American Psycho, sangre en el Capitolio. Autor: José Reyes Doria

Imagen ilustrativa.


José Reyes Doria
@jos_redo

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Psicópata Americano, es una de las grandes novelas norteamericanas contemporáneas. El autor, Bret Easton Ellis, construye una atmósfera desquiciante donde el personaje emblemático, Patrick Bateman, encarna los extremos de la decadencia moral estadounidense en una orgía de sangre, sadismo y locura. Bateman es un junior de la oligarquía financiera neoyorquina, empeñado en afirmar incesantemente su poder, su superioridad moral y su excepcionalidad. Ellis retrata magníficamente el contexto social envenenado por el individualismo exacerbado, la competencia demencial y la aniquilación del otro como recurso válido para lograr la supremacía sin límites.

Es el imperio del dinero, el mundo de los jóvenes millonarios cuyo poder los ubica en una isla de privilegios absolutos, donde dan rienda suelta a los comportamientos más torcidos, siempre conscientes de la impunidad de la que gozan. Es la casta alienada de la realidad social marcada por una creciente desigualdad económica y social, producto de la gradual pérdida de peso de la presencia económica y política de los Estados Unidos en el mundo. La historia trascurre en los años ochentas (coincidiendo con la juventud de Donald Trump), época de crisis económica y existencial del Imperio Americano que empujó a la oligarquía a encerrarse en sí misma, por eso, Pat Bateman solo tienen contacto con la realidad social a través de la prostituta a la que descuartiza, el mendigo al que apuñala, el homosexual al que estrangula, el negro o el hispano camareros a los que desprecia.

Este es el clima propicio para la ruptura de todo orden, para, como el personaje de la novela, escalar hasta la práctica del asesinato sistemático, el exterminio sangriento de todos los que no lo veneran, una saga depredadora cuyas víctimas iniciales son los débiles, los parias, los excluidos, pero que escala hasta devorar a sus pares, en una espiral sin límites. Y cuando el psicópata tiene un momento de lucidez y confiesa sus crímenes, el poder público corrupto hasta la médula, en la figura de un despistado detective, no le cree o piensa que es inútil aplicar la ley a los dueños del dinero.

¿Es Donald Trump un Psicópata Americano? Para muchos observadores y para una buena porción de la sociedad mundial, la respuesta es sí. Desde luego, la expresión de esta psicopatía no sería ni el asesinato ni la incontenible violencia sangrienta, pero sí sería la determinación sistemática de destruir el orden, la legalidad, la civilidad y las normas elementales de ética y la moral pública y social. En la novela referida, la violencia y la sospecha de los asesinatos de Bateman no generaban ningún reproche de parte de su círculo social; en el caso de Trump, el reconocimiento de sus trampas, sus acosos a mujeres, y hasta su dicho de que podía matar a alguien en la calle y aun así ganaría las selecciones, no le generaron ninguna sanción social y, en efecto ganó las elecciones de 2016.

El 6 de enero la sangre llegó al Capitolio. Donald Trump, en una dinámica demencial, arengó sin cesar a sus seguidores para que tomaran por asalto la ley, las instituciones y la democracia misma de los Estados Unidos. Trump no creó la polarización social de los Estados Unidos, la cual comenzó un proceso de profundización desde la época en que transcurre la novela de Ellis. La polarización como expresión de la desigualdad. En las últimas décadas, la desigualdad endémica de la sociedad capitalista gringa comenzó a generar más y más pobreza. La discriminación y exclusión racial se han acentuado y recrudecido. Por su parte, el establishment no ha atinado a encontrar las formas de solucionar o al menos mitigar estas tensiones que amenazan la estabilidad americana.

Trump no invento todo esto, pero no tuvo el menor reparo en capitalizarlo en un discurso básico, simple, limitado, pero poderoso para entronizar a los sectores sociales más perjudicados y resentidos, las víctimas del nuevo reparto económico y social. Eso sí, Trump no incluyó en su discurso redentor ni a los afroamericanos, ni a los hispanos, ni a los migrantes, ni a las mujeres. Al contrario, se atrincheró en el pueblo blanco, con formación educativa, obreros y granjeros relegados por la globalización, para lanzar una narrativa de odio contra todo lo demás y exacerbar los sentimientos de venganza social. Ya sin enemigos externos verosímiles, Trump convirtió en enemigos internos de Estados Unidos a todos los que están fuera del círculo de sus bases.

Para Trump, como para el Bateman de la novela, la aniquilación del otro no implica el menor escrúpulo. Destruir el valor simbólico del Capitolio, aplastar la legalidad, desconocer el pacto político fundador de los Estados Unidos, son acciones que no inhiben ni al granjero de Iowa ni al obrero automotriz desempleado de Detroit, mucho menos al magnate neoyorquino. Jake, el hombre con el tocado de bisonte, el de los largos cuernos, es un ejemplo del supremacista blanco que asume con naturalidad la insurrección y la profanación de la silla del presidente del Congreso de los Estados Unidos.

He comentado en otros artículos que la democracia estadounidense tiene fuertes bases institucionales, lo cual le ha permitido contener fenómenos disruptivos como la irrupción de Trump. Pero es evidente que la sociedad estadounidense no solo está dividida, sino que está herida por tensiones raciales, sociales, económicas, culturales, que, hoy por hoy, amenazan seriamente la estabilidad de los Estados Unidos. La insurrección del 6 de enero, solo sería el preámbulo de una guerra civil, si es que el establishment no toma conciencia de la situación y emprende reformas radicales para aliviar las distorsiones y las exclusiones económicas, sociales, raciales, regionales, educativas, de acceso a la salud.

La Pax Americana, orgullo de los ideólogos del Imperio Americano, está en crisis, porque se ha basado siempre en la idea de que la prosperidad y la auto noción de grandeza encubren o mediatizan las tensiones y las contradicciones internas. Convendría que voltearan a ver la Pax Romana, que duró siglos porque el Imperio Romano encontró la forma de prolongar la prosperidad e incluir a todo el mundo con la ciudadanía universal. De otro modo, en el corto plazo, el hombre-bisonte volverá a sentarse en la silla presidencial del Congreso, pero luego de una guerra fratricida y esta vez para gobernar.

José Reyes Doria
José Reyes Doria

Politólogo por la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM.
Asesor parlamentario en diversos órganos de gobierno y comisiones de la Cámara de Diputados del Congreso de la Unión.
Colaborador en portales informativos. Conferencista sobre temas legislativos y políticos. Consultor en materia de comunicación política, prospectiva y análisis de coyuntura. Contacto: reyes_doriajose@hotmail.com

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