José Reyes Doria | @jos_redo
Lo que los clásicos llaman el Movimiento General de la Política impone al régimen encabezado por la presidenta Claudia Sheinbaum la necesidad impostergable de la consolidación. En pocas palabras, la consolidación implica establecer reglas y mecanismos en el bloque gobernante destinadas a preservar y reproducir el poder político, que hoy concentran en grado mayúsculo.
En buena medida, algunas de las reformas constitucionales e institucionales, así como decisiones o nombramientos políticos, realizados recientemente, apuntan en esa dirección, tales como la reforma judicial, la eliminación de órganos autónomos o la designación de tres consejeros electorales del INE estos días.
Esta semana tocó el turno al principal actor del régimen político claudista-obradorista, es decir a MORENA, el partido político del gobierno de la llamada Cuarta Transformación. El partido del régimen es la entidad central en los procesos de preservación y reproducción del poder, indispensables en el proceso mayor de consolidación del régimen de la 4T. Si se prefiere, podría decirse: en la implantación de la hegemonía que se perfiló desde el 2018.
En estos días, la presidenta Claudia Sheinbaum envío a dos Secretarias de Estado, distinguidas integrantes de su gabinete, a operar en MORENA. Citlali Hernández, que era Secretaria de las Mujeres del gobierno federal, tomará la Comisión de Elecciones del partido, un nombramiento ya realizado. El mensaje es contundente: la Presidenta echa mano de su gabinete para conducir la política de alianzas, candidaturas y elecciones de su partido.
La otra integrante conspicua del gobierno de la República que va directo a MORENA, es la Secretaria del Bienestar, Ariadna Montiel, quien se perfila fuertemente como presidenta de nacional del partido gobernante. En este caso el mensaje es potente también: la Presidenta de la República pone a la presidenta del partido, porque la actual dirigencia no cuenta con las capacidades, talentos y lealtades suficientes para enfrentar los desafíos de la consolidación pensada por Sheinbaum.
Es muy interesante observar el enroque casi perfecto de esta jugada: dos Secretarias de Estado son colocadas por la Presidenta en el partido, mientras que la líder nacional del partido, Luisa María Alcalde, es llamada al gabinete de la Presidenta para asumir la Consejería Jurídica de la Presidencia de la República. Debe mencionarse también, que la titular de éste cargo en el gobierno de Sheinbaum, Esthela Damián, renunció para buscar la candidatura al gobierno de Guerrero.
Vale decir, Esthela no solo buscará ser gobernadora, sino que es portadora de un mensaje igualmente fuerte: es la voz de la Presidenta para calmar o someter a actores políticos de gran peso, como Félix Salgado Macedonio, que pretendan rebelarse contra las líneas definidas desde Palacio Nacional en materia de disciplina o temas como el rechazo al nepotismo.
Aquí es necesario recordar que MORENA surgió como un movimiento con un liderazgo incuestionable, carismático y absoluto encarnado en Andrés Manuel López Obrador. La victoria apabullante en 2018 no derivó de una gran estructura, no se sustentó en un partido político poderosamente implantado. Fue, sobre todo, producto del hartazgo monumental de las grandes mayorías populares contra los gobiernos del PRI y el PAN.
De hecho, los dirigentes de MORENA definen al partido como un movimiento, y no como un partido político propiamente dicho. Más allá de la retórica manipuladora de esta autodefinición, lo cierto es que MORENA no se ha consolidado como un partido, y mucho menos como un partido gobernante. Porque el proceso es sumamente complejo, el gran poder llegó de súbito, sin que el partido haya desarrollado estructuras mínimas para procesar este fenómeno.
Una pregunta pertinente es ¿por qué durante el sexenio de AMLO no se sacudió tanto al partido, y con Sheinbaum sí? Es ineludible considerar que existe en este proceso, un elemento relativo a la lucha por el poder entre la Presidenta y el expresidente, misma que se traslada a la dirección de MORENA de cara a las elecciones de 2027 y 2030, escenarios clave que determinarán las formas de la consolidación del régimen (o de su fracaso, si no se hace bien).
Pero otra respuesta a la pregunta de por qué sacudir a Morena hoy, con Sheinbaum a la cabeza del régimen, es que en el sexenio 2018-2024 el liderazgo de AMLO fue incuestionable. No existió conflicto ni desafío de fondo en relación con la dirigencia del partido, Mario Delgado y los operadores partidistas de alto nivel tenían el respaldo López Obrador, quien controlaba todo lo esencial.
Ahora que AMLO ya no está en Palacio, las cosas cambian. No sabemos cuánto poder conserva el expresidente, ignoramos de qué tamaño es su influencia en los circuitos estratégicos de MORENA, pero debe tener una presencia significativa. Por esa suerte de ambigüedad, se perciben importantes dosis de desorden, ineficacia, relajación, frivolidad, tendencias a la rebelión y dispersión en los altos rangos de la dirigencia partidista.
Puede interpretarse que la presidenta Sheinbaum ha asumido, con razón, que el momento político actual es responsabilidad de ella, que la necesidad de una consolidación funcional al régimen es impostergable porque pasa por lograr resultados exitosos en las elecciones del 2027, y, por lo tanto, es imperativo tomar control del partido.
El ensayo de control-fusión del partido y el gobierno está así proyectado. Es el estilo de Claudia Sheinbaum. AMLO no tuvo necesidad de plantearse esa cuestión porque su dominio era absoluto, porque las esferas políticas y públicas del país estaban pasmadas y a su merced en función del mandato popular arrollador.
Consolidar un modelo de dominación política eficaz, legítimo y duradero es un gran reto histórico para un régimen que ha acumulado casi todo el poder, como el ahora encabezado por Claudia Sheinbaum. Esa hegemonía funcional es un componente indispensable para gobernar y tomar las decisiones fundamentales del país de acuerdo con el programa y el credo del gobierno en turno.
La consolidación y la hegemonía no son, y no deben ser, objetivos en sí mismos para un régimen. No debería tratarse solamente de acumular el mayor poder posible solo para detentarlo, únicamente para garantizar su reproducción en las mismas manos. Las necesidades de consolidación hegemónica, deben tener objetivos y horizontes que apunten a la construcción de un país más justo, próspero, desarrollado, igualitario, incluyente, seguro y democrático.
Por el momento, es irresistible recordar la relación entre el gobierno y el PRI, en la era del priismo clásico. Recordar aquellos enroques que, sin más, lanzaba el Presidente de la Republica: un Secretario de Estado se iba a presidir el PRI, y el líder priista saliente se iba a esa misma Secretaría. Los movimientos de estos días se parecen mucho a aquellos, En parte, ello se debe a lo ya dicho: la gobernabilidad del régimen requiere control, lealtad y eficacia del partido oficial.
Pero hay también grandes diferencias que las élites del actual régimen no deben olvidar. El priismo clásico movía así la política, porque las estructuras jurídicas, políticas, sociales y comunicacionales estaban cerradas y controladas de forma vertical y autoritaria. Ello permitía excesos hoy imposibles jurídicamente, como el nombramiento del Secretario de Gobernación como organizador de las elecciones.
Hoy, cada intento que pudiera interpretarse como una tentativa de reproducir aquellos esquemas de dominación política asfixiante, ha sido rechazado tajantemente por diversos sectores sociales y políticos. Incluso desde MORENA o desde los aliados, o desde áreas del gobierno mismo, han sido frenados los intentos de concentración excesiva del poder, como fue el caso de la pretensión de eliminar la representación proporcional, o la intentona de alinear la revocación de mandato con las elecciones intermedias que golpeaba fuertemente la equidad en la contienda electoral, entre otros temas.
Veremos a dónde apunta el conjunto de movimientos que hoy se impulsan desde el MORENA-Gobierno. Hay que estar atentos a que no se repita el fenómeno histórico de alienación de la casta gobernante respecto a las aspiraciones y reclamos del pueblo.





