Inicio Opinión Carlos y Diego. Autor: Iván Uranga

Carlos y Diego. Autor: Iván Uranga

Alguien me habló todos los días de mi vida al oído, despacio, lentamente.
Me dijo: ¡vive, vive, vive! Era la muerte…
Jaime Sabines

Llevan todo el día aguardando este momento, que no por repetirse día tras día, deja de ser crucial para ambos. La ansiedad se siente en el aire, a todos nos ha ocurrido en ocasiones esa impaciencia, son unos cuantos minutos haciendo fila en el banco o esperando que nos contesten aquél preciso mensaje en el correo electrónico, o en el teléfono o en alguna de las redes sociales, segundos que pueden parecer interminables. Esa sensación, es en este instante toda de ellos. Conforme pasan los años, los días se alargan y las horas transcurren lento, así son para este hombre al que ochenta años acompañan su cuerpo y pueblan su rostro de bellos surcos que acentúan cada una de sus expresiones. Aunque su carácter es tímido y reservado, su universo interior es rico y generoso. La gente lo aprecia y sus vecinos lo saludan; más que por costumbre, por afecto del bueno, de ese que requiere tiempo para fraguar y tornarse sustancial y consistente.

Así es don Carlos y su digna humanidad otoñal y parsimoniosa, no obstante los ínfimos recursos económicos con los que subsiste. Diego su compañero, en cambio, tiene en su andar el vigor y en la mirada la chispa que da la juventud. Bullicioso e imprudente, en los días de intenso calor se impacienta y se pone a dar vueltas como un disco de vinilo al que le han adelantado las revoluciones, hasta que logra captar la atención de su amigo que con voz serena le habla y logra calmar sus ánimos: Diego, Diego, ¿qué te pasa, Diego?

En esta temporada los días son frescos y nada de eso ocurre. Si en este momento los dos respiran agitados, es porque han visto desde su ventana, abrirse la puerta del vecino y asomarse la llanta de la bicicleta al tiempo que se escucha el primer grito de la tarde que le da sentido a sus vidas y que anuncia la llegada de otro camarada, el señor que vende el pan, quien inevitablemente hará una parada justo en la vieja puerta de su casa. Todo el día disfrutan los aromas que emanan del viejo horno que inundan el ambiente de mágicos olores y recrean su imaginación; Carlos lleva 80 años percibiendo los mismos aromas, por lo que su maestría olfativa le permite distinguir qué pan es el que está en el horno. Desde muy temprano narra a su compañero Diego lo que va sucediendo dentro del horno, y sus actividades se rigen por el horario del pan, por eso ya saben que a la hora de hornear los bolillos deben salir a su paseo matutino y regresar antes de que comiencen a hornear las conchas, porque les gusta mucho el ambiente festivo de su peculiar olor al estar en el horno: -“Es como si cantaran para nosotros,”- le dice Carlos a Diego mientras comienzan a alistarse para su llegada. Lo esperan con la misma inquietud de un niño que se va a la cama deseando que amanezca más temprano de lo habitual, para levantarse y ver los juguetes que le han dejado los Reyes Magos junto a su zapato. Sin embargo, el genuino entusiasmo de todos sus días no hace que ni don Carlos ni Diego olviden los buenos modales, así que lo primero al asomar su existencia a la calle es saludar al bien venido, ofreciéndole una gran sonrisa que engrandece el encuentro. Y aunque siempre le compre una concha para él y un bolillo para Diego, don Carlos no omite el ritual de preguntar a Rafa el pandero, el nombre de cada pan y porqué se llaman así. Al principio a Rafa le parecía una molestia, y hasta tuvo que investigar porqué se llaman así los panes que en su familia han fabricado desde hace más de 100 años, pero después, encontró una exquisita fascinación al descubrir todo lo que no sabía de sus panes y comenzó a ofrecer ese plus  a sus clientes, que cuando le pedían algún pan, les daba una breve reseña. Lo que lo convirtió en el pandero preferido de la región. Así, Rafa en su sapiencia panadera platica a sus clientes que:

Las conchas son las reinas de la panadería, fabricadas en tres sabores: chocolate, vainilla y fresa. Su forma redondita y un delicioso y dulce glaseado, la hace única. Y que se llama así en semejanza a una concha de mar. Y que con la misma masa, la concha sufre una metamorfosis que deriva en varios panes que ahora son tradicionales como el tapado, la novia, la tortuga, la lima, las cazuelas, las costras, las calabazas; y otros tantos que están casi extintos, como las nubes y los milagros.

Las orejas son realizadas a partir de una pasta de hojaldre dulce, el cual es un antiguo ingrediente griego que llegó a México de la mano de la invasión española. Con los años, lo hicieron más rico agregándole mantequilla y espolvoreándole azúcar; que al entrar al horno, se tuesta y maximiza su sabor a este pan de textura crujiente, que también tiene versiones con cubierta de chocolate y chochitos.

Los polvorones existen en versiones de chocolate, vainilla y fresa, algunas veces tienen en el centro un poco de jalea de piña o fresa, también se pueden encontrar disponibles en todos los sabores. Aunque los tradicionales son los que tienen sabor a naranja y están espolvoreados de azúcar.

Los panquecitos o chinos, siempre esponjaditos y con sabor a naranja, son uno de los panes favoritos de chicos y grandes. Se pueden encontrar cubiertos de chocolate, o bien, cubiertos con chispitas de chocolate o trocitos de nuez y al igual que los bísquets, fueron introducidos en nuestro paladar gracias a los famosos “cafés de chinos”.

Las campechanas fueron creadas en el estado de Campeche y su principal cualidad es que están realizadas con varias capas de hojaldre, lo que les permite estar infladas y huecas en el centro. Tienen una cobertura de azúcar que durante su cocción se carameliza, lo que las hace especialmente deliciosas.

Las donas tienen un sabor original a comparación de las rosquillas, ya que en la masa se incluye un poco de canela, lo que les da un toque muy tradicional. Regularmente están bañadas de azúcar o de chocolate y son las preferidas para acompañar una buena taza de chocolate caliente. Con la misma masa ahora hacen unas pequeñas bolitas, espolvoreadas con azúcar, con las que Rafa el pandero bromea con sus clientes, y cuando compran una dona, no pierde la oportunidad de decirles “llévela completa, aquí está el cachito que le falta al centro”.

La rebanada de mantequilla, desde que tuvimos acceso al pan y a la mantequilla es común que en cada casa, se prepare un rico bolillo cortado por la mitad untado con mantequilla y espolvoreado con azúcar, así que los panaderos diseñaron esta pieza de pan, que consta sólo de una rebanada de un biscocho al que se le unta un poco de mantequilla y se le espolvorea azúcar, nada más sencillo para deleitar y se ha convertido en la favorita de los niños, lo cual resulta una ironía, porque hasta el siglo XV se creía que los niños no debían comer mantequilla.

El moño o corbata está hecha a partir de la masa de danés, que combina las cualidades suaves de la masa del biscocho y se conjuga a la perfección con las capas de la pasta de hojaldre. Sin lugar a dudas, es una de las piezas de pan más populares. La receta original europea los rellena con mermelada, que complementaron cuando conocieron nuestro chocolate, pero en México los acostumbramos con una rica cubierta de azúcar.

El bísquet, este pan nació como parte de un experimento de las comunidades chinas que vivían en los estados fronterizos del país. Ellos retomaron la receta del soda biscuit norteamericano pero le añadieron huevo y azúcar y ahora se pueden comer calientitos, solos o untados con mantequilla.

La piedra es el pan con conciencia, ya que en él reciclan los restos de las moronas de los panes en las charolas y los panes que no se vendieron. Que mezclándolos con piloncillo entran al horno. Es una delicia por los sabores que le dan los otros panes, y por su acertada cubierta de chocolate.

La narración de Rafa siempre se interrumpe, porque debe seguir vendiendo y es que las variedades que existen de pan, sólo en México, le alcanzarían para hacer un buen libro de varios tomos.

Rafa, les dice a don Carlos y a Diego que debe seguir con la venta del pan mientras esté calientito, que mañana los verá a la misma hora, ya que son sus primeros clientes, se despide mientras piensa que verlos juntos, es como observar que de pronto, la sabiduría se convierte en algo asible. Uno le ofrece la seguridad de un modesto hogar al otro y éste, se la retorna transformada en contagiosa energía, en un acompañamiento que alivia la dolorosa presión que a veces causan la vejez, la pobreza o el abandono.

Lo que a estos dos seres les sucede, es lo mismo que nos pasa a todos: la vida. Pero la de ellos está asentada en el presente y no es de modo alguno digital, sólo es vida, así, llana, y está compuesta de placeres tan ordinarios como el que ahora saborean y disfrutan. Ninguno sabe de redes sociales o de cómo subir un video a YouTube. Sus conocimientos los extraen de lo cotidiano, de las despreocupadas reuniones de la tarde con los que viven cerca, de las breves y calladas pero siempre saludables caminatas por el barrio aun a pesar de la pandemia. Lo suyo, lo realmente suyo, es ver, escuchar, oler, probar y sentir. Los dos, don Carlos y Diego, responden a los constantes estímulos del entorno, a lo asombroso e impredecible que pueda traer consigo cada amanecer y a lo mismo que apela el cineasta iraní Abbas Kiarostami en el film El sabor de las cerezas (1997). La gran diferencia con la película es que, gracias a Diego, don Carlos nunca ha sentido la necesidad de salir a buscar a alguien que se comprometa a enterrarlo. Don Carlos tiene lo que tantos buscan, sin saber que les hace falta: Un testigo de vida.

Ahora, cuando el irreverente y descarado Žižek señala que “vivimos un solipsismo colectivo: todos conectados pero todos aislados”, es bueno saber que muy probablemente, en algún lugar del globo terráqueo viven otros invaluables personajes como don Carlos y su noble perro Diego, que encuentran en las cosas simples el mejor satori y que en lo marginal de una sociedad egocéntrica y capitalista, se las han ingeniado para mantener imperturbable su pequeño paraíso de techos oxidados.

Ninguno estamos preparados para enfrentar las trampas de un mundo que inicia el 2021 con más líneas de telefonía móvil que habitantes, pero en el que, por paradójico que resulte, cada persona desea ocupar tanto espacio, que no deja un hueco libre para que entre alguien más y lo acompañe, se acompañen todos, porque nunca como ahora la humanidad toda, tiene un solo propósito de año nuevo: sobrevivir.

Más de 2 millones de personas no pudieron “saltar” el año, porque los humanos encontramos una nueva forma chiquita, invisible y brutal de morir solos.

La sonrisa de don Carlos no salió más a su ventana y Diego no regresó nunca del panteón, me cuenta Rafa, mientras le pido otra pieza de pan.

Ya no hay pan Don, se me vendió todo. Me contesta, y con un gesto tierno, cargado de rabia y de tristeza se aleja observando a la concha y al bolillo, solos y desolados en el fondo de su canasta. 

La vida es una construcción consciente.

Iván Uranga
Iván Uranga

Especialista en Ciencias Sociales, promotor de comunidades autónomas autogestivas, investigador social, docente de Permacultura, escritor de
ensayos, novelas, cuentos, teatro y poesía.

Deja un comentario

Discover more from Julio Astillero

Subscribe now to keep reading and get access to the full archive.

Continue reading