Cargas y descargas escolares. Autor: Federico Anaya Gallardo

En comentario previo, mencioné que el Colegio México de los maristas en la Colonia Roma decidió experimentar la idea de “educación personalizada” con uno de los cinco grupos de tercero de primaria en 1973-1974. Long overdue, dirían los anglos. Más vale tarde que nunca, responderíamos nosotros. La idea fue promovida por el ala más progresista de la orden –que una década más tarde nos invitaría a los egresados de la preparatoria a pasar un año como maestros-misioneros en la región tojolabal de Chiapas. Esto último suena radical, pero lo cierto es que el ensayo en primaria no fue revolucionario.

De entrada, cuatro quintos de los estudiantes de mi generación en primaria no fueron tocados por la experiencia. Los maristas tenían la costumbre de revolver cada año a los estudiantes. Nos explicaban que ayudaba a la disciplina que cada año estuviésemos con un grupo distinto de compañeros. Autoritarios pero sinceros, así eran los maristas. Se trataba de que no forjásemos vínculos de amistad que pusieran en duda la autoridad de los maestros. Por lo mismo, al principio de año la expectativa del grupo experimental “3º E” era que todo terminaría al año siguiente, cuando seríamos revueltos de regreso con todos los demás. La cosa es que resultamos un gran éxito. Al enseñarnos a trabajar en equipo y compartir conocimientos mejoramos nuestro rendimiento escolar, tanto como individuos como en colectivo. (Aprendimos que el fracaso individual era en parte responsabilidad de todos, y quien se rezagaba era apoyado.) Que el trabajo de investigación (con materiales didácticos compartidos) era más importante que la memorización; o que la auto-disciplina superaba a la obediencia al profesor, eran ideas que funcionaban mejor.

Todo lo anterior puede parecer poca cosa a personas egresadas de escuelas más modernas, que aplicaban este tipo de ideas pedagógicas muchas décadas antes del experimento que hoy relato –pero para la comunidad de clase media conservadora (y hasta reaccionaria) del Colegio México el experimento era una novedad.

Ante el éxito de “3ºE”, los maristas cambiaron las reglas: al pasar a cuarto de primaria, los participantes en el experimento permanecimos en el mismo grupo (“4ºB”). Ahora bien, ya estábamos entrenados en los rudimentos básicos de discernir (la palabra la aprendí mucho más tarde, claro). Por tanto, entendimos el mensaje. Las autoridades rompían la regla de revolver grupos para que no “contaminásemos” con nuestra experiencia a los otros muchachos de la generación. (Creo que la palabra que usamos en ese tiempo era contagiar.) El experimento había acabado. El primer día de clases en “4ºB”, nos encontramos con que el salón estaba equipado con los viejos pupitres de madera individuales, formados en filas. El colegio había decidido que no compraría más mesas en trapecio para trabajo en equipo (dos trapecios hacían una mesa para un equipo de seis estudiantes sentados en ronda). El profesor Jesús Rodríguez nos explicó muy serio que como “ya éramos mayores” debíamos regresar a trabajar como siempre se había hecho y dejar atrás “los juegos” del año anterior. Craso error. Nosotros estábamos allí para estudiar y trabajar en serio –era nuestra responsabilidad. Pero no le discutimos nada. (No estoy seguro cuándo aprendimos a ser prudentes y astutos.) A la mañana siguiente, llegamos media hora antes y sin avisarle a nadie acomodamos los pupitres en grupos de seis para trabajar en equipo –como habíamos aprendido. El mensaje fue claro y el Rodríguez lo entendió bien. El grupo siguió con el nuevo método de trabajo. Nueva lección aprendida: el temor de las autoridades escolares tenía fundamento. Éramos “contagiosos”. Pero teníamos mejores promedios, así que Rodríguez y las autoridades nos aguantaron. Rodríguez me contó años más tarde que él había aprendido mucho de ese año.

Cuando en mi siguiente visita a Torreón le conté la historia de los pupitres reacomodados a mi abuela Lola, ella me comentó que las profesoras siempre creen que sus estudiantes no entienden, pero que siempre quedan sorprendidas. Mi madre, que la oyó decir eso, agregó: “—Y cada año, aquí nos tenías, sufriendo contigo porque tus estudiantes de primero de primaria no aprendían a leer. Todo septiembre, todo octubre, todo noviembre andabas angustiada y nosotros contigo. Hasta que en noviembre se abrían los cielos y regresabas un día de la escuela diciendo ¡milagro, milagro, leyeron!” Portento periódico, como las cosechas del mundo rural. Como las aguas y las secas que se suceden en el calendario.

Vuelvo al experimento escolar en “3ºE”. Como entre los objetivos de aprendizaje estaba ejercitarse en organizar el trabajo, al terminar cada jornada escolar la mayor parte de los equipos habíamos terminado las “fichas” o pequeños reportes que cada miembro integraba a su carpeta de trabajo. A fines del segundo mes, los padres de familia estaban molestos (más ellos que ellas). Nuestro profesor de “3ºE” (Juan José López Flores) convocó a una junta de padres y madres para el siguiente viernes por la tarde. Por supuesto, nos avisó a nosotros y con nosotros envió la convocatoria –en la cual se aclaraba que nosotros también estaríamos presentes. Escándalo. El primer punto de la orden del día era: “¿Por qué no les deja tareas?” Juan José contestó que sí nos las dejaba, pero que la mayor parte de los equipos las terminaban en clase. “—¿A Ustedes les gusta llevarse trabajo a sus casas?” Sanseacabó. (De hecho, esta palabra la aprendí cuando mi madre le contó a mi abuela esta aventura.)

La diferencia entre mi abuela Lola y los maristas era que ella deseaba que sus estudiantes aprendieran y se angustiaba cuando no los veía reaccionar. Los maristas se aterrorizaban de que aprendiésemos y aplicásemos lo que aprendíamos.

Acabo de caer en cuenta que, en mi memoria de aquellos años infantiles, mi profesor de “3ºE” es Juan José y mi profesor de “4ºB” es Rodríguez. Supongo que al último aún le guardo un poquito de tirria por el intento de regresarnos al viejo régimen escolar. Pero al escarbar mis sentimientos descubro que sigo respetándole por haber reconocido que aquel colectivo de niños teníamos razón. Uno adora a su liberador y respeta rival honesto. A uno le llama por su nombre, al otro por su apellido.

También descubro de dónde nos venía la prudencia de no confrontar a Rodríguez pero sí pasar a la acción en “4ºB”. ¿No había demostrado Juan José lo importante que era mezclar el argumento y la acción cuando explicó a nuestros padres por qué la mayoría no llevábamos tarea a casa? Explicó las cosas (argumento), pero lo hizo frente a nosotros (acción). Ahora bien, la prudencia es más hábito que conocimiento. Se practica a través de mil ejemplos, que tardan en procesarse. A veces tardan mucho.

Al profesor Rodríguez le tocó lidiar con un problema, allá por la primavera de 1975. A un grupito de lo que luego se llamaría “nerds” nos encantaban las series de Ultramán, El regreso de Ultramán y Ultraseven. En consecuencia, en los recreos nos la pasábamos luchando. Demasiada violencia. Rodríguez nos pidió abandonar esos juegos. Dedicó un momento de clase a presentarnos los argumentos que la entonces primera dama, la “compañera Zuno de Echeverría”, acababa de anunciar: la televisión promovía conductas inapropiadas, violentas. No nos gustó oír aquello, pero reconocimos que algo había de verdad en el alegato. Decidimos tener más cuidado en nuestras luchitas. Unas dos semanas después, Televisa canceló la transmisión de las series Ultra. Se anunciaba ya la odiosa era de Heidi, Candy Candy y Remy.

En retrospectiva, la cancelación ordenada por la “Compañera Zuno” me enseñó de qué se trataba el autoritarismo cultural priísta. Más allá de la explicación (razonable) de evitar la violencia, lo que valía y se imponía era el poder liso y llano. Nada de que el televidente discierna qué ve en su pantalla, a qué le hace caso y qué rechaza. Nada de que la ciudadanía se haga responsable. Nomás se censuran los contenidos. Supongo que por eso, para cuando pasamos a quinto año, inconscientemente, las luchitas de mi grupo se empezaron a organizar entre “anti-franquistas” y “franquistas”.

agallardof@hotmail.com

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