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Un poco de sensatez en medio de tanta estridencia. A propósito de la “pausa” con las embajadas americana y canadiense. Autor: Venus Rey Jr.

Estamos viviendo un momento muy estridente estos últimos días de la presidencia de López Obrador. Pero es eso: estridencia, nada más.

Se objetará que esa estridencia ya tiene al dólar casi en 20 pesos. Y sí, los mercados y los inversionistas sienten cierto nerviosismo, pero esa no es la única razón de la depreciación de nuestra moneda. Hace algunos meses, cuando el dólar cotizaba por abajo de los 17 pesos, mucha gente sostenía que esa situación no se debía en modo alguno al presidente López Obrador, y tenían cierta razón, pues la cotización del dólar americano depende más de otras circunstancias. Y lo mismo debe decirse ahora que el dólar ha subido. Los factores que antes influían para tener un dólar barato, ahora han cambiado de tal suerte que el dólar ahora es caro. El gobierno federal no tiene mucha vela en ese entierro. La cotización actual del dólar no se debe exclusivamente a la porfía con la que López Obrador quiere la reforma judicial.

Todos sabemos que el poder judicial federal debe ser reformado. En lo personal creo que la reforma propuesta por López Obrador no es la adecuada. El presidente tiene una urgencia para que el primero de septiembre el nuevo congreso la apruebe y pase a formar parte del texto constitucional. Será para él como una especie de apoteosis de lo que él seguramente cree su misión histórica y divina, y me puedo imaginar que se sentiría frustrado y traicionado si esa reforma no se hace realidad antes de que termine su mandato. Ya se vio en el Diario Oficial de la Federación: “Andrés Manuel López Obrador, Presidente de los Estados Unidos Mexicanos, a sus habitantes sabed…” y ahí el glorioso decreto de la reforma del poder judicial. Una experiencia religiosa.

Muchas personas en Morena, especialmente los abogados –que los hay muchos y muy buenos–, saben que la reforma del presidente López Obrador es un comistrajo, pero no se atreven a externarlo públicamente por temor a ser tachados de traidores a la patria. Disentir sobre la reforma no convierte a uno en traidor a la patria; sostener que sí, convierte a uno en fanático cuasi-religioso incapaz de ver más allá de lo que el líder dicta. La reforma judicial ha recibido múltiples críticas, y las seguirá recibiendo, eso es absolutamente normal. Pero ninguna de estas críticas había molestado tanto al presidente como la de los embajadores de Estados Unidos y Canadá.

Por supuesto que hay preocupación de los gobiernos de esos países, pues tienen una relación con México como no la tienen con ninguna otra nación. Nuestros destinos están unidos de una manera tan peculiar, y más el de México con Estados Unidos, que es como si se tratara de un matrimonio bajo una legislación que prohíbe el divorcio. La cuestión de la “pausa” con las embajadas de Estados Unidos y Canadá es una rabieta que no tiene peso ni repercusión.

La “pausa” no existe en el Derecho Internacional Público. Las embajadas y consulados de Estados Unidos y Canadá siguen trabajando a todo lo que dan. ¿Cuál pausa? Cuando el presidente López Obrador dice que ha hecho una “pausa”, mucha gente se rasga las vestiduras y se corta las venas. Como dice Shakespeare: “much ado about nothing”, lo que ha sido traducido al castellano como “mucho ruido y pocas nueces”. Una traducción más fiel y ad hoc a lo que ahora vivimos sería: “mucha preocupación por nada”. Si usted es de los que no simpatiza con López Obrador, no se espante con esta “pausa”, que eso y nada es lo mismo; y si usted ama a López Obrador, no se entusiasme tanto pensando que el presidente puso en su lugar a gringos y canadienses, pues, insisto, esa “pausa” y nada es lo mismo. Lo único que tenemos es la estridencia: la cómica indignación de unos con el correspondiente y ridículo entusiasmo de otros.

La relación con Estados Unidos es indisoluble, y por añadidura la de Canadá también. Es como un matrimonio: uno sabe que, se haga lo que se haga, se diga lo que se diga, pase lo que pase, los cónyuges se criticarán y molestarán mutuamente. ¿Por qué? Porque ya no se trata de dos personas que nada tienen que ver, sino de un Uno. Lo que pase con uno repercute en el otro, como si fueran Uno. Y eso son. Comercialmente la integración de Norteamérica la convierte en un Uno, un bloque indisoluble cuyo status existencial depende del éxito con que se enfrente y se imponga a otros bloques y poderes en el concierto internacional. Por más “pausas” que ponga López Obrador, por más gritos que dé Trump satanizando a México, por más que se les vaya la boca a los embajadores de Estados Unidos y Canadá, el destino de las tres naciones es ser Un bloque irrompible e indivisible.

Afortunadamente la presidenta electa, Claudia Sheinbaum, ha mostrado ser de las pocas personas sobrias y sensatas en este momento tan ácido, chillón y discordante. Ha pedido a los legisladores de Morena que no aceleren ni precipiten la reforma judicial ni la reforma electoral, que hay que hacer mayor análisis y que hay que respetar y cumplir todas las etapas y formalidades del proceso legislativo.

A partir del 1 de octubre quien va a gobernar es ella, no López Obrador. Y sí, Sheinbaum ganó pidiendo el voto a la ciudadanía para que su partido y aliados tuvieran mayoría calificada en el congreso, de tal suerte que pudiera hacerse la reforma al poder judicial. Los mexicanos apoyaron cabalmente el plan C. Pero es mejor la sensatez y –aquí sí– la pausa, para alcanzar mejores reformas y tranquilizar el ambiente. No se trata de complacer a López Obrador y aprobar modificaciones al vapor, solo por ese temor reverencial que le profesan los morenistas, petistas y verdes, que al fin y al cabo él se va en unas semanas. Quien va a subir al podio a dirigir esa complejísima sinfonía que es México será Claudia Sheinbaum. Una orquesta sólo admite un director a la vez.

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