Telmo Castro era la ficha del Cártel de Sinaloa en Ecuador

Foto: InSight Crime.

Por James Bargent de InSight Crime.

La ironía del narcocorrido en honor a Telmo Castro es, en el mejor de los casos, trágica. La canción hace alarde de la habilidad criminal del excapitán del ejército de Ecuador, quien estaba en prisión por cargos de tráfico de drogas para el Cartel de Sinaloa.

“Pero no por mucho tiempo, la fiera van a encerrar”, concluye.

Pero en diciembre de 2019, el cuerpo de Castro fue hallado en su celda en Guayaquil, Ecuador; desnudo, atado de pies y manos, y con 15 puñaladas.

Para Ecuador, la muerte de uno de los narcos locales más notorios supuso el fin de una época. Pero para sus jefes mexicanos, la desaparición de Castro no afectará gravemente el boyante flujo de cocaína a través de Ecuador.

Telmo Castro, también conocido como “El Capi”, dio sus primeros pasos en el hampa a comienzos de siglo, cuando estaba apostado con la inteligencia militar en la provincia selvática de Sucumbíos en la frontera noreste de Ecuador con Colombia.

Allí hizo contactos con la guerrilla de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), según varias fuentes que trabajaron en las investigaciones sobre Castro y hablaron con InSight Crime con la condición de que se mantuviera su anonimato.

En esa época, las FARC hacían lo que el ejército ecuatoriano no lograba hacer: imponer orden en esa región fronteriza ingobernable. También estaban metiéndose más a fondo en el tráfico de cocaína. Moviéndose en ese mundo, Castro pronto entró en contacto con traficantes mexicanos del Cartel de Sinaloa, que habían estado comprando cocaína en el sur de Colombia, y exploraban formas de pasarla a Ecuador.

Para mediados de la década, los sinaloenses habían montado una extensa maquinaria de tráfico en el país, y Castro se hizo parte integral de su engranaje.

El hombre detrás de la red era Jorge Cifuentes, traficante colombiano que era lugarteniente de confianza del Cartel de Sinaloa, pero que posteriormente se convertiría en testigo estelar en el juicio contra el jefe del cartel, Joaquín Guzmán Loera, alias “El Chapo”.

Los investigadores describen cómo, desde su base en Quito, capital de Ecuador, Cifuentes construyó una red de proveedores y dueños de laboratorios de cocaína en la región fronteriza, y de redes de transporte ecuatoriano y despachadores, que enviaban cargas por mar y aire. Cifuentes también creó varias empresas en Ecuador como fachada para su negocio y para lavar las ganancias.

En su red, la tarea de Castro era recoger los cargamentos de droga en la región fronteriza y llevarlos a los puntos de despacho. Eso lo hacía en vehículos militares escoltados con personal del ejército, dicen los investigadores. Por este servicio cobraba US$100 por kilo, lo que le reportaba pagos hasta de US$600,000 por vez, según la declaración de Cifuentes en el juicio contra El Chapo, que fue publicada por AP.

La suerte le fue esquiva a Castro por primera vez en 2009, cuando lo detuvieron mientras escoltaba más de media tonelada de cocaína, según reportó BBC Mundo. En ese momento, ya no estaba en servicio activo con el ejército, pero lo detuvieron en un vehículo pintado de verde con insignias militares.

Castro fue condenado a dos años de prisión. Pero pronto quedaría libre, después de que la sentencia inicial se redujera a 20 meses y se le concediera libertad anticipada por haber cumplido el 49 por ciento de la pena, según una investigación de Plan V. El costo de su libertad fueron US$500.000 en sobornos pagados por los sinaloenses a jueces ecuatorianos, según las denuncias de Álex, hermano de Cifuentes en el juicio a El Chapo, reportadas por The New York Times

Poco después de su liberación, la red sinaloense en Ecuador comenzó a fragmentarse. Con las autoridades internacionales siguiendo el rastro a todo el clan narcotraficante de Cifuentes, Jorge Cifuentes salió de Ecuador y se refugió en Venezuela, donde eventualmente fue detenido en 2012, según reportó Univisión. Castro entonces dejó de ser un simple transportador y comenzó a comprar su cocaína y a organizar sus envíos en aviones ligeros que hacían vuelos clandestinos, cuentan los investigadores.

Pero sus mayores responsabilidades no solo le acarreaban mayores ganancias, sino también riesgos más grandes. Luego de que las autoridades confiscaran varios aviones de Castro cuando se preparaban para despegar cargados de cocaína, los mexicanos lo secuestraron y le exigieron que les pagara sus pérdidas, según los investigadores que hablaron con InSight Crime.

Castro fue liberado después de entregar varias propiedades a sus captores. Le perdonaron su deuda y volvió al trabajo, convirtiéndose en el traficante estrella de los sinaloenses usando la vía aérea. Pero en 2013, volvió a caer en manos de las autoridades.

Según un recuento del operativo en Plan V, un destacamento de vigilancia de la policía que vigilaba una pista clandestina vio primero que se acercaba un camión y dejaba combustible. Luego un avión Cessna aterrizó y dos mexicanos descendieron. Vieron cuando Castro apareció, habló con los mexicanos y se marchó. Poco después, llegó otro camión, pero al detectar la presencia de la policía dio la vuelta e intentó escapar, disparando hacia la policía para evitar que avanzaran. Los agentes obligaron al camión a detenerse y hallaron alrededor de media tonelada de cocaína en su interior.

Castro fue detenido un año después y sentenciado a diez años y ocho meses por narcotráfico. En 2017, le impusieron otros cinco años por lavado de dinero mediante una red de empresas de cartón y cuentas de testaferros, que contenía depósitos por más de US$1 millón.

Los investigadores creen que Castro siguió coordinando la salida de narcoaviones desde su celda en la prisión. No cabe duda de que mantuvo cierta influencia en el hampa, pues pronto quedó nuevamente en libertad tras otro fallo judicial sospechoso.

En agosto de 2018, Castro fue liberado luego de cumplir el 40 por ciento de su sentencia, aun cuando ese beneficio solo se ofrece a reclusos en prisiones de mínima seguridad, no a quienes como Castro estaban internados en cárceles de máxima seguridad.

Al principio, la excarcelación de Castro pasó desapercibida. Pero luego de que se revelaran sus vínculos con el Cartel de Sinaloa en el juicio a El Chapo, los medios locales publicaron notas sobre su actual paradero y pronto fue arrestado nuevamente. Se abrió una investigación por corrupción contra la jueza que dictó su libertad, aunque medio año después ella aún continuaba en su cargo y fue señalada por algunos fallos controversiales, según reportó El Comercio.

Pero para los mexicanos y su flujo de cocaína, eso supuso poca diferencia. Cuando Castro regresó a la cárcel a iniciar el último capítulo de su vida, las operaciones de narcotráfico del Cartel de Sinaloa ya habían dejado de contar con él.

Ya no existe una red de operadores de Sinaloa establecida en Ecuador. En su lugar, como lo señalan los investigadores y como ha quedado claro tras los diversos casos, existen operaciones ágiles y de bajo perfil, organizadas por pequeñas células de mexicanos que entran al país, montan la logística de tráfico con estructuras locales, supervisan las operaciones y salen del país.

Usando este modelo de subcontratación, los mexicanos ya no necesitan una infraestructura criminal extensa o grandes redes, solo contactos. Esta división en células descentralizadas y la rotación de personal les permite mantener sus operaciones bajo el radar y estar por delante de las autoridades.

Castro está muerto y los capos para los que trabajaba, Jorge Cifuentes y El Chapo Guzmán, se encuentran tras las rejas. Ya no se cantarán narcocorridos para quienes los reemplazaron en Ecuador. Sin embargo, fuentes consultadas por InSight Crime coinciden en que es muy probable que el Cartel de Sinaloa esté moviendo más cocaína en el país que nunca antes.

Contenido publicado originalmente en: https://es.insightcrime.org/noticias/analisis/telmo-castro-cartel-sinaloa-ecuador/

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