AMLO: dos años de un gobierno difícil. Autora: Ivonne Acuña Murillo

Foto: Gobierno de México.

Por: Ivonne Acuña Murillo

En el momento que Andrés Manuel López Obrador (AMLO) fue declarado vencedor de las elecciones presidenciales de 2018, incluso antes, se sabía que el suyo no sería un gobierno sin sobresaltos. Las resistencias a lo que él concibió como un cambio de régimen se harían visibles, buscando preservar los privilegios por él amenazados. A esto se sumarían otros factores predecibles derivados de la propia personalidad presidencial. Lo que no estaba previsto, no sólo para México sino para el mundo, fue la pandemia de Covid-19 y sus consecuencias en materia sanitaria, económica, política y social, complejizando con ello una realidad ya de por sí complicada.

Simplificando: los dos años transcurridos en el gobierno de AMLO pueden resumirse en la siguiente fórmula: cambio de régimen + estilo personal de gobernar + pandemia de Covid-19 = gobierno difícil.

Cambio de régimen

Cuarta Transformación (4T) fue la oferta de López Obrador, una revolución pacífica, de las conciencias y la moral, que se sumaría a tres previas transformaciones: la Independencia, la Reforma y la Revolución de 1910. Cambio que subvertiría, como las tres primeras, la relación del gobierno con las élites y el pueblo. Más aún, que antepondría, de manera pacífica, las necesidades de las clases sociales menos favorecidas a los intereses de las élites política y económica.

“Primero los pobres” reza la consigna. El instrumento para lograrlo sería la reasignación del presupuesto anual, la reducción de gastos de la Administración Pública Federal, políticas públicas destinadas a ciertos grupos vulnerables y el cambio de prioridades. Promesas cumplidas como se puede constatar.

Son un hecho, la asignación de pensiones a personas de tercera y cuarta edad, las becas a jóvenes para estudiar y trabajar, el envío de recursos a proyectos comunitarios, impulsados por el propio gobierno, que tienen como objetivo la creación de empleos y la reactivación económica del campo, es el caso del proyecto “Sembrando Vida”.

Lo es también, la reducción del presupuesto asignado al gobierno federal y sus diferentes dependencias, así como el cambio de prioridades en materia presupuestaria y de reasignación de recursos, eliminando en lo posible el costoso intermediarismo.

Ejemplos: el apoyo directo a las familias y a las mujeres sin pasar por las estancias infantiles ni los refugios para mujeres que sufren violencia doméstica; la desaparición de apoyos directos a organizaciones de la sociedad civil y la desaparición de 109 fideicomisos. Con todos los riesgos y efectos negativos que conlleva recortar recursos a raja tabla, para analizar después, o no hacerlo, en cuáles de esas instancias específicamente se desviaba dinero de manera corrupta a bolsillos personales y/o a campañas políticas, entre otros destinos.

Una acción más que se ha traducido en reducción de gastos, en el marco del llamado cambio de régimen, es la disminución, por dos años consecutivos, del presupuesto designado a comunicación social. En 2019, el gobierno federal gastó 3,245 millones de pesos en publicidad oficial, de los 5,212 millones presupuestados, lo que representó una tercera parte del gasto ejercido durante el primer año del expresidente Enrique Peña Nieto (9,632 millones) y poco menos de la mitad del destinado por Felipe de Jesús Calderón Hinojosa (7,381 millones), según reporte de las organizaciones ARTICLE 19 y Fundar.

Sin embargo, hasta ahora, lo anterior no se ha traducido en una transformación visible de la relación gobierno-medios, toda vez que, de acuerdo con las organizaciones citadas, el 40% de los recursos fueron destinados a cinco, de 564, medios de comunicación, entre estos Televisa, TV Azteca y La Jornada.

Lo que, si ha significado un cambio en la relación del gobierno con los medios de comunicación son las Conferencias de Prensa diarias, conocidas como “las Mañaneras”. Estas se han convertido en el espacio de comunicación por excelencia del actual mandatario, que de esta manera establece un nuevo modelo de comunicación política, centrado en su imagen e intervención cotidiana y que combina rendición de cuentas, diálogo y propaganda.

A través de “las Mañaneras”, el presidente impone el ritmo y los temas que han de ser comunicados y discutidos en las diversas mesas de debate y, por supuesto, en las “benditas redes sociales”, sin importar si llenan primeras planas o no. Dichas conferencias le permiten, además, marcar cierta distancia de los espacios ofrecidos por las grandes cadenas televisivas, a las 9 de la noche en red nacional, logrando con ello cierta autonomía sin descartar la necesidad que dichas cadenas tienen de cubrir lo dicho cada mañana por el presidente de la República, a quien no pueden, o no conviene, imponer un cerco informativo, como hicieran cuando “sólo” era el principal opositor político.

“Las Mañaneras” son también el espacio desde el cual el presidente increpa, denuncia, etiqueta, descalifica a sus opositores políticos, incluyendo a periodistas y a los mismos medios de comunicación. Inusitado es, sin duda, que un presidente en funciones responda haciendo uso, como él mismo afirma, de su derecho de réplica.

Una transformación más se ha dado en la relación del Ejecutivo con los otros poderes, Legislativo y Judicial, en especial con este último, y con órganos autónomos como la Fiscalía General de la República (FGR) y el Instituto Nacional Electoral (INE). Autonomía relativa, toda vez que sería un suicidio político pretender que, en un sistema presidencialista, realmente el primer mandatario no buscara influir en las decisiones de tales instancias, por lo menos en torno a aquellos temas que le son cercanos y que facilitarían la ejecución de su plan de gobierno.

En última instancia, la política en una democracia supone tensión, negociación, enfrentamientos y búsqueda de equilibrios, o desequilibrios, en un esquema real de fuerzas en el que diversos intereses -políticos, económicos y sociales-, se enfrentan. Sería ingenuo pensarlo de otra manera.

El estilo personal de gobernar y la pandemia de Covid-19

Para muchos, la perseverancia de López Obrador fue una de las virtudes que le llevaron a la silla presidencial. Para otros, es un defecto que se asimila a la “tozudez” de quien no tiene la flexibilidad suficiente para cambiar de ruta.

Lo cierto es que, bien pueden ser ambas cosas: una virtud y un defecto. Virtud, cuando no permite que los imponderables, a los que se enfrenta toda administración, le desvíen del rumbo que se ha fijado. Defecto, cuando, efectivamente, no le dejan ver otras alternativas.

Dos ejemplos muy claros, en ambos extremos, lo ofrecen, primero, el Tren Maya, el Aeropuerto de Santa Lucía y la Refinería de Dos Bocas que, como se dice, “llueva, truene o relampaguee”, van porque van. Segundo, que, pese al surgimiento de una emergencia sanitaria mundial, que demanda atención y recursos económicos, el presidente se haya negado a abandonar, aunque sea temporalmente, sus proyectos para atender la pandemia siguiendo métodos neoliberales tradicionales como el aumento de la deuda pública y haya preferido “sacar debajo de las piedras”, de los fideicomisos, o de la misma administración pública (con más recortes, incluso a Pemex y CFE y con el riesgo de una parálisis operativa) el dinero para dirigirlo a la atención de la pandemia, sin sacrificar o posponer sus proyectos iniciales como las obras de infraestructura referidas o alguna otra política pública.

No ha cedido tampoco, al menos de manera ostensible, a las exigencias de las élites políticas y económicas que prefieren hundir al país antes de perder sus privilegios, siendo la resistencia ante las presiones, vengan de donde vengan, otra de sus posibles virtudes. A pesar de lo anterior, en materia macroeconómica se ha ceñido al canon neoliberal como muestra el peso mexicano, que se comporta como una de las monedas más estables del mundo, la baja inflación, el sostenimiento a cierto nivel de la deuda pública, etc., signos todos de una macroeconomía sana.

Otras virtudes más podrían sumarse, a gusto de quien escribe o lee, pero toca el turno a los defectos.

Ciertamente, el presidente persevera en ciertas prácticas y valores que no necesariamente le benefician a él o a su administración, sin notar que el contexto que le hicieron necesarios ya cambió. El viento hoy sopla para otro lado, habría que decirle a AMLO, “deja de remar a contracorriente” y suma otras causas a la tuya.

Es el caso de la lucha feminista, a la cual, en un principio, el presidente deslegitimó, queriendo o no, alineándola con los intereses conservadores de los políticos de derecha. Craso error, dentro del feminismo conviven diversas corrientes ideológicas, políticas, culturales, sin embargo, en función del objetivo común que desde estos diversos espacios se pretende no puede sino situársele como un movimiento progresista, cuya insistencia transformadora va más allá, en tiempo y profundidad, que la misma 4T.

En las últimas semanas, ha dejado de insistir en que la creciente violencia sufrida por las mujeres se debe sólo a la desintegración social provocada por el neoliberalismo para aceptar al machismo como otra de sus fuentes. Sin embargo, no alcanza a ver aún el sustrato histórico-cultural milenario que sostiene tal repertorio de violencias ni la conveniencia política de sumar a las mujeres feministas, a las de la segunda, tercera y cuarta ola, a su causa, no como remora ni como agregado incomodo, sino como aliadas.

En este punto, el político de avanzada que ha sido López Obrador arrastra algo de la ideología conservadora que critica al pensar en las mujeres como personas manipulables por los hombres.

Otro más que en tiempos de lucha política es una virtud, pero que en tiempos de gobierno podría no serlo, es el carácter confrontacionista propio del estilo personal de gobernar de AMLO. Estar continuamente señalando a sus “adversarios”, a los “conservadores”, a sus “malquerientes”, a los “abajo firmantes”, a los “hipócritas”, a la “mafia en el poder”, sirvió ciertamente para marcar una rotunda diferencia entre él y aquellos a quienes debía vencer políticamente.

Le permitió, igualmente, construir la imagen que posibilitó la conformación de un gran movimiento social, mismo que sirvió de apoyo en su carrera a la presidencia y que aun ahora le mantiene con altos índices de popularidad a pesar de los costos que supone ser gobierno.

De acuerdo con el estudio de Javier Márquez, reportado en Oráculos el 23 de noviembre, a 23 meses de su gobierno AMLO alcanza una aprobación promedio de 60%, en un rango que va de 51% a 68%, dependiendo de la casa encuestadora, y una desaprobación del 34%, también en un rango de 26% a 43%. El punto de comparación lo marca el 79% de aprobación promedio sostenida en enero de 2019, en un rango de 76% a 85%. Siguiendo con lo planteado, habría perdido en dos años, en el peor de los casos 28 puntos de aprobación, y el mejor de ellos 11.

Sea cual sea la pérdida de aprobación, esta sumaría el costo de lo hecho y dicho por López Obrador durante los primeros dos años de su administración en general, a los efectos de la pandemia de Covid-19 y las medidas tomadas al respecto. En este último caso, podría considerarse como defecto de obstinación su negativa a ponerse el cubrebocas para dar ejemplo de congruencia a la población, en especial a aquella que aún se resiste a hacerlo, elevando de manera peligrosa las cifras de contagios y fallecimientos.

Su espíritu confrontacionista ha servido también para hacer notar las resistencias al proyecto de transformación de la 4T y los ataques bajo los que se encuentra, entre ellos los de una débil oposición política que ha buscado unirse a los intereses amenazados de las élites económica e intelectual para obstaculizar la transformación que coloque los intereses de las grandes mayorías sobre los suyos.

Hasta aquí la pertinencia de una postura beligerante, en lo que sigue el presidente debería cambiar su discurso, oxigenarlo con ideas nuevas, dirigirlo a lo que viene en materia de la 4T, pasar de la repetición pedagógica negativa a la construcción discursiva y creativa de otras realidades en las que la confrontación abierta, que no soterrada y necesaria, deje paso a algo más productivo.

Es el momento de que el presidente comience a gobernar, discursivamente, para todos y todas, aunque persista en proteger los intereses de los millones de personas menos favorecidas, superando el entrampamiento que conlleva dividir a la población en dos: los que le aman y los que le odian, aunque ninguno de los dos desaparezca.

“Optar entre inconvenientes”, dice el actual presidente de la República cuando se refiere a la política. Nunca como ahora esta frase adquiere un sentido relevante y el primer mandatario debe aplicarla pensando en los próximos cuatro años de gobierno, teniendo en cuenta que, del resultado de las elecciones presidenciales de 2021 dependerá si entra a su tercer y cuarto año de gobierno como un presidente más fuerte que el de los dos años previos, siguiendo el esquema del priismo clásico, o no.

Si AMLO alcanza la cumbre de su poder como presidente, entre 2021 y 2022, podrá profundizar los cambios propuestos por la 4T, una vez construidos los cimientos de su poder en los dos años previos. De no ser así, tendría que comenzar a pensar sí, quien le suceda, podrá hacerlo.

Para finalizar, se antojan tres preguntas de filosofía política: ¿Qué opinaría Maquiavelo, el gran observador de la política real, sobre un presidente que se sabe amado por una parte de la población y odiado por la otra y que entre un polo y otro hace y deshace al antojo de un plan de Nación concebido décadas atrás? ¿Qué le aconsejaría a alguien que toma decisiones arriesgadas, para él y para quienes gobierna, con la mira puesta en el futuro utópico que soñó en el despertar de su conciencia política? ¿Lo tomaría como modelo de su nuevo Príncipe o como ejemplo de lo ya escrito?

Ivonne Acuña Murillo
Ivonne Acuña Murillo

Socióloga feminista, académica de la Universidad Iberoamericana. Analista política experta en sistema político mexicano y género. Autora de más de 250 artículos periodísticos y 25 académicos publicados en periódicos y revistas de circulación nacional. Ha contribuido al análisis del presente y el futuro de un país que se desgarra en múltiples medios escritos, radiofónicos y televisivos, tanto nacionales como internacionales.


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