Carta de un restaurantero desesperado. Autor: Giulliano Lopresti

Imagen ilustrativa. Foto: Laura Lovera/OEM-Informex.

En estos tiempos obscuros me pregunto ¿quién no ha sufrido de insomnio? sumido en la incertidumbre de lo que pueda pasar mañana.

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Son las 4:40 AM decido dejar de dar vueltas en la cama para escribir lo que me pasa, porque si no lo hago siento que mi pecho explotará. Es imposible conciliar el sueño cuando pienso en mis colaboradores, en el patrimonio que inicié, al igual que millones de pequeños empresarios, con mucho esfuerzo, y que ahora está a punto de desmoronarse.

Soy restaurantero, vengo de una familia de migrantes, de una familia que buscaba sobrevivir de los estragos de la Segunda Guerra Mundial y que fue acogida por un país hospitalario como lo es México.

Opté por esta noble actividad, la de la cocina, recordando lo que me decía un tío, que la crudeza de la Guerra los llevó al límite de recoger artículos de los soldados muertos en batalla para cambiarlos por algo de comer. Pero lo que más me impactó fue la preparación de una “sopa de cinturón”, así es, se ponía a hervir esta prenda, sin nada más, sólo para darle algún sabor al agua.

Hoy no nos encontramos en una guerra armada, pero la economía se está colapsando, sobre todo la de millones de familias que dependen de un ingreso, de una propina, de un recurso que les permita preparar alimentos decentes, no sopas de cinturón.

Tras el primer cierre de los establecimientos, a consecuencia del confinamiento, hice hasta lo imposible: adquirí deudas bancarias, ajusté mis gastos, con la intención de retener a todo mi personal….  ¡Fue imposible!

Nunca pensé que me vería orillado a tener que dejar ir a más del 25% del personal de nuestro grupo que tiene más de 15 años de haberse formado, pero lo que más duele es que aquellos colaboradores firmaron su renuncia agradeciendo por todo el esfuerzo que hicimos por ellos, con la petición y esperanza de que cuando podamos volver a recuperar esos empleos los tengamos en cuenta. Historias como ésta se repite una y otra vez con mis amigos restauranteros.

En diciembre nos impusieron un nuevo cierre por lo que será difícil recontratar a Jonathan, Ariadna, Gustavo, Norma, Karin, Antonio, Joaquin, entre muchos colaboradores. Lo siento mucho, de verdad lo siento.

A esa tristeza, se suma el miedo de tener que recortar más personal, a los que, nuevamente, tendré que agradecer su confianza por haberle apostado a un proyecto al que le han detenido abruptamente su futuro.

La gente que trabaja en los restaurantes son personas trabajadoras, nobles, disfrutan su lugar de trabajo y de su relación con los compañeros, con los clientes y los proveedores, pero más que nada, les gusta llegar a su casa orgullosos de que se ganaron su dinero con esfuerzo, talento, y sobre todo honradamente.

Los restauranteros no somos grandes empresarios con millones de pesos en las cuentas bancarias, somos emprendedores, somos luchadores, muchos empezamos con un cuchillo en la mano, un mandil en la cintura o un cucharon en la cocina.

Si no hay apoyos que protejan el vínculo laboral, sin préstamos que permitan rescatar las empresas, sin herramientas dignas como las que ofrecieron muchos países a sus empresas, existen solo tres opciones para los restauranteros; el cierre y la muerte de un proyecto de vida, la rebeldía y desobediencia al estilo economía informal, o llegar a un acuerdo que nos permita operar en semáforos rojos.

Quisiera saber cómo puedo ser escuchado por el gobierno, por quienes toman las decisiones y exhortarles o hasta gritarles que no condenen a estas familias a la incertidumbre, no hay que quitarles de tajo la esperanza de un mejor futuro. Sí, hay una crisis sanitaria, pero no hay que darle la espalda a la crisis económica que está muy cerca de estallar.

No acaben con las fuentes de trabajo, permítanos trabajar, para que cada empleado tenga los recursos suficientes y que en su casa siempre los espere la sopa de su preferencia.

Espero que nuestros gobernantes salgan por un segundo de la burbuja que se han construido, que asuman el peso de sus decisiones de los últimos meses y que tengan el valor de recalcular.

El mensaje es muy claro: O abrimos o morimos.

Texto enviado a Astillero Informa por Restauranteros MX a nombre del autor, para su publicación.

3 COMENTARIOS

  1. CARAJO Q SE LA ENVIE AL CORONAVIRUS NI MODO EL MUNDO ESTA A PUNTO DE Q SE LO LLEVE LA CHINGADA Y ASI HA SIDO POR SIEMPRE NI MODO A UBICARNOS Y ENTENDER LA SITUACION Y DEJAR DE VICTIMIZARSE Y BUSCAR ALTERNATIVAS NI MODO LA VIDA NO ES FACIL…COMO MEDICO NO VOY A INFECTARME POR UNOS IRRESPONSABLES Q NO ENTIENDE EL GRAVISIMO PROBLEMA Q ESTA VIVIENDO EL MUNDO

  2. Lamentablemente el gobierno actual no entiende el daño que está causando en la economía al no apoyar a la pequeña empresa, no me refiero a préstamos sino a cantidades calculas de acuerdo a los impuestos de años anteriores, que les serviría para pagar parte de los salarios a sus trabajadores de su nómina y las ganancias reportadas al SAT en años anteriores. En Estados Unidos paladín de la libre empresa se apoyó a los ciudadanos que pagan impuestos al gobierno.

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