Votar o no votar: Hamlet, la “izquierda” y la “derecha”. Autor: José Reyes Doria
José Reyes Doria | @jos_redo Como pocos saben, el próximo domingo 1 de junio serán las elecciones judiciales, las votaciones para elegir ministros de la Corte, magistrados y jueces. La reforma judicial ha suscitado infinidad de debates. Ahora, ante la fase culminante de la jornada electoral correspondiente, cobra gran relevancia el dilema que bien podría […]

José Reyes Doria | @jos_redo
Como pocos saben, el próximo domingo 1 de junio serán las elecciones judiciales, las votaciones para elegir ministros de la Corte, magistrados y jueces. La reforma judicial ha suscitado infinidad de debates. Ahora, ante la fase culminante de la jornada electoral correspondiente, cobra gran relevancia el dilema que bien podría hacer suyo Hamlet: votar o no votar, he ahí la cuestión.
La decisión entre votar o no votar, depende de innumerables factores y consideraciones, entre otros los siguientes:
1.- El abstencionismo no siempre es una decisión política consciente y compleja. En las elecciones intermedias, cuando se eligen solo diputados federales, el abstencionismo suele ser mayor al 50 por ciento, llegando en ocasiones hasta el 65-70 por ciento. En las elecciones presidenciales, el abstencionismo ronda el 40 por ciento. La pregunta es si esos millones de personas que no votan en las elecciones intermedias, lo deciden a partir de una reflexión a partir de la cual concluyen que abstenerse es una forma de enviar un mensaje político personal. Me parece que sí hay casos así de posicionamiento personal a través de la abstención, pero son los menos, cuando mucho el 1-5 por ciento de los abstencionistas. El resto no vota por desinterés general, porque tiene otras cosas que prefiere hacer, porque no sabe que habrá elecciones y otros motivos menos elevados.
2.- La elección judicial del 1 de junio, es mucho menos atractiva que una elección intermedia. Las razones son evidentes: la elección judicial no tiene el atractivo de las candidaturas de diputados, senadores, alcaldes o Presidente de la República; respecto a estas figuras, la gente tiene nociones básicas sobre su función, que son gobernar y hacer leyes; pero respecto a la elección judicial, la inmensa mayoría no sabe qué hacen ministros, magistrados y jueces; la gente no conoce a los candidatos judiciales, son centenas de ellos, no les dicen nada; dado el número de candidatos y de boletas y de cargos, es sumamente complicado elegir ya estando en la urna; además, es la primera vez de esta elección.
3.- Diversos aspectos del proceso reformador y electoral judicial desaniman a amplios sectores sociales. La reforma judicial generó profundas divisiones en la sociedad. En el debate público, proyectaron más solidez los argumentos en contra de establecer la elección popular de ministros, magistrados y jueces, que los argumentos a favor, si bien éstos tienen el poderoso argumento de la elección popular de los tres Poderes. En cuanto al proceso de selección de candidatos, la promoción de las elecciones por parte del gobierno, la abierta injerencia de los gobiernos locales y federal, el activismo partidista, la precariedad de la organización por parte del INE, los acordeones, entre otros, son factores que han terminado por desanimar a mucha gente de votar el domingo.
4.- Entonces, de arranque la elección judicial ya trae la inercia de un abstencionismo de alrededor del 70 por ciento. En efecto, debido a los factores antes mencionados, la elección del domingo tiene un techo de 30 por ciento de participación, es lo máximo a lo que podría aspirar. Lograrlo sería un éxito espectacular. Alcanzar la mitad de ese techo, es decir un 15 por ciento de votación, podría presumirse como un resultado altamente satisfactorio. Los actores políticos, en el gobierno, los partidos, saben que estas son las coordenadas para evaluar los resultados de la elección judicial en materia de movilización y participación de electores. Podemos aventurar un pronóstico: 7-9 de participación.
5.- La difuminación de las nociones de “izquierda” y “derecha”. Desde el aparato de propaganda del régimen, se intensifica el uso indiscriminado del término “derecha” para descalificar y estigmatizar a todo aquel que se opone a la elección judicial. Desde la presidenta Claudia Sheinbaum (que quizás no debió entrar a la promoción sistemática del proceso, por aquello de salvaguardar la investidura), hasta los más anodinos panfleteros en redes sociales, diarios y medios públicos, han recurrido a acusar de derechistas a quienes critican la elección judicial. Han llegado a la situación cargada de irrealidad de descalificar a la CNTE asestándole la etiqueta de agentes de la derecha, sin más base que la presunción de que van a boicotear la elección judicial.
6.- Las acusaciones de ser de derecha, van acompañadas de una auto denominación de izquierda de los acusadores. En muchas ocasiones, la irrealidad es palpable también en esto, pues en el bando de las izquierdas militan empresarios multimillonarios con casas en EEUU, ex priistas antes impresentables, ex panistas cuasi medievales, cúpulas sindicales que siempre se acomodan con el régimen, periodistas y propagandistas antes abrevadores del PRIAN, grupos y organizaciones efectivamente de izquierda que hoy ya no exigen desmontar las estructuras del neoliberalismo, etcétera. Es así como el uso y abuso de las categorías de “derecha” e “izquierda”, desdibujan cada vez más su significado político y cultural. Mismo proceso está experimentando el concepto “pueblo”.
7.- No todos los que se oponen a la elección judicial son de derecha ni son la encarnación del demonio. Sobre todo, si existen argumentos bien fundados para no votar. El debate debería, también, desplegarse en torno a esos argumentos, en contraste con las consideraciones que esgrimen quienes llaman a votar, que también tienen buenos argumentos. Unos dicen que la reforma es una peligrosa farsa que atenta contra la República y que por ello no votarán, para no legitimarla. Otros dicen que la elección judicial es un mandato constitucional soberano. En medio de ambas posturas hay mil probabilidades de diálogo y entendimiento, pero los ultras de cada bando impiden, por el momento, aprovecharlas.
8.- ¿Ya está decidido quiénes van a ganar, y por eso no vale la pena ir a votar? Tiene sentido la impresión de que los ganadores para ser ministros de la Corte ya están definidos “desde arriba”. Desde el momento mismo de la definición de candidaturas, hasta la pública e incesante promoción de candidatas y candidatos específicos, y además con el monumental tema de los acordeones que indican al elector por quién votar, se fortalece la sensación de que ya está decidido quiénes integrarán los nueve asientos de la Corte y quién la presidirá. Esta impresión está presente en todos lados, entre propios y extraños, entre “derechas” e “izquierdas”.
9.- ¿Y el resto de la reforma en materia de justicia? La jornada electoral del domingo es también un llamado al bloque hegemónico a realizar las demás reformas en la materia: cambios y recursos para agilizar los procesos judiciales; cambios para garantizar el acceso a la justicia para pueblo, los de abajo, los pobres, los jodidos que no tienen ni para trasladarse a un juzgado, menos para pagar un amparo o un buen abogado; la depuración, profesionalización y elección de las fiscalías; incremento sustancial y profesionalización de peritos y ministerios públicos; etcétera.
10.- ¿Votar o no votar? Es una decisión personal. La abstención no está prohibida, ni es delito. Pero es válido que alguien llame a votar, así como es válido que otros llamen a no votar. La decisión no tiene la dimensión trágica que agobiaba a Hamlet, no es un dilema entre la muerte y el sufrimiento eterno. Realmente no cambiará el resultado si yo o tú vamos o no vamos a votar. Lo importante es tratar de abrir la perspectiva política e histórica, ubicar el lugar y la relevancia de la reforma judicial, y siempre mantener el enfoque crítico ante las decisiones y omisiones del poder.

