“AMLO contagiado y frente al gobierno ¿quién?”. Autora: Ivonne Acuña Murillo

Foto: Notimex-Javier Lira.

El domingo 24 de enero, por la tarde, el presidente de la República, Andrés Manuel López Obrador (AMLO), informó vía Twitter que había dado positivo a COVID-19. De inmediato se incendiaron las redes sociales con opiniones a favor y en contra. Una vez pasada la etapa de los juicios exprés, comenzaron a analizarse las posibles consecuencias de que el primer mandatario no pueda cumplir en todo momento con las funciones públicas determinadas en la Constitución ni con aquellas que él mismo se ha impuesto.

El primer ajuste visible es su inasistencia, a partir del lunes 25 y por primera vez desde que comenzó el sexenio, a las Conferencias de Prensa de cada mañana. La necesidad de atender los síntomas propios de la enfermedad provocada por el coronavirus SARS-CoV2, hasta ahora leves según se ha informado, y evitar contagiar a su equipo cercano le obliga a mantenerse en aislamiento.

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En su lugar, la secretaria de Gobernación, Olga Sánchez Cordero, fue instruida por el propio presidente, como ella misma comunicó, para continuar con el ejercicio de rendición de cuentas que suponen las llamadas “Mañaneras” y “atender los asuntos públicos que él mismo indique para seguir informando al pueblo de México sobre la situación en que se encuentra nuestro país…”.

Como abogada, ex ministra de la Suprema Corte de Justicia, conocedora de la Constitución y de las implicaciones que supone la falta de un presidente en funciones, Sánchez Cordero ha tenido mucho cuidado en dejar claro que el presidente “sigue dirigiendo a distancia los esfuerzos de esta Cuarta Transformación de la vida pública de México (…) (que) se encuentra en pleno ejercicio de sus funciones como presidente de la República. Él mismo continuará pendiente de los asuntos públicos como lo hizo esta mañana (…) y lo hará en un momento más con la llamada que tiene pendiente, a las 8, con el señor presidente Bladimir Putin (…).

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En este punto de su discurso, la funcionaria ya había asentado tres cosas: primera, las instrucciones de López Obrador; segunda, el pleno ejercicio, a distancia, de las funciones presidenciales; tercera, un ejemplo verificable de tal ejercicio, cuidando de subrayar que no suplía al presidente en sus funciones ejecutivas sino solamente al frente de las conferencias de prensa de cada mañana.

Y para que no quedara duda, recalcó que: “El presidente de todas y de todos los mexicanos es uno, el presidente Andrés Manuel López Obrador, y que debe quedar claro (…) se encuentra bien, se encuentra fuerte y se encuentra resolviendo y al pendiente de todos los asuntos públicos y coordinando y atenderá de manera remota algunas reuniones y continuará dando las instrucciones necesarias”.

Se preguntará usted porqué tanto prurito. La respuesta se encuentra en la preparación formal y experiencia jurídica de la exministra y en su apego al Artículo 84 Constitucional de acuerdo con el cual: “En caso de falta absoluta del Presidente de la República, en tanto el Congreso nombra al presidente interino o substituto, lo que deberá ocurrir en un término no mayor a sesenta días, el Secretario de Gobernación asumirá provisionalmente la titularidad del Poder Ejecutivo.”

Sin embargo, no fue la necesidad de establecer que no es necesario (aún) observar dicho mandato constitucional, pues “el presidente se encuentra estable y pronto, muy pronto se recuperará”, lo único que llevó a la secretaria a hacer tantas puntualizaciones, una lectura correcta del contexto histórico-político le impuso la tarea de recalcar, una y otra vez, que el presidente no ha abandonado sus funciones, sabedora de que aquellos grupos políticos y económicos que se han empeñado en acortar el tiempo de AMLO en la silla presidencial no dejaran pasar lo que parece una oportunidad de oro.

No desperdició tampoco la oportunidad de recordar que el presidente “Es un hombre optimista, un verdadero representante del pueblo y un mandatario responsable. Es un ejemplo a seguir, un líder que nos inspira a todos, a todo su equipo y en unos días estará con nosotros para continuar con el mandato que le ha otorgado el pueblo de México”.

Hasta aquí, Sánchez Cordero parecía sólo la emisaria encargada de “calmar las aguas”, para, en un segundo momento, afirmar que “el trabajo de este gabinete no se detiene y por ello continuaremos dando cuenta del ejercicio del gobierno en los términos de las leyes y de la Constitución”.  Aprovechó también para “hacer un llamado a la población” para que continúe acatando las recomendaciones de las autoridades sanitarias.

Una vez hechas las debidas puntualizaciones, comenzó a cumplir con la delegada función de informar al precisar que el secretario de Salud, Dr. Jorge Alcocer Varela, está al frente del equipo médico que atiende al presidente. Informó también que ella se había hecho la prueba PCR, para descartar un diagnóstico positivo de COVID-19. Horas más tarde, compartió en Twitter los resultados negativos de dicha prueba.

Tal vez por la premura con que asumió su nueva responsabilidad fue imprecisa al informar que el presidente se encontraba convaleciendo en su casa y no en Palacio Nacional donde realmente está.

Pero, esta no es una crónica de lo dicho por Sánchez Cordero en la primera “Mañanera” de su vida, sino un análisis sobre las implicaciones que se derivan de su discurso y sobre las posibles consecuencias de la enfermedad del presidente.

A través de las palabras de la exmagistrada es posible advertir la importancia que tiene para la gobernabilidad del país el fuerte liderazgo del presidente López Obrador. Para que la conducción del timón se mantenga firme es preciso abonar a la percepción de que el primer mandatario sigue al frente del barco, más allá de que en los hechos sea así.

Es trascendente mantener vigente la imagen de autoridad que permita conducir los asuntos gubernamentales por buen camino, cuidando de no subvertir el orden establecido, de ahí las precisiones de la secretaria para que no se piense que está asumiendo funciones que, todavía, no le corresponden.

En un sistema político presidencialista como el mexicano, ningún funcionario público de alto nivel puede o debe mostrarse más poderoso que el primer mandatario, sobre todo si quiere seguir en su encargo. Menos en un momento en que se acude a la reedición del poder presidencial. Sin embargo, esta limitación se vuelve una contradicción en un momento en que la salud del presidente López Obrador se ve trastocada y requiere delegar al menos una de sus funciones a un subalterno.

El fuerte liderazgo del primer mandatario, se diría su forma personal de gobernar, no necesariamente diferente a mucho de lo visto en el pasado político de México, hace aparecer a los miembros de su gobierno como menores de edad. O, al menos, así se ven cuando se coloca detrás de ellos en las conferencias mañaneras o cuando les corrige la plana en público.

De esta forma, el propio López Obrador genera un ambiente en el que “su gente” no se siente segura para expresar lo que realmente piensa en torno a cómo se deben hacer las cosas en la actual administración. Como contraparte, se debe afirmar la permanencia de una cultura política según la cual, los miembros de la Administración Pública se someten hasta en tanto no estén en posibilidad de hacerse del poder gradualmente, por ejemplo, durante el proceso de sucesión.

Así, cuando el presidente pregunta la hora, la respuesta esperada, por ambas partes es: “la que usted quiera”. Aquí cabe preguntarse por qué el subsecretario de Prevención y Promoción de la Salud, Hugo López-Gatell o el mismo secretario de Salud, el Dr. Alcocer, no indicaron con firmeza al presidente que debía usar el cubrebocas, además de convencerlo de posponer sus encuentros cara a cara. Acción que, tal vez, habría evitado que se contagiara.

Esto no quiere decir que no haya entre los miembros del gabinete funcionarios y funcionarias capaces de enfrentar con éxito sus encomiendas, debido a su experiencia y preparación. Significa que el fuerte liderazgo personalista de López Obrador opaca, y en algunos casos anula, la personalidad de sus colaboradores.

Lo anterior es evidentemente cierto en lo que respecta a la secretaria de Gobernación, en torno a la cual opera un elemento más: el hecho de que el propio presidente haya reducido su presupuesto y funciones. El primero sufrió un recorte de 90.31%, pasando de 60 mil 783 millones 83 mil pesos, en 2019, a 5 mil 891 millones 930 mil pesos, en 2020.

Por otra parte, la función no realizada por Sánchez Cordero que más preocupa y que evidentemente nadie está realizado, más allá del presidente, es la de coordinar al gabinete legal y ampliado. La razón, nuevamente, la costumbre del primer mandatario de centralizar en su persona la responsabilidad total de la administración de los asuntos públicos. Es así como, la exministra nunca ha desempeñado aquellos oficios que tradicionalmente hacían poderoso a todo secretario de Gobernación.

Desde que se publicó en el Diario Oficial de la Federación, el 29 de diciembre de 1976, al inicio del sexenio del expresidente José López Portillo (1976-1982), la primera Ley Orgánica de la Administración Pública Federal, quedó asentada, en el Artículo 27, Fracción I, como primera función de quien fuese titular de la Secretaría de Gobernación, la siguiente:

Coordinar, por acuerdo del Presidente de la República, a los Secretarios de Estado y demás funcionarios de la Administración Pública Federal para garantizar el cumplimiento de las órdenes y acuerdos del Titular del Ejecutivo Federal. Para tal efecto, convocará por acuerdo del Presidente de la República a las reuniones de gabinete; acordará con los titulares de las Secretarías de Estado, órganos desconcentrados y entidades paraestatales las acciones necesarias para dicho cumplimiento, y requerirá a los mismos los informes correspondientes.

Después de la última reforma del 22 de enero de 2020, se estipuló como primera fracción aquella correspondiente a la “formulación y conducción de la política interior”, quedando como segunda la fracción correspondiente a la coordinación del Gabinete, con una pequeña variación en la redacción:

Coordinar a los Secretarios de Estado y demás funcionarios de la Administración Pública Federal para garantizar el cumplimiento de las órdenes y acuerdos del Titular del Ejecutivo Federal, y por acuerdo de éste, convocar a las reuniones de gabinete; acordar con los titulares de las Secretarías de Estado, órganos desconcentrados y entidades paraestatales las acciones necesarias para dicho cumplimiento, y requerir a los mismos los informes correspondientes.

Haciendo una lectura atenta de todas las fracciones que componen el Artículo 27 de la citada ley, se puede observar el enorme campo de acción y de poder que suponía, hasta antes de este sexenio y aún de la misma Ley Orgánica, ser cabeza de la Secretaría de Gobernación en México. Para reforzar esta idea basta sólo recordar a quienes han ocupado este importante encargo y la trascendencia, para bien o para mal, de sus acciones: Plutarco Elías Calles (1920-1923), Lázaro Cárdenas del Río (1931), Gustavo Díaz Ordaz (1958-1963), Luis Echeverría Álvarez (1964-1969), entre otros expresidentes de la República, Jesús Reyes Heroles (1976-1979), Manuel Bartlett Díaz (1982-1988), Fernando Gutiérrez Barrios (1988-1993), etc.

Como es sabido, Sánchez Cordero no ha tenido la oportunidad, como se apuntó arriba, y tal vez tampoco el carácter, probablemente porque en su trayectoria profesional no fue necesario abrirse paso y mantenerse a puntapiés y codazos, para asumir plenamente ese poder.

La falta de experiencia política en las lides que supone la gobernanza interna de un país y las restricciones impuestas desde la presidencia se ven aderezadas con un tercer elemento, como Sánchez Cordero sostuvo, en octubre de 2020. La secretaria afirmó que, en ocasiones, había sido víctima de actitudes misóginas dentro del Gabinete de Seguridad, en el que su opinión no era tomada en cuenta, a pesar de tener la razón y aportar algo importante.

De manera singular, en la Fracción XIII de la Ley que rige a la Administración Pública Federal, desde 1976, se reconoce como facultad del secretario de Gobernación: “Presidir el Consejo Nacional de Seguridad Pública en ausencia del Presidente de la República”. Esta fracción aparece todavía en la reforma de 2014 pero desaparece en la reforma del 22 de enero de 2020, por lo que quien ocupa dicha dependencia forma parte del Gabinete de Seguridad, pero no lo preside.

Aunque la exministra aclara que el trato misógino no es achacable al presidente de la República, “quien siempre le había dado su lugar”, cabe preguntarse si de manera no intencional López Obrador la colocó en ese lugar.

Lo desarrollado hasta aquí no solo tiene como propósito contextualizar la posición en la que se encuentra la secretaria de Gobernación al momento en que debe suplir al presidente en una de sus funciones autoasignadas más importantes: la conducción de las conferencias “Mañaneras”, sino problematizar uno de los escenarios posibles.

Aunque desde esta colaboración se hacen votos por el pronto restablecimiento del presidente López Obrador, por su bien y el de todas y todos, es obligación de quien analiza pensar en prospectiva y preguntarse ¿Qué pasaría si se prologa la enfermedad del presidente? ¿Qué pasaría si el primer mandatario requiriera pedir licencia de su cargo por unos días o semanas para atender su salud?

Ya en la Constitución Política, en el Artículo 84, párrafo primero, se prevé el procedimiento a seguir, por lo que en términos jurídicos no habría problema. Sería la secretaria de Gobernación la encargada de asumir la presidencia, de manera provisional y hasta por 60 días.

Pero, si en materia legal la solución es clara, no lo es términos de política real. ¿Podrá Sánchez Cordero superar las barreras que le han sido impuestas desde que asumió la que era la principal posición en el gabinete presidencial? ¿Verán en ella los miembros de la Administración Pública Federal y demás instancias políticas nacionales y locales a la persona idónea para mantener en marcha a la 4T, cuando se han dedicado a ignorarla en anteriores circunstancias?

Se espera, como se dijo, que esto no sea necesario. Toca por ahora observar cómo las restricciones impuestas a Olga Sánchez Cordero le complican la primera encomienda de envergadura delegada por el presidente López Obrador. Como ejemplo, lo ocurrido en la primera mañanera de la exministra en la que quedó evidenciado que, como se diría coloquialmente, “cuando el gato no está los ratones hacen fiesta”.

¿También harán fiesta los demás miembros del gabinete? O, en otros términos: “AMLO contagiado y frente al gobierno ¿quién?”

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