Amor y barras bravas. Autor Luis Sánchez.

Ilustración: Miguel Sandoval.

Conocí a Javi y a Fredy en el panteón, ambos batos rondarán los 30s.  Cada año coincidimos dado que yo voy a dejar flores a mis abuelos, que en paz descansen.

Lo que me llamó la atención de ellos es que parecen ser buenos amigos. Esto no debería ser raro, salvo el detalle de que Javi tiene el tatuaje de los Adictos en el hombro, la barra Rayada de la Renacimiento, y Fredy lleva el de los Lokos, la barra Tigre de la Orizaba.

Para quienes no estén al tanto, ambas barras se odian con todo el hígado. Aunque ya no tanto como antes, en que hasta hacían ritos violentos que involucraban darse a madrazos los unos con los otros.

Fredy y Javi me contaron que desde aquellos días se volvieron promotores de llevársela tranqui; de que ambas barras se puedan ver y dar la mano y que su apoyo a los equipos sea más festivo que violento.

Pero no siempre fueron así. He aquí lo que marcó su historia.

LA RIÑA

Todo comenzó con la iniciación de Javi, hará algunos 7 años. Para obtener su tatuaje rayado y ser parte de los Adictos, un hincha debía tener un padrino dentro de la barra, vencer en una pelea cuerpo a cuerpo a un rival y quitarle su camiseta.

Esa tarde los adictos se metieron a la Orizaba por la calle sopladores. Sabían que a esa hora el Pelón, de los Lokos, chateaba en el ciber de Don Riky. Tres adictos lo sacaron a la calle, donde Javi esperaba para aventarse el tiro uno a uno.

El Pelón agarró onda de volada, vio a Javi y se burló porque Javi estaba entonces bien flaco, no que el Pelón, que estaba bien mamado. A parte era bueno pa los putazos. Besó el escudo del equipo tigres en su camiseta y se puso en guardia.

Javi se le dejó ir con todo, pero el Pelón lo sentó de un chingazo bien puesto. Los Adictos, que rodeaban a los contendientes, pensaron que ya había valido madres. Pero Javi se paró como si nada. El bato era y sigue siendo “igual de duro que un clavo”, como Brad Pitt en la peli de Snatch.

Para no hacer largo el cuento, Javi aprovechó la confianza excesiva del Pelón y de un movimiento certero lo tumbó. Para mala suerte del tigre, su cabeza dio con la orilla de la banqueta y quedó casi noqueado; dos tres chingadazos que le ajustó Javi ya en el suelo bastaron para dejarlo fuera de combate.

Alan, que era el padrino de Javi en la barra adicta (un güey de greña larga y quesque argentino), le pasó unas tijeras a Javi para que le quitara la lima al Pelón. Estaba en eso el rayado cuando Pelón, con lo que le quedaba de fuerza, lo mordió en la mejilla. Tuvieron que meterse todos para desprenderlo porque Pelón lo prendió cual tigre, y aunque Javi le dejó ir las tijeras por un costado Pelón le terminó arrancando un buen trozo de cachete.

Los adictos se ensañaron en serio; no les bastó la enfierrada, le dejaron caer una lluvia de patines entre todos, le reventaron una piedra en la cabeza y lo encueraron antes de salir corriendo.

El cuerpo inerte de Pelón quedó tendido en el suelo, cuasimuertoenpelotas.

LA HERMANA

Ese mismo día, ya por la noche, Alan acompañó a Javi a su casa. Más que nada porque Alan quería saludar a Sara, la hermana de Javi.

Cuando llegaron ella preparaba un sándwich.

Era Sara una morrita muy hermosa. Morena, de largo cabello quebrado, con un cuerpo firme y exquisito a la vez. Alan la pretendía descaradamente, aunque con respeto. Se le acercaba cada que podía para cortejarla. Javi se quedó jugando Xbox mientras Alan le decía a Sara cosas que la hacían reír. Se diría que Sara le daba también entrada con miradas coquetas y provocativas.

Le pidió ayuda para que sostuviera un refresco mientras ella llevaba los sándwiches en un plato. Se dirigió a su cuarto y Alan, tras ella, pensó que esa noche era ya por fin su noche. Pero ya en la habitación, una vez que ella abrió la puerta con la mano libre, le quitó el refresco y se despidió; prácticamente le cerró la puerta en la jeta a Alan.

Aunque este ya sabía a qué atenerse con Sara, porque casi siempre lo bateaba luego de coquetearle, sintió gacho en el orgullo esa vez. Dio media vuelta y le dijo a Javi que ya era hora de irse. Este apagó el xbox y ambos salieron de la casa.

Pero Sara tenía un secreto. Apenas constató que estaba sola, abrió la ventana de su cuarto para que entrara Román. Ese sí su amor, su amante, su novio prohibido.

ROMÁN

Y he aquí el último personaje de este cuadro trágico. Román era un bato carismático, macizo y de algunos 20 años. Leal y sincero, trabajador y artista (hacía maquillaje FX para una casa productora de cine), no usaba redes sociales. Sara lo quería de a devis. Solo que no podía quererlo de forma oficial porque algo en Román la cagaba grandemente: vivía en la Orizaba y llevaba el tatuaje del equipo Tigres en su brazo derecho.

Solía Román escabullirse por la ventana de Sara en las noches y a ella siempre le divertía quitarle heridas falsas: mordidas de zombis, vísceras putrefactas, nervios a flor de piel que Román bien sabía recrear con látex. Pero siempre, era de a ley, se agüitaba al verle el tatuaje de Tigres, que no se podía quitar con salivita.

Esa noche Sara le pidió por vez primera que se fueran de ahí, a vivir lejos de toda esa violencia, que abandonara a los Lokos. Cada vez le daba más miedo que Javi, Alan o alguien de la otra hinchada los pudiera descubrir.

Román sí lo hubiera hecho, cualquiera lo podría jurar, porque la quería incluso más que a su barra.

LOS LOKOS

Estaban los Lokos afuera del hospital universitario, todos agüitados por su camarada el Pelón. Román saludó a cada uno de abrazo y casi la mayoría se alegró de verlo; sólo Fredy lo miró enojado. Lo separó del grupo y lo cagó porque se estaba sordeando, ya llevaba días que no caía a la base. Pero lo cagó más que nada porque (al fin su mejor amigo), sabía por qué se estaba sordeando.

Fredy le dijo que debía tener cuidado, ahora que Javi había dejado medio muerto a Pelón, debía cuidarse el doble para evitar que nadie se enterara de su relación con Sara, por el bien de Román y por el bien de ella. Y la peor noticia, la barra de Lokos quería a Román para desquitarse, para partirle en su madre a Javi, con fierro de por medio.

Román hizo como que entendía, como que aceptaba y preguntó por Pelón para cambiar el tema. Fredy le informó que Pelón se la rifaba en ese rato entre la vida y la muerte. Que estaba aún en terapia intensiva y que el Dr. le dijo a la familia que, cuando despertaba, parecía que lo único que le dolía era verse despojado de la lima.

            Esa misma tarde los Lokos se metieron a la Rena por la magnolia. Con Román y Fredy al frente. Patearon a todos los que se les atravesaron; volcaron muchos botes de basura y los arrojaron a los coches; pintaron la T en varios muros y entonaron a todo pulmón cánticos que degradaban al equipo del Monterrey y a toda su hinchada. Luego salieron por la sauces para dispersarse.

            No buscaban esa tarde el enfrentamiento, la correría fue nomás un mensaje.

LA PROPUESTA

No había tiempo ya. Román tuvo que tomar una decisión apresurada y visitar a Sara esa misma noche, estuviera o no Javi en casa. Ella le dijo por mensaje que ni se le ocurriera, pero le valió queso. De hecho, cuando Sara le envió el whatssapp, Román ya estaba arrojando piedritas al cristal de su ventana.

            Sara lo apresuró a entrar y a hablar casi en susurros. Antes de cerrar la persiana vio una sombra que se escabulló por el pasillo lateral de la casa. Se le fue a Sara el color de la cara, esperó un instante y escuchó luego el maullido de un gato que venía de esa dirección. Se convenció de que había sido el minino lo que vio y cubrió la ventana.

Le preguntó a Román que qué era tan importante como para aparecerse así en lugar de tratarlo por mensaje. Román se la cantó sin más, le dijo que tenían que irse cuanto antes y a donde fuera.

Y es que Román quería verle en la cara lo que ella respondería, quería saber de cierto si estaba dispuesta a dejarlo todo por él y bien se sabe que eso por Whatsapp no se aprecia.

            Sara se sacó un buen de onda. Todo era tan precipitado y no sabía qué responder.

            En ese momento se oyeron casi justo afuera de su cuarto las voces de Alan y Javi comentando un partido. Román y Sara quedaron en silencio, congelados, a la expectativa. Finalmente, las voces se alejaron.

            Román le dijo a Sara en una voz muy baja que las cosas ya no serían igual, que las barras iban a escalar de los trancazos al homicidio y que era sí o sí que se fueran de ahí a la de ya. Ambos se miraron fijamente y se sonrieron. Sara no tenía ni qué decir nada porque Román vio en sus ojos todo el amor del que era capaz esa morena. Supo desde el estómago que ella lo acompañaría a donde fuera y cuando fuera.

            Se despidieron con un beso largo y silencioso. Román salió por la ventana y ya en calles seguras se detuvo para enviar un mensaje a Sara: “te amo”.

            El Loko estaba todo emocionado, tanto volaba su cabeza que ya ni siquiera revisó si su amada contestaba. Por eso no notó que Sara lo dejó en visto.

TORCIDOS

Román trabajaba la mañana siguiente en el maquillaje de un zombi cuando sonó su celular. Era una llamada del número de Sara y se disculpó para contestar afuera del taller. Apenas alcanzó a decir al teléfono que “me leíste la mente, hermosa” cuando la voz inconfundible de Alan le cortó la frase. Román tapó la bocina del teléfono y gritó un ¡Putísima madre! que le vino desde los intestinos.

            Luego sin ambages precavió a Alan de lo que les pasaría si le tocaban un pelo a Sara. El quesque argentino se rio y le respondió que no era la idea tocarle nada a Sara; aunque no le faltaban ganas le parecía que la morra estaba ya chupada por el diablo; ni con pito ajeno y cosas por el estilo dijo Alan que se acercaría a ella. La morra estaba bien empinada con la barra de los Adictos y eso sí, necesitaban una satisfaición (así como lo escribí lo pronunció el greñudo adrede). 

Yo hoy lo sé, Alan estaba ardido, pero tampoco era un violador o golpeador de mujeres, y aparte quería de a devis a Sara. Por eso habían trazado un plan Javi y él. Uno en que la chantajearían a ella y a Román para chingarse bonito al Loko y que dejara el camino libre a Alan. Por otro lado, nunca les pasó por la mente peinarse con la barra para que Sara no fuera una apestada.

Alan le dijo a Román por teléfono que a Sara no le pasaría nada si él consistía en hacer dos cosas: tatuarse una M del Monterrey al revés en toda la espalda y largarse del barrio.             Le dio como plazo para decidir las 8pm de ese mismo día y le dijo con todo el sarcasmo antes de colgar:

-Espero tu llamada y por cierto… yo también te amo.

EL PLAN DE ROMÁN

Román se fue directo a su casa luego de cortar la llamada. Ahí, sentado en su cama, permaneció varias horas, dándole vueltas en la mente a lo que debería de hacer. Al fin se puso a redactar una carta a mano y llamó a Fredy para citarlo por la tarde en el parque de la parroquia.

            Román le contó todo a Fredy y le pidió ayuda para llevar a cabo su plan. Fredy no estaba muy convencido y le sugirió que debía pensarlo mejor. Román le comentó que ya había pensado en todas las posibilidades y que en ninguna cabía siquiera la idea de tatuarse una puta M. Le dio a Fredy la carta que redactó y le pidió que esperara instrucciones por whatsapp.

LA CITA

Esa misma noche Sara permanecía custodiada por dos morras, amigas de Javi, en la sala de su propia casa. Ambas morras le describían cómo empalarían los de la barra a Román si ella no aceptaba abandonarlo, decirle que no lo quería, que cuando se iba por la ventana Alan entraba por la puerta y cosas de esas.

            Sara las veía con desprecio e insistía que prefería morir ella a decirle esas chingaderas a Román.

            Afuera de la casa estaban Alan, Javi y dos batos más esperando la llamada del enamorado. Lo tenían bien planeado para que Sara escuchara la conversación. Enlazado el celular a una bocina por bluetooth. Sonó el móvil a la hora fijada.

            Sara escuchó desde adentro la voz de Román que dijo:

            -Por favor no le hagan nada ¿Dónde los veo?

            Sara no pudo evitar las lágrimas y las morras que la custodiaban tuvieron que sostenerla porque trató de salir, gritando que no les hiciera caso, que no fuera a donde lo citaban.

            Alan le dijo a Román que le enviaría la dirección por whatsapp y colgó. El plan estaba ya en marcha, los cuatro adictos se subieron a un coche y arrancaron.

            Adentro, las morras le dejaron un celular sin chip a Sara y antes de irse también le dijeron que estuviera atenta, chance y la barra le daría otra oportunidad para salvar a su pendejo.

EL DILEMA DE FREDY

Fredy estaba en casa de su morra cuando recibió el mensaje de Román. La cita sería en La farola, un rincón del parque natural Renacimiento, a las faldas del cerro. Román conocía bien el lugar y le dijo a Fredy que no sería necesaria la compañía de nadie. Eso sí, le pidió que por todos los medios posibles le hiciera llegar la carta a Sara, ya fuese por la ventana de su cuarto o con un disfraz por la puerta principal.

            Fredy se despidió de su morrita y se detuvo en la esquina de la cuadra. Una ruta llevaba a la casa de Sara, otra a La farola. Sacó la carta del bolsillo, la miró un buen rato y al fin se decidió. No podía quedarle mal a su camarada.

LA FAROLA

Los cuatro adictos llegaron al parque de la Rena algunos minutos antes de la hora fijada. Alan les dio instrucciones a los dos batos que los acompañaban y al cabo se dispersaron cada uno en una dirección distinta. Alan y Javi le dieron por una vereda oscura. La farola estaba en una parte hundida del terreno. Era la única luz que alumbraba ese paraje, el más profundo del parque. Alan y Javi permanecieron escondidos en lo alto de una loma, desde donde se podía ver hacía la farola sin ser vistos ellos; un escondite perfecto en la oscuridad.

            Román aparecería en cualquier momento, así que Alan decidió hacer el videochat a Sara: comenzaba el espectáculo.

Sara estaba lavándose la cara en la cocina cuando sonó el celular. Lo miró con mucho miedo y contestó. En la pantalla apareció la cara de Alan que la saludaba como si no pasase nada.

            -Bueno, Sarita. Esta es la última llamada- Le dijo.

            Javi le pidió a Alan que mirara a la farola, alguien había llegado. Alan giró el celular y a Sara se le fue el alma cuando vio a Román en la pantalla, bajo esa pálida luz mercurial y rodeado por un montón de matones en lo oscuro. Javi chifló desde su escondite para recibir por respuesta otros dos chiflidos a lo lejos. Román se puso en guardia y miró por todas partes como un animal acorralado. La Sara se dejó caer en súplicas del otro lado del celular. Le decía a Alan que no le hicieran nada, que ella haría lo que él quisiera pero que no tocaran a Román, que lo dejaran irse. Alan sintió un gran placer en ver a esa morena que tantas veces lo desairó suplicar de rodillas, llorando y a su disposición. Y ahí estoy seguro que hubiera quedado todo si no fuera porque a Román se le ocurrió sacar la pistola. Todos se sacaron de onda bien machín, nadie se la esperaba.

            Román puso el cañón en su propia cabeza y les gritó que por favor no le hicieran nada a Sara, que ahí quedara todo. Alan y Javi estaban pasmados y antes que pudieran reaccionar los aturdió el estruendo del disparo. El cuerpo de Román quedó tendido bajo la farola. Ahora, tan estúpidos los dejó lo que acababan de ver que no escucharon los gritos de Sara en el teléfono.

            La morra lo había visto todo y le pegó una crisis bien violenta. Arrojó el celular contra la pared y se comenzó a frotar las manos como si las tuviera sucias. Rasguñó tanto sus brazos en el fregadero de la cocina que se abrió bien gacho la piel. Quiso su mala estrella que a la mano tuviera un cuchillo cebollero, lo agarró con un pulso tembloroso y colocó la punta del acero en su pecho. Concentró toda su energía en las piernas antes de lanzar su cuerpo contra uno de los muros de la cocina, donde fue a rebotar para caer de espalda en el suelo. Ahí recostada, con sus ojos cristalinos y los párpados bien abiertos, exhaló su último aliento, con el cuchillo bien atravesado en el pecho. *

            En el parque Alan y Javi no acababan de salir de la pendeja cuando vieron a un güey en ropa deportiva llegar hacia el cuerpo de Román. El bato le tocó la garganta para ver si seguía vivo y pidió a gritos ayuda, que alguien hablara a la ambulancia. El grito desencantó a Alan y a Javi, que huyeron sin cuidarse de hacer ruido entre los matorrales.

            Hasta este punto a lo mejor ya se las huelen que el güey en ropa deportiva que estaba junto al cuerpo de Román era Fredy, y que Román estaba tan vivo como cuando antes que aplicara la del disparo falso. Fredy le dijo, cuando supo que los Adictos habían huido, que ya podía levantarse. Como Lázaro, el de la biblia, Román se levantó de chingazo, se quitó una plasta de látex de la cabeza y agarró a Fredy de la camisa.

            -¡Pendejo! ¿Entregaste la carta? -le dijo.

            Fredy dijo que había tiempo; que cómo creía que lo iba a dejar ahí solo con esa bola de ojetes; que la llevaría justo en ese momento.

LA CARTA

Cuando Javi y Alan llegaron a la casa no esperaban ver la escena espeluznante del cadáver de Sara en el suelo. Javi la abrazó y gritó a Alan que pidiera ayuda, pero Alan estaba petrificado, conmovido hasta las lágrimas. No podía creer que no hubiera vida en ese rostro hermoso, cuyos ojos no parpadeaban y de cuya boca amoratada, exquisita y rosada hacía rato, resbalaba ahora un delgado hilillo de sangre.

            Ya visto desde lejos a todos les falló el plan. Román estuvo a punto de conseguirlo, de zafarse él y su morra de ese ciclo intenso de putazos mortales, si tan solo Fredy hubiera entregado la carta que avisaba a Sara, que le haría saber que el balazo sería de salva y la herida de látex, como las que él sabía recrear y que a ella le fascinaba quitarle.

JAVI Y FREDY

Hasta esta fecha, no hay año en que Freddy y Javi no visiten el panteón para saludarse y depositar sus flores mortuorias. Las de Javi, el rayado, adornan siempre la lápida cuyo epitafio reza:

“Aquí yace Sara, hermana que amó y fue amada”

Las de Fredy, el tigre, aquella otra a lado de la de Sara en que está escrito:

“Aquí yace Román, que murió dos veces, de la misma forma y en el mismo lugar”.

Porque esa otra noche, junto a la farola, Román lloraba como un niño desconsolado. No había ya enemigos grabándolo, ni un amigo cubriéndole la espalda; ya no estaba Sara en ninguna parte. Se puso el arma en la boca y ahora sí la descarga le voló los sesos. Su cuerpo fue encontrado tendido entre las hojas muertas del parque.

Cuento derivado del guión para cine El Sacrificio, del mismo autor.

twitter@bonsiul

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