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Vargas Llosa: se fue el Último Gigante, que incomodaba a fanáticos de izquierda y derecha. Autor: José Reyes Doria

Fotografía Archivo Cuartoscuro

Cuando murió García Márquez, y ahora que muere Vargas Llosa, pululan expresiones realmente miserables de personas que se alegran de que hayan muerto esos a los que llaman “infames, basuras, traidores”.

José Reyes Doria | @jos_redo

Murió Mario Vargas Llosa, escritor canónico que elevó a las máximas alturas la narrativa latinoamericana. Con él, acaba una época de oro de las letras de América Latina, que incluyó a otros gigantes como Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes, Julio Cortázar, José Donoso, Juan Rulfo, Alejo Carpentier, Miguel Ángel Asturias, quienes aportaron al mundo una versión inexplorada del arte de la novela. Esa era gloriosa, se robusteció con la presencia luminosa de poetas de la talla de Octavio Paz, Gabriela Mistral, Jorge Luis Borges o Pablo Neruda. Se acabaron los gigantes, las figuras del escritor-intelectual-oráculo que cautivaban a países enteros y tocaban el sistema nervioso de los gobernantes.

La obra narrativa de Vargas Llosa es, tal vez, la más política del llamado boom latinoamericana. Dicho de otra forma, en sus novelas está presente de forma absoluta y magistral la dimensión política de la vida. Como en La Guerra del Fin del Mundo, donde Vargas Llosa explora las posibilidades de emancipación de los desposeídos más estrafalarios, que de la forma más inesperado logran organizar una rebelión popular que cuestiona y pone a temblar a un régimen autoritario. En esta novela epopéyica, se captura con enorme olfato y talento la naturaleza de la política latinoamericana: autoritaria, estridente, insensible, corrupta y demagógica, hasta que viene una revolución y cambia las cosas, pero solo un poco y por poco tiempo.

O como La Conversación en la Catedral, donde el Nobel peruano reconstruye toda la mitología de los ímpetus revolucionarios de los jóvenes, los periodistas, los lumpen que sufren y aborrecen a los gobiernos típicos de América Latina. La política dibujada aquí como la presencia asfixiante que frustra y pervierte todo tipo de anhelo justiciero, en un intenso cuestionamiento de las convicciones ideológicas, los intereses más cínicos y los abismos existenciales. O como la última gran obra maestra de Vargas Llosa y del boom, La Fiesta del Chivo, donde retrata la fenomenología más cruda del tirano latinoamericano.

Vargas Llosa fue un ave de tempestades por sus posiciones político-ideológicas. En un principio, en el auge del boom latinoamericano, sus integrantes más conspicuos se ubicaron gustosamente en el flanco popular de izquierda, fuertemente influenciados por la revolución cubana, y motivados por los autoritarismos y dictaduras arbitrarias en sus respectivos países. Sin embargo, a partir de mediados de los años setentas, escritores como Vargas Llosa se volvieron críticos del régimen de Fidel Castro y empezaron a abrazar ideas liberales. Al mismo tiempo, personalidades como García Márquez se convirtieron en defensores incondicionales del castrismo.

La historia de la genealogía y motivaciones de esa división ideológica del boom latinoamericano es mucho más compleja. Por lo pronto, es interesante señalar que no todos los gigantes del boom tenían dotes intelectuales suficientes para articular un discurso político-analítico tan poderoso como lo era su discurso literario. De hecho, a mi parecer el más profundo en el pensamiento histórico-político fue Octavio Paz, y también fue muy completo Carlos Fuentes; uno más cargado al liberalismo, el otro más inclinado a las izquierdas populares.

Vargas Llosa asumió una postura cada vez más crítica de los gobiernos populares. A mi parecer, sus señalamientos al autoritarismo de regímenes como el cubano o el nicaragüense eran básicamente irrefutables. Aunque el Nobel peruano siempre añadía una buena dosis de visceralidad en esas críticas, que, por lo demás, eran y son propias de la intensidad del debate político-ideológico en América Latina. Irremediablemente, las posturas de Vargas Llosa coincidieron con el modelo económico y político impuesto por el neoliberalismo. La verdad es que el discurso ideológico de Vargas llosa era elemental, rayando en lo rudimentario, pues, como dije antes, carecía de las capacidades teóricas de un Paz o un Fuentes.

Otras figuras como García Márquez, fueron aún más esquemáticas y rupestres en sus posturas y opiniones políticas. Su relación con el régimen cubano y también la carencia de dotes teórico-analíticas, generaron situaciones en las que el inmenso genio colombiano emitía opiniones y posturas realmente panfletarias. Igual que Vargas Llosa, aunque el peruano elaboraba un poco más sus dichos.

Aquí es donde es indispensable expresar lo siguiente: tanto a Mario Vargas Llosa, como a Gabriel García Márquez, Octavio Paz o cualquier otro genio y artista de su talla, debe reconocérseles su inmenso talento, honrar la luminosidad de su obra artística. Desde luego, es válido criticarlos por sus posiciones político-ideológicas, pero ese enfoque debería basarse en un estudio amplio y profundo para entender sus ideas, no para lapidarlos. Porque efectivamente, cuando murió García Márquez, y ahora que muere Vargas Llosa, pululan expresiones realmente miserables de personas que se alegran de que hayan muerto esos a los que llaman “infames, basuras, traidores”. Los fanáticos de izquierda así despiden hoy al Nobel peruano, los fundamentalistas de derecha, así saludaron el fallecimiento del Nobel colombiano.

Como lo dice el título de esta columna, es interesante comentar una cuestión que desconcierta a muchos lectores ideologizados de Vargas Llosa. Los lectores de derechas abrazaron siempre las posturas neoliberales del escritor, pero se desesperaban al constatar que, en ninguna de sus novelas monumentales desplegó Vargas Llosa ese ideario neoliberal básico. Al contrario, en su obra más significativa, incluso en La Fiesta del Chivo, que publicó décadas después de su conversión a la derecha, Vargas Llosa volcó su visión político-literaria que desnuda y condena el autoritarismo, la corrupción, la arbitrariedad y la injusticia social de los regímenes latinoamericanos. Eso siempre generó una decepción a sus seguidores de derechas, porque las novelas de Vargas Llosa perdurarán por siglos, pero sus dichos ideológicos caducarán pronto.

Caso similar a sus seguidores de izquierdas. Los lectores de izquierda de Vargas Llosa, que no han caído en las trampas del fanatismo panfletario, reconocen y disfrutan de la inmensidad su genio narrativo, y coinciden felizmente con su feroz crítica y denuncia de las perversidades de los gobiernos de América Latina. Muchos gozaron la rebelión popular de La Guerra del Fin del Mundo, o la caída del Chivo. Pero siempre tuvieron la decepción de que las posturas políticas de Vargas Llosa fueran tan rudimentariamente neoliberales, de derecha. Hubieran deseado que el Nobel peruano siguiera siendo una conciencia crítica total, como cuando en los setentas denunció el horror del régimen cubano de humillar en público al poeta Heberto Padilla, a quien obligaron a retractarse de sus críticas al régimen y a auto degradarse. O como cuando en los noventas, en México, en un coloquio organizado por Televisa, frente a Octavio Paz, en medio del salinismo triunfante, Vargas Llosa declaró que el priismo era la dictadura perfecta.

Ave de tempestades, Vargas Llosa es un gigante que las futuras generaciones latinoamericanas seguirán leyendo. Quienes lo abominan por motivaciones ideológicas, quedarán olvidados en el abismo de su fanatismo.

José Reyes DoriaPolitólogo por la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, y Maestro en Auditoría Gubernamental por la Facultad de Contaduría y Administración, ambas de la UNAM. Asesor parlamentario en diversos órganos de gobierno y comisiones de la Cámara de Diputados del Congreso de la Unión. Colaborador en portales informativos. Conferencista sobre temas legislativos y políticos. Consultor en materia de comunicación política, prospectiva y análisis de coyuntura. Contacto: reyes_doriajose@hotmail.com rdj082013@gmail.com

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