UNAM descarta que las cabezas olmecas tengan un origen africano

Imagen ilustrativa.

   MÉXICO, 10 feb (Xinhua) — Arqueólogos mexicanos disiparon la teoría, que prevalece desde hace 150 años, de que el origen de las cabezas colosales olmecas, de una de las civilizaciones más antiguas de México, tiene sus raíces en África, dio a conocer este domingo la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

   Los rumores fueron despejados luego de que la académica del Instituto de Investigaciones Antropológicas (IIA) de la UNAM, Ann Cyphers Tomic, junto con sus colaboradores, realizaran estudios de ADN mitocondrial que comprueban la identidad de los olmecas, la civilización más antigua de estas tierras, precisó en un comunicado la máxima casa de estudios.

   La experta, además descubridora de la última cabeza monumental olmeca (1994), llamada Tiburcio, recordó que las teorías del origen africano y las migraciones transoceánicas están muy enraizadas en el imaginario colectivo, por lo que “ha sido muy difícil sacudirnos de estas ideas”.

   Esa tesis data de 1869 y fue propuesta por José María Melgar y Serrano, quien reportó la primera cabeza colosal (llamada de Hueyapan), en lo que hoy es Tres Zapotes, Veracruz (este de México).

   “Entonces no se sabía de la existencia de la cultura Olmeca, y Melgar propuso que los rasgos de las esculturas correspondían a personajes de Etiopía, gente de raza negra, más que nada por las facciones del rostro. De ahí nació esa especulación y se formó una polémica que nos persigue en la arqueología olmeca”, expuso la antropóloga e historiadora.

   Sin embargo, asegura la experta en la nota universitaria que en excavaciones realizadas durante años en los sitios olmecas y al estudiar científicamente diversas piezas de esa civilización, los arqueólogos no han encontrado artefactos africanos; ésta es una primera línea de investigación que descarta el origen en aquel continente.

   La segunda línea contempla estudios de ADN, que antes no se podían hacer porque no había entierros olmecas, “los que se habían encontrado estaban hechos polvo. Pero hallamos algunos en San Lorenzo Tenochtitlan, y Enrique Villamar Becerril, colaborador de mi grupo, hizo el estudio de ADN mitocondrial”, detalló.

   Al respecto, Villamar indicó que se muestrearon dos entierros: uno en Loma del Zapote (que data de mil 200 antes de Cristo) y otro en San Lorenzo (mil antes de Cristo).

   “De esos dos individuos se tomó muestra ósea de costilla y se sometió a un procedimiento para obtener su ADN mitocondrial, el linaje que proporciona la madre a un individuo, porque es más factible recuperarlo de restos arqueológicos”.

   Así logró la clasificación de esa información genética, denominada haplogrupo.

   “La diversidad genética del ADN mitocondrial se puede clasificar según las similitudes que hay en varios individuos, y ellos pueden compartir algunas mutaciones que los hacen diferentes a otros individuos en diferentes regiones geográficas del mundo”.

   Esas diferencias permiten definir a qué grupo pertenecen, y así el ADN mitocondrial se clasifica en haplogrupos.

   “Obtuvimos el haplogrupo de estos dos sujetos y supimos que pertenecen al A, uno de los más abundantes entre las poblaciones fundadoras e indígenas de América. Si hubieran sido africanos, el haplogrupo sería L, que es característico de esas poblaciones”,  remarcó Cyphers.

   Además dijo que si hubiera material genético africano en los olmecas, no sólo se vería en los entierros, sino en las poblaciones posteriores, pues el haplogrupo L (que aquí no se encontró) se hubiera conservado.

   “En 300 entierros mesoamericanos de distintas épocas no está presente”.

   Al describir a los olmecas, Cyphers dijo que fueron “la primera civilización de Mesoamérica, gobernantes poderosos; en una palabra, una civilización”.

   Para la investigadora, las facciones anchas y achatadas de los rostros de las cabezas colosales se explican porque los tronos de los gobernantes, que eran grandes prismas, fueron reciclados para hacer las esculturas.

   “Reutilizar los tronos era importante, pues además de ser un símbolo del gobernante, con ello se evitaba traer más rocas de otras poblaciones. Como querían que la cabeza fuera lo más grande posible, acomodaban la imagen del gobernante en el prisma y el rostro se deformaba”, puntualizó.

   Constituidas en el sello de la primera civilización Mesoamericana, el desarrollo de la cultura Olmeca tuvo lugar entre el 1800 y el 400 a.C.

   Actualmente se conocen 17 cabezas colosales en total, de las cuales, 13 fueron encontradas en Veracruz (en San Lorenzo y en Tres Zapotes y alrededores) y cuatro en La Venta, Tabasco. Esto demuestra la primacía temporal en Veracruz como capital olmeca en el desarrollo de complejos sistemas políticos encabezados por gobernantes hereditarios.

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