Bienvenida la decisión de la SCJN y la despenalización del aborto, el vientre no puede ser la medida de todas las cosas. Autora: Ivonne Acuña Murillo

Foto: Cuartoscuro.

Tener útero o no tenerlo, y con este la posibilidad de concebir, crecer y parir una nueva vida, hace toda la diferencia entre ser mujer o ser hombre. Por siglos, el cuerpo de las mujeres ha sido ocupado por los deseos, intereses, valores, normas, violencia masculinos. “Incubadoras de dos patas” diría un exmandatario de cuyo nombre no quiero acordarme. No importa cuánto tiempo haya pasado, cuántas luchas se hayan dado, cuántos argumentos se hayan esgrimido, al final el útero acaba convirtiéndose en una pesada carga para las mujeres, cuando no se comprende y acepta que su cuerpo es solo suyo. Por eso la lucha política, la liberación, el empoderamiento, el presente y el futuro comienzan por el cuerpo. De ahí la importancia que guarda lo decidido de manera inédita, el martes 4 de septiembre de 2021, por la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN), en torno a despenalizar la práctica del aborto en México.

Decisión histórica que identifica a las mujeres y personas con capacidad de gestar como sujetas de derechos y como las únicas que pueden decidir sobre sus cuerpos. En voz del ministro presidente de la SCJN, Arturo Zaldívar Lelo de Larrea: “A partir de ahora no se podrá procesar a mujer alguna que aborte en los supuestos considerados por este tribunal”, se trata, añadió, de una “nueva ruta de libertad, claridad, dignidad y respeto y un gran paso en la lucha histórica por la igualdad y el ejercicio de sus derechos”. 

“Este derecho reconoce en la mujer y en las personas con la capacidad de gestar como las únicas personas titulares de su plan de vida, a partir de su individualidad e identidad propia”, señaló el también ministro Luis María Aguilar, autor del proyecto aprobado.

De manera también inédita, a la categoría “mujer” se agrega la de “persona con la capacidad de gestar” con la clara intención de incluir a aquellas personas que, “no siendo mujeres”, se embarazan y deciden no llevar a término este embarazo, como es el caso de los varones trans, que siendo identificados como mujeres al nacer no se sienten parte de este grupo sino del de los hombres y hacen los cambios necesarios para pertenecer a este, y de quienes no se encasillan en un determinado género, sino que se conciben como de género fluido; esto es, que no se identifican con una única identidad de género (femenino/masculino), sino que van fluyendo entre estas.

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Para despenalizar la práctica del aborto en todo el país, la SCJN marcó un precedente más al declarar este jueves que es inconstitucional que los estados reconozcan “la vida humana desde la concepción”, eje central de la polémica en torno al aborto y el derecho de las mujeres a decidir sobre su propio cuerpo cuando una vida ajena a ellas se está gestando dentro de este. No es objetivo de este artículo analizar los argumentos que a lo largo de décadas han nutrido este debate, sino enunciar las principales contradicciones a que se ha sometido a las mujeres cuando por siglos se les ha impuesto la maternidad como el “deber ser” de la femineidad y se les ha cuestionado, estigmatizado e incluso criminalizado por no cumplirlo o por pretender terminar con un embarazo no deseado.

El calor y el frío, la luz y la sombra, el cielo y el infierno, la inclusión o el rechazo, la bienaventuranza o la maldición. Cultura bipolar que, sobre un mismo hecho: ser madre o no, construye extremos irreconciliables entre los que ha pendido la vida de las mujeres, de todas, ninguna escapa. Disculparán que no hable en este punto de “las personas con capacidad de gestar” pues hay que iniciar por el principio y este está dado por la asignación de un sexo y un género en función de dos estereotipos primarios: femenino y masculino.

Por siglos, la maternidad ha sido la función cuasi única asignada a las mujeres. La central, la definitoria, la definitiva. Una mujer sin hijos (así en masculino) se convirtió en una aberración que había que evitar a toda costa, una condición contra natura que había que llevar como un lastre, una pesada carga, el estigma de un fracaso. Pobre de aquella que, por la razón que fuere, no hubiere podido “gozar de la dicha” que supone el ser madre.

“Cuerpo es destino”. Nunca una frase tuvo tal contundencia sobre la vida práctica de un sexo. Gradualmente, a lo largo de la historia los vientres de las mujeres se convirtieron en la medida de todas las cosas, tanto de la femineidad como de la masculinidad. La femineidad se midió en función de los hijos e hijas que una mujer era capaz de procrear. La masculinidad, por su parte, en función no sólo del número sino del sexo: “los hombres hacen hombres”, se decía. Sin embargo, no se dejó de culpar a las mujeres que solo parían mujeres.

La medida de todos las cosas. Un vientre que no puede concebir, crecer y parir no sirve para nada. Una mujer sin hijos/as no es mujer; una que lo intenta y no lo logra, mujer a medias será; una que no quiere procrear, con seguridad algo malo debe tener; una que rechaza el producto de su vientre un monstruo debe ser.

Se afirma que una mujer que no ha tenido hijas/os no “es realmente una mujer”: no basta ser poseedora de un útero, hay que usarlo y demostrar que se es capaz de concebir, de realizarse en la maternidad. Mujer que no ha tenido hijos o hijas, en su defecto, no solo no es mujer, sino que se convierte en materia desechable. Puede ser despreciada, abandonada, devuelta, olvidada por el hombre que ha intentado procrear a través de su vientre.

Pero, esas mujeres a medias no son, ni de lejos, las peores. Después de ellas se encuentran las que se atreven a decir: no quiero tener tantos hijos, no todos los que Dios me mande ni los que quiera mi marido, solo los que yo pueda criar y crecer; esas que llegan al extremo, aunque usted no lo crea, de utilizar métodos anticonceptivos. Sin embargo, aún no son ellas las últimas, les siguen las que se niegan a embarazarse y ser madres; las que deciden no concebir jamás. Las que por propia voluntad niegan “su don” y clausuran para siempre “la gracia” que les fue concedida para convertirse en “cualquier otra cosa” menos en madres.

A este tipo de mujeres comienza a reconocérseles como parte de “la generación Nomo”, por las palabras en inglés No Mother, o como las childfree. Nomo o childfree no suponen únicamente una etiqueta, una manera de encasillar a aquellas mujeres que no quieren tener hijas/os, sino todo un movimiento, una manera diferente de concebir el “ser” mujer y un modo distinto de “estar” en el mundo, más allá de los estereotipos y los corsés que impone la cultura heteropatriarcal bigenérica.

Es el caso de la Mtra. Gabriela Warkentin, a quien me atrevo a citar en función de su artículo “Algunas decidimos no ser madres”, publicado el 9 de mayo de 2019 en el periódico El País, en el cual se pregunta: ¿Por qué una decisión tan personal tendrá que ser un tema público?, a lo que responde: “No tendría, pero se vuelve público cuando trastocas lógicas de conservación del estado de las cosas […] No tendría, pero se vuelve público cuando trastocas narrativas dominantes […] Simplemente decidí que no aunque tal decisión me colocara en el filo de la sentencia de la tía que con mirada en lontananza bendice como única la condición femenina de ser madre. Una decide no tener hijos. Y ya. No pasa nada. Aunque se enoje la tía.”

Con seguridad, muchas más tías se habrán enojado y lo seguirán haciendo cuando el número de mujeres en el mundo que deciden no ser madres va en aumento. Entre ellas, cabe citar a las más conocidas dada su vida pública: Sor Juana Inés de la Cruz, Daniela Luján, Celia Lora, Angelique Boyer, Carmen Villalobos, Yolanda Andrade, Kate del Castillo, Ana Martin, Sachi Tamashiro, Sasha Sökol, Rebecca de Alba, Simone de Beauvoir, Cameron Díaz, Oprah Winfield, Renée Zellweger, Jennifer Aniston, Maribel Verdú, Daniela Romo, Portia de Rossi, Ellen Degeneres, Kim Cattrall, Helen Mirren, Ashley Judd, Anjelica Huston, Betty White, Kim Catrall, Dolly Parton, Debbie Harry, Sarah Silverman, Ashley Judd, Elizabeth Gilbert, Victoria Schwab, Rosa Montero, etcétera, etcétera. No puede faltar Ana de la Reguera, quien afirmó que no le hace ilusión embarazarse pero que congeló sus óvulos, en 2017, dada la presión social.

Pero ¿cuáles son esas narrativas dominantes o el estado de las cosas de que habla Warkentin? ¿cómo se expresa esa presión social que menciona de la Reguera? La primera narrativa, la central, la que vertebra todo, se dijo arriba, es la que se basa en la diada indisoluble “mujer-maternidad”. En torno a ella se acumulan las frases a través de las cuales se presiona socialmente a las mujeres mostrándoles su único lugar en el mundo: “Mujer sin hijos, jardín sin flores”, “y tú ¿cuándo?”, “te vas a arrepentir”, “se te acaba el tiempo”, “no sabes de lo que te pierdes”, “tener hijos es lo más maravilloso del mundo”, “toda mujer debería ser madre”, “¿te vas a quedar sola?”, “¿quién cuidará de ti cuando estés vieja?…

Estas frases van acompañadas por la incomprensión y por el reproche continuo mediante el que se buscan las razones que llevan a una mujer a decidir no cumplir con el rol que ancestralmente le ha sido asignado. De las mujeres que han decido no ser madres se dice: son egoístas, se aman demasiado a sí mismas como para preocuparse por alguien más, algún trauma o daño psicológico han de tener, es inmadurez ya crecerán, son irresponsables, son unas brujas pues cómo es posible que no les gusten los niños (así en masculino).

Al final, la conclusión última es que la mujer que no tiene hijos/as, por la razón que sea, es considerada “una no mujer”, “una mujer incompleta”, “una mujer a medias”, “un ser frío que desafía las leyes de la naturaleza” y la presión social que busca “convencerlas”, “forzarlas” “encaminarlas” a tener hijos (en masculino) no cesa hasta que materialmente se vuelve imposible y entonces aparecen las frases de recriminación que de manera contundente anuncian su fracaso: “ y tú ¿por qué no tuviste hijos?”, “no te hubiera gustado tenerlos”, “¿no te sientes sola?”, “qué bonito hubiera sido”, “de lo que te perdiste”, “ni modo, no estaba en tu camino”…

Pero, la peor, sí la peor de todas no es aquella que no puede o no quiere tener hijos, la mujer a medias, la incompleta, la fría, la seca, la que fracasó en el intento o la nomo, la childfree que decidió no tenerles, sino la que habiéndolos concebido se atreve a no desearlos, más aún, a no parirlos. Esa sí que es un monstruo, sin importar las circunstancias en que se produjo la concepción. Es aquella que, estando embarazada, habiendo consentido o no, con salud o sin ella, teniendo medios para criar a alguien más o no, teniendo la edad suficiente o la salud emocional y mental necesaria para ocuparse de otro ser humano o no, habiéndolo deseado o no decide interrumpir el proceso y no traer al mundo una vida más. ¡Asesina! se le llama, sin importar si eso que se denomina, como generalidad, “un ser humano”, sea apenas la unión de dos células, una de mujer y otra de hombre. No importa en realidad el estadio, por lo que incluso el uso de la píldora del día después llega a concebirse como un asesinato.

Y no importa si la embarazada es una niña que fue abusada por un hombre dentro o fuera de su familia, una mujer joven o madura incapaz de cuidar de alguien más, un madre que ya tiene 5 hijos a quienes mantiene precariamente, una mujer que suma varias vulnerabilidades (menor de edad, pobre, con poca o nula preparación formal, sin trabajo, mal alimentada, enferma, etc.). Lo importante aquí es llevar a término un embarazo que a todas luces hará más difícil y penosa la vida de la mujer y con ella de quien nazca de su vientre.

Ser madre es como cerrar un círculo, no importa nada más. Carrera, trabajo, desarrollado profesional, afición, divertimento, salud, condición económica, todo pasa a segundo plano. Una mujer debe ser madre ¡y punto! Y ¿qué pasa con las que deciden ser madres a pesar de todo? Lo lógico sería que se viera siempre en ellas la imagen del deber cumplido y que la sociedad toda se volcara en su apoyo. Pero, de nuevo un “pero”. Para ser madre hay que seguir reglas, no se puede andar por ahí regalando el útero al primero que pase. No señor, no señora, hay que casarse primero. Hay que avisarle a “todo el mundo” la voluntad de formar una familia para luego embarazarse. Las perritas y las gatitas pueden traer al mundo a cuantas crías se ofrezca, las mujeres ¡no! No deben tampoco tener muchos hijos si no los pueden mantener, si no hay un hombre en la casa, si no tienen quien los cuide, si…. un sinfín de “asegunes”. Y entonces, quienes defienden la idea de que las mujeres han de ser madres a toda costa y deberían de acompañarlas en su labor se lavan las manos diciendo “te embarazaste porque quisiste, hay te arreglas”.

Saltan entonces las contradicciones: la sociedad impulsa a cada mujer a ser madre, pero la sanciona cuando lo es, no solo cuando la abandona o reprueba por no cumplir con las condiciones previas que debe seguir todo embarazo, sino a través de un salario menor, el despido en cuanto se embaraza, la imposibilidad de un empleo o un ascenso pues debe cuidar a sus hijos/as, el compromiso de no embarazarse o la prueba de embarazo para ser contratada, la existencia de lugares donde se prohíbe la presencia de menores de edad como oficinas públicas, bibliotecas, centros de estudio, restaurantes, hoteles, etc. Y qué decir de las madres solteras a quienes se juzga, critica, cuestiona por haberse embarazado fuera del matrimonio y por no “tener” un hombre a su lado o las que no se cuidaron y ya tienen muchos hijos/as.

Sobre estas y muchas contradicciones más se da la apropiación social del cuerpo de las mujeres, de sus vidas, de sus decisiones, de sus apetencias, de su presente y su futuro. Cuerpos colonizados por la sociedad, por los hombres y las mismas mujeres que ven al útero como la fuente inagotable de nuevos seres que han de reproducir una y otra vez los valores patriarcales que justifican usar, esclavizar, violentar, embarazar, hacer parir al infinito los vientres femeninos.

La penalización de un aborto, que nadie quiere, que nadie busca, que nadie promueve es una violencia más, la última que se ejerce sobre los cuerpos de las mujeres a quienes en este país se ha encarcelado por abortos espontáneos o inducidos, como si del peor criminal se tratara. Castigando con ello el ser niña, mujer, pobre, desinformada, desprotegida, desvalida, dueña de un útero colonizado, medida de todas las cosas.

Que vuelen los pañuelos y crezca con ellos la marea verde. Que suba y sepulte en el fondo los prejuicios, costumbres, valores, contradicciones que han obligado a las mujeres a poner sus úteros al servicio de intereses patriarcales, económicos, políticos, religiosos, culturales. Bienvenida la decisión de la SCJN y la despenalización del aborto, el vientre no puede ser la medida de todas las cosas.

Ivonne Acuña Murillo.

Socióloga feminista, académica de la Universidad Iberoamericana. Analista política experta en sistema político mexicano y género. Autora de más de 250 artículos periodísticos y 25 académicos publicados en periódicos y revistas de circulación nacional. Ha contribuido al análisis del presente y el futuro de un país que se desgarra en múltiples medios escritos, radiofónicos y televisivos, tanto nacionales como internacionales.

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