AMLO, el político frente a la pandemia. Autora: Ivonne Acuña Murillo

Foto: Gobierno de México.

Por segunda ocasión, a menos de un año de la primera vez, el presidente de la República Andrés Manuel López Obrador (AMLO) ha contraído Covid-19. Este lunes 10 de enero, en su Conferencia Mañanera, compartió con quienes cubren la fuente que amaneció ronco y que se haría la prueba, aunque creía que se trataba de una simple gripe. Por la tarde, a las 18 horas con cinco minutos confirmó, vía Twitter, estar contagiado: “Informo a ustedes que estoy contagiado de #COVID19 y aunque los síntomas son leves, permaneceré en aislamiento y solo realizaré trabajo de oficina y me comunicaré de manera virtual hasta salir adelante”.

En ambos casos, el del 25 de enero de 2021 como el de ahora, el primer mandatario ha mantenido la calma mostrándose ante la nación en control de la situación. Lo anterior, no se debe únicamente a rasgos de su personalidad sino a una bien entendida obligación política. Esto es, antes que paciente López Obrador es un jefe de Estado. Dirige un barco que no puede hundirse solo porque el capitán ha caído enfermo.

Para empezar, una vez que se supo contagiado y ante la necesidad de mantenerse en aislamiento designó en 2021 a la secretaria de Gobernación, Olga Sánchez Cordero, y ahora en 2022 a Adán Augusto López Hernández, quien ocupa actualmente el mismo cargo, para suplirlo en las conferencias de prensa matutinas y para estar al pendiente de los asuntos del Estado, aunque en ninguna de las dos ocasiones el presidente se ha ausentado totalmente del desempeño de sus funciones.

Sin embargo, ante cualquier contingencia, el primer mandatario se adelanta siguiendo lo dictado en el Artículo 84 de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos que a la letra dice: “En caso de falta absoluta del Presidente de la República, en tanto el Congreso nombra al presidente interino o substituto, lo que deberá ocurrir en un término no mayor a sesenta días, el Secretario de Gobernación asumirá provisionalmente la titularidad del Poder Ejecutivo.”

Una vez colocado en línea con lo que marca la Constitución, el presidente López Obrador ha echado mano de eso que sabe hacer muy bien: comunicar. Inmediatamente, a pocas horas de haber informado sobre su contagio, aprovechó la “Mañanera” del 11 de enero para presentarse vía remota desde su oficina en Palacio Nacional, para mostrarse consciente, fuerte y en control de la situación, como se dijo arriba. No se conformó con aparecer y hablar, se dio el lujo de medir su temperatura, 36.1, y nivel de oxigenación, 96, frente a la cámara, en un desplante comunicativo.

El mensaje: “Me da gusto poderme comunicar con ustedes. Estoy ronco, afónico, pero fíjense que bien. Este mensaje pues es para informar sobre cómo me encuentro, pero también para transmitirles mi experiencia ahora que me he vuelto a contagiar, con el propósito fundamental de que no nos espantemos. Afortunadamente, esta es una variante que no tiene el nivel, el grado de peligro que la variante Delta y lo estoy experimentando”, dijo, en efecto, notoriamente ronco. Agregó también haber tenido ardor en la garganta y algo de dolor de cuerpo, mismos que atendió con paracetamol.

Haciendo un breve análisis de contenido de este primer párrafo, destacan dos cosas: primera, la intención de AMLO de mostrarse entero ante una ciudadanía que podría sentirse inquieta ante la enfermedad del presidente; segunda, enviar un mensaje de tranquilidad a la población que, de manera cotidiana, observa en medios de comunicación y al lado suyo el avance innegable de esta nueva variante y el aumento acelerado de contagios. Es el capitán del barco que calma a su tripulación ante una tormenta de importantes dimensio nes.

El cierre del mensaje así lo confirma: “Creo que, afortunadamente, no vamos a necesitar hospitalizarnos ni vamos a sufrir con pérdidas de vidas humanas, esto es distinto, yo diría que este virus va de salida, ya se queda aquí nada más (señalando su garganta) no va a los pulmones y muy pronto las cosas van a normalizarse, hay que seguir haciendo nuestras actividades, desde luego cuidándonos, pero no alarmarnos. […] Yo voy a seguir trabajando, sí hay personas me voy a poner el cubrebocas (mostrando uno guardado en el cajón del escritorio), si no como lo estoy haciendo ahora, pero voy a seguir en mis labores y acuérdense que lo más importante es no vencerse aquí (señalando su cabeza). Hay que echarnos para adelante y tenemos como protección al creador, a la ciencia y, además, las ganas de vivir para llevar a cabo la transformación de México, un abrazo”.

Sin hacer transición pasó de su situación personal a una cuestión colectiva en la que el “nosotros” operó como el puente de unión entre una instancia y otra: “no vamos a necesitar hospitalizarnos ni vamos a sufrir con pérdidas de vidas humanas”. Ya colocado en este punto, hizo un llamado para no abandonar “nuestras” actividades confirmando, a manera de ejemplo, “yo voy a seguir trabajando”.

Igualmente, de manera inusual desde que comenzó la pandemia, hizo referencia al “cubrebocas”, mismo que tenía ya listo para usar en caso de que, por necesidad, algún colaborador(a) estuviera cerca de él.

El pensamiento simbólico no podía quedarse fuera. El cubrebocas no fue el único símbolo visible, la referencia al creador y a la ciencia sirvió para dirigirse a un amplio sector de la población, al creyente, sin importar a qué religión se pertenezca; y a un sector más acotado, pero igualmente importante, para quienes la investigación sistemática y la búsqueda de datos confiables es la norma que seguir, especialmente en el contexto de la actual pandemia.

Después de hacer alusión a estas dos dimensiones sociales de la vida humana, se remitió al estado mental, las ganas de vivir y la fuerza de voluntad que debe actuar para superar el más reciente reto de los que se han enfrentado en los dos últimos años. Por supuesto, “el político” no desaprovechó la oportunidad para reiterar el camino que se ha trazado en la búsqueda por “la transformación de México”.

Resalta el hecho de que esta no es la primera vez que AMLO asume una actitud serena ante la pandemia. De hecho, se puede afirmar que esto ha sido una constante. En más de una ocasión se le ha pedido, exigido, reclamado por no acatar a pie juntillas las recomendaciones de sus propios funcionarios de salud o las normas dictadas desde el ámbito internacional. Destaca su renuencia a utilizar cubrebocas más allá de las ocasiones en que ha debido hacerlo obligado por las circunstancias, cuando ha salido del país, por ejemplo.

Haciendo un ejercicio de interpretación, se podría decir que reconoce la importancia de “ser visto” y de no ocultar partes del rostro, razón por la cual la mayoría de las y los gobernantes del mundo o quienes pretenden serlo no portan barba, evitando con ello la impresión de que ocultan algo. Al parecer, pensando solo en su nivel de aprobación, el cual ronda el 70%, esto le ha funcionado.

Una inferencia más llevaría a suponer que otra resistencia, la de limitar abruptamente las actividades económicas, le llevó a poner por encima de las medidas sanitarias contingentes las acciones productivas que sostienen el nivel de vida de una población económicamente activa que, en su mayoría, cerca del 60%, se encuentra inmersa en el mercado informal.

Decisiones políticas, optar entre inconvenientes se diría. Lo mismo opera para su negativa a contratar deuda para la atención de la pandemia, buscando en el ahorro y disminución de los actos de corrupción gubernamental los recursos necesarios.

Una y otra vez, ese criticado aplomo, incluso para llamar a continuar con la vida cotidiana, sea que se haya entrado a la tercera o cuarta ola de contagios, apela justamente al estadista, a quien tiene a la vista todas las variables, todas las apuestas, todos los escenarios para saber en qué momento se debe “jalar la cobija” para un lado o para otro.

Nada fácil, podría decirse, a pesar de contar con más información que nadie en el país, o al menos así debería de ser, el presidente de la República no está exento de cometer errores. Un tiro de precisión o un mensaje lanzado a destiempo podrían tener graves consecuencias para la población, en primer lugar, y para él, en segundo lugar. Su intención de pasar a la historia de México como uno de sus mejores presidentes se vería oscurecida.

Sin embargo, hasta ahora, en lo que a la pandemia se refiere, la más larga vivida desde la llamada “Gripe Española” de 1918-1920, las cosas parecen marchar por el camino “menos desastroso” que no por el “mejor camino” cuando más de 300 mil personas han perdido la batalla y cuando millones han visto afectadas sus condiciones de vida.

Es así como AMLO, el jefe de Estado, el capitán del barco se enfrenta al mayor reto que la vida le ha impuesto. Nadie le dijo, que una vez cumplido su propósito de ser presidente de México las cosas se complicarían al punto de tener que optar entre inconvenientes tan graves.

Él mismo se ha expuesto, una y otra vez, al virus de Covid-19 mostrando, a través de lo que se podría denominar “pedagogía de la demostración” que la vida sigue, que no podemos rendirnos y dejar que el barco se hunda por más fuerte que sea la tormenta. Tampoco se puede permitir que el barco pierda el rumbo trazado antes de la pandemia, la Cuarta Transformación va porque va, contra viento y marea.

Ivonne Acuña Murillo.

Socióloga feminista, académica de la Universidad Iberoamericana. Analista política experta en sistema político mexicano y género. Autora de más de 250 artículos periodísticos y 25 académicos publicados en periódicos y revistas de circulación nacional. Ha contribuido al análisis del presente y el futuro de un país que se desgarra en múltiples medios escritos, radiofónicos y televisivos, tanto nacionales como internacionales.

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