulsada por la fuerza del Hospital Juárez por denunciar al “Heroico” Cuerpo de Bomberos por robar las pocas pertenecías que le quedaban a los cuerpos (relojes, anillos, pulseras) y que tal vez era la única forma de identificar a las víctimas y por informar a los cientos de familiares acampados afuera del hospital, esperando saber algo. Cada vez que nos acercábamos a la reja, ellos nos mostraban cientos de fotografías preguntando si habíamos visto a sus familiares, por lo que cuando descubrimos que el ejército sacaba a los muertos sin identificar en camiones por la parte de atrás del hospital, informamos a los familiares para que pusieran un cerco, obligando a las autoridades a identificar a cada cuerpo, después supimos que tiraron miles entre los escombros. También nos tocaron los últimos días apoyando a remover escombros en búsqueda de las costureras en la colonia Tránsito, donde fui detenido por el Cuerpo de Ganaderos por golpear al dueño de una fábrica que seguía sacando su mercancía y no permitía escuchar exactamente de donde venía el sonido de vida, para buscar a las compañeras, y los granaderos sólo estaban ahí para proteger al patrón y su mercancía. Después nos enteramos que su edificio tenía 3 sótanos que nunca declaró, porque tenía trabajadoras ilegales, si lo hubiéramos sabido, se hubieran salvado más vidas, ese día sólo ahí, 1600 costureras perdieron la vida. De esta experiencia tengo mucho escrito, y espero algún día poderlo publicar.

Con la experiencia adquirida durante el sismo en la Ciudad de México, decidimos conformar la Brigada de Salud Universitaria en Ciudad Universitaria de UNAM, brigada que se avocó a formarse con diferentes técnicas de salvamento y rescate, incluso tomamos cursos de primeros auxilios con acupuntura, por lo que cuando se suscitó el sismo en El Salvador al año siguiente contábamos ya con la experiencia y la capacitación para acudir a apoyar, para lo que la UNAM nos apoyó con algo de recursos y equipo. Preparándonos para salir, los compas de Equipo Pueblo nos contactaron, porque ellos también se organizaban para ir y llevar algunos víveres, en un proyecto llamado de “Pueblo a Pueblo” y ellos ya habían contactado a los compas de Tepito, que también retomaron su experiencia del año anterior y coordinados por Felipe Ehrenberg, llevaban un programa de reconstrucción denominado de “Barrio a Barrio”. Así que nos coordinamos y después de una necesaria y larga discusión (como acostumbraba la izquierda en ese tiempo) decidimos que el proyecto se llamara “de Pueblo a Pueblo y de Barrio a Barrio”, y nos pusimos a buscar víveres para llevar.

Haciendo uso de mi natural desenfado (descaro le llaman algunos) acudí a la dirección nacional de Leche Industrializada Conasupo a solicitar donativo de leche en polvo y salí de ahí ganando la rifa del tigre, porque me autorizaron 100 toneladas de leche en polvo. El “pequeño” problema era que yo debía conseguir el transporte hasta San Salvador y que la leche que donaron caducaba en 3 meses, después de muchas gestiones emprendimos la marcha hacia El Salvador con los camiones de leche y un camión con víveres que contenía principalmente mazapanes, producto de una gran donación a otra compañera, nuestra alegría era incomprobable, por fin podíamos llegar a ayudar y con las manos llenas de solidaridad. Al llegar a la frontera con Guatemala, descubrimos lo estúpido de las leyes fronterizas, porque no nos permitieron cruzar con los camiones porque no tenían permiso de circulación y por más que la compañera Priscila intentó, no hubo forma de lograrlo, por lo que se tuvieron que gestionar los camiones en Guatemala para pasar la carga y poder continuar el viaje. Así narrado suena muy fácil, pero cuando un grupo de internacionalistas sin recurso deben conseguir 5 camiones de 20 toneladas en un país ajeno, no es nada fácil, sin mencionar que tuvimos que cargar cada una de esas leches. Juntamos la caja del camión vacío con la caja del camión lleno y pasamos una a una de esas cajas, la falta de aire y el calor hizo de esa operación una de las tareas más difíciles que recuerdo, al final con los brazos amoratados, sólo con la ropa interior puesta, ya sin ningún pudor y totalmente agotados juntos con los compañeros y las compañeras, logramos la tarea. Desafortunadamente no era la única frontera.

Fue sumamente complejo avanzar por una zona en guerra total, por lo que en varias ocasiones tuvimos que permanecer durante más de un día arriba de los camiones, encañonados y sin poder bajar, mientras se cercioraban de que no fuéramos enemigos, situación que quien más padeció fue nuestro compa vegano porque lo único que podía comer eran las latas de frijoles. Son formidables los extremos a los que los seres humanos nos podemos acostumbrar. Después de mucho más de lo que podría contarles en tan corto espacio, pudimos llegar.

Comenzamos a repartir la leche en las comunidades y era común ver largas filas de zipotes (niños) esperando por un mazapán, que no conocían pero que al descubrir su delicioso sabor, no faltó el que se formaba dos veces, alegando que era su primera vez, sin darse cuenta que al hacerlo escupían parte del mazapán que se acaban de comer. El gobierno intentó por todos los medios evitar que entregáramos el apoyo directamente, fue una batalla que ganamos, pero tuvimos que ceder y dejar algunas toneladas de leche en los hospitales, en donde unos días después pudimos constatar que la vendían descaradamente a la población; situación que denunciamos sin ninguna repercusión en un país donde los militares mandaban, en medio de una guerra contra el Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional y en plena crisis nacional por el terremoto.

Después de algunos días, por fin pudimos llegar al epicentro del terremoto en el barrio de San Jacinto en el centro de San Salvador, en donde nos instalamos en terreno que había ocupado el Colegio de Santa Catalina, ubicado detrás de la Iglesia y frente al mercado de San Jacinto. Ahí habían muerto el 10 de octubre bajo toneladas de escombro, 42 pequeñitas y unos 15 vendedores ambulantes y transeúntes que esperaban el ‘bus’ en la esquina.” En aquel lugar fuimos recibidos por un grupo de voluntarios que se habían reunido a apoyar a los damnificados.

Lo primero era instalar la enorme carpa que nos serviría de base, era una carpa de más de 100 metros cuadrados, rescatada durante el apoyo a los damnificados de la erupción del volcán Chichonal en Tabasco, México. La carpa fue abandona por lo militares y rescatada 4 años antes para servirnos ahora como refugio, por lo que fue nombrada “La Chichonala”. Ahí nos encontramos los 10 compas de Amanecer del Barrio de Tepito, diestros en reparaciones de todo tipo, Ehrenberg con su proyecto mural, los compas de Equipo Pueblo, con un proyecto editorial y de serigrafía popular y la Brigada de Salud Universitaria.

El proyecto fue dividido en cinco áreas: social, salud, escolar, cultural y de información. Establecimos un sistema rotativo para asegurar el funcionamiento y mantenimiento del campamento. De las 8 a las 12 de la mañana, se impartían talleres de mural colectivo: se pintaba la valla de lámina acanalada que circundaba el campamento. De las 4 a las 6 se daban talleres editoriales con mimeógrafos, mientras que nosotros salíamos en brigadas a apoyar en comunidades damnificadas todo el día. También se enseñaba serigrafía y se imprimían sudaderas. De 5 a 7:30 de la tarde se llevaban a cabo charlas de capacitación vecinal, a partir del modelo que se había comprobado en Tepito y que impartían dos o tres mexicanos en conjunto con dos o tres salvadoreños. A estas actividades asistían un promedio de 30 a 50 personas al día, 5 o 6 por comunidad, por lo que todos los días se establecía contacto con de 8 a 10 comunidades. Más un módulo permanente de atención médica, coordinado por Médicos del Mundo.

Unos de los principales problemas era la falta de higiene por la escasez de agua y la contaminación por los cadáveres de animales y personas debajo de los escombros, por lo que tuvimos una epidemia de hongos en la piel muy severa que tuvimos que atender, preparamos una pomada en grandes cantidades que combatía al hongo y organizamos brigadas para enseñar a cosechar agua de lluvia, así que sin más me podían ver atendiendo una larga fila de pacientes, con la instrucción por parte de los médicos de confirmar que tuvieran el hongo y recetarles la pomada, para que pasaran a nuestra farmacia a intercambiarla sin costo por la pomada y en el caso de que fuera cualquier otra cosa lo debíamos canalizar con los que sí eran médicos. El trabajo era muy duro y eso hizo que cometiera errores como este que les contaré que a la distancia suena como un buen chiste pero que en su momento fue una las situaciones más dolorosas que tuve que vivir por mi ineptitud:

Después de muchos días de atender a cientos de personas afectadas por el hongo, el trabajo se tornó fastidioso y monótono, por lo que sólo veía la piel, extendía la receta y les daba la indicación de que la aplicaran después de bañarse todos los días, a las semanas regresó una anciana a decirme que el remedio no le funcionaba a su nieto, al ver al niño me di cuenta que el niño estaba ya muy afectado por los hongos, así que molesto le grité a la anciana que si no le había aplicado la pomada como se lo había indicado, a lo que la mujer me contestó: ¿Cuál pomada? Extendiendo su mano y mostrándome los pedazos de la receta que le había dado; receta que le había untado todos los días al nieto después de cada baño, como yo se lo había indicado, que en mi estupidez no tuve la atención de indicarle que debía cambiar la receta por una pomada y que aquella mujer con su propio ejercicio de creencias pensó que había escrito palabras mágicas en aquel papel para curar a su nieto. Esa noche lloré hasta la madrugada.

Espero pronto escribir todos los recuerdos sobre aquella experiencia, por ahora sólo les comparto esto, porque no sabía qué poner a mi fotografía para contar qué estaba haciendo a los 22 años.

Este esfuerzo colectivo en El Salvador se hizo acreedor a la “Medalla Roque Dalton” del Consejo de Cooperación con la Cultura y la Ciencia en El Salvador, otorgada durante una emotiva ceremonia en el Museo del Chopo en la Ciudad de México, medalla que se colgó Felipe Ehrenberg, así era el buen Felipe, descanse en paz.

La vida es una construcción consciente.

Iván Uranga
Iván Uranga

Especialista en Ciencias Sociales, promotor de comunidades autónomas autogestivas, investigador social, docente de Permacultura, escritor de
ensayos, novelas, cuentos, teatro y poesía.

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