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También son limitados porque quieren. Autor: Ricardo Bravo

Autor: Ricardo Bravo

Preludio: Para no dejar de lado el ambiente mundialista, pero ya entrando en la materia de este editorial, la desigualdad, me aventuro con una recomendación para la FIFA y la justa mundialista: ¿Por qué no ir más allá de la modificación del mecanismo de asignación de precios de los boletos de los partidos mediante una “subasta” entre los mejores postores? (¡Qué puntada, Gianni! ¡Qué visión!) Mi idea es extender la lógica.

Piensen en la gente que participa en la organización del evento: gente de limpieza, de logística, los que detienen las banderas, árbitros, los que cantan los himnos nacionales. Aunque es mucha gente, en realidad son pocos lugares en términos relativos, ¡y quién no quisiera ser parte del macroevento (cual fuere su rol)! Mi idea, Gianni, es: ¿Por qué no subastar cada uno de estos roles para que generes (la FIFA, no tú, evidentemente) más ingresos? ¡Imagina cuánto pudieron haber desembolsado Shakira y el Potrillo!


Por más que quisiera reflexionar sobre temas relacionados con el Mundial o los problemas patentes del momento, me temo que un artículo que leí la semana pasada ha robado mi atención. El artículo* es la difusión al público en general de un proyecto de investigación de la Universidad Pablo de Olavide, en Sevilla, titulado “Distribución Social de la Biliteracidad”. En el proyecto se investigan los efectos de la desigualdad económica desde la perspectiva de la lingüística. Las conclusiones que los investigadores extraen son dignas de compartir. Especialmente en un país en el que el mantra de “los pobres son pobres porque quieren” continúa fuertemente arraigado en parte de la población.


Hay, primero, una fuente de desigualdad en el contexto mexicano que “nos hará mosca” al discutir el tema del estudio y que tenemos que dejar de lado. Es bien sabido que una de las cosas que el dinero puede comprar en México es una mejor educación. La distinción entre educación pública y privada es importante en términos de calidad en todos los niveles. Quizás en la universidad es donde la diferencia de calidad se reduce, se iguala o incluso se revierte a favor de la pública (esto depende de cada estado). Pero en general, es bien sabido que las personas que pueden darse el lujo de pagar una educación privada lo hacen porque esa educación es mejor que la pública. Este sistema dual, sobra decirlo, es terrible para la igualdad de oportunidades.


Pero dejemos de lado la desigualdad derivada de las distintas calidades educativas. Imaginemos ahora dos niños que asisten a la misma escuela. Tienen las mismas oportunidades para destacar en el ámbito educativo, ¿verdad? Es esa la pregunta que discute el proyecto. La respuesta que ofrece es negativa. Hay un problema de origen: la desigualdad económica. Según todos los indicadores disponibles, el factor que más condiciona el éxito educativo de los hijos es el nivel socioeconómico de sus padres. Para los 15 años, según información recopilada en España por el informe PISA, «puede llegar a haber el equivalente a cuatro cursos de ventaja en Matemáticas para los alumnos de hogares con un nivel socioeconómico más alto».


Existen muchas maneras en que los recursos económicos influyen en ese resultado: posibilidad de clases de refuerzo, actividades extracurriculares, etc. Pero el proyecto se enfoca en el lenguaje. Los investigadores siguen una línea trazada por el sociólogo Basil Bernstein, quien señaló que, además de la diferencia económica, las familias de diferentes clases sociales tienen una manera distinta de hablar. Las herramientas lingüísticas se heredan de manera diferencial según la educación y la posición social de las familias.


«Los hijos de familias con mayor capital cultural llegan a la escuela habiendo escuchado millones de palabras más que sus compañeros de entornos desfavorecidos — las estimaciones hablan de hasta 30 millones de palabras de diferencia antes de los cuatro años. Pero no es solo la cantidad lo que importa. Es la calidad de esa exposición: la complejidad de las estructuras, la variedad del vocabulario, la costumbre de razonar en voz alta, de preguntarse el porqué de las cosas, de construir argumentos… Todo eso llega – o no llega – mucho antes de que un niño o una niña ponga un pie en el aula».


Es decir, que antes de llegar al sistema educativo, supuestamente igualador (de nuevo, hablando de estudiantes en la misma escuela), ya existe una desigualdad de origen que influirá en gran medida en cómo los estudiantes de diferentes clases sociales interpretan, expresan y analizan la información que se les comparte. La escuela, después, refuerza estas diferencias de origen, penalizando las falencias lingüísticas de unos y premiando la solvencia de otros. Lo peor es que estas diferencias se tratan como si fueran consecuencia de méritos individuales.


El proyecto de estos investigadores, centrado principalmente en el lenguaje histórico, confirma esta tendencia: existe una amplia brecha en el dominio del lenguaje entre los distintos grupos socioeconómicos. «Son distintos sociolectos discursivos: formas distintas de construir el conocimiento histórico que no reflejan capacidades innatas, sino accesos diferenciados a los recursos lingüísticos (léxicos, sintácticos, retóricos) con los que ese conocimiento se fabrica».

Las conclusiones de estos investigadores me parecen importantes desde dos perspectivas. Primero, por lo que implica para el mito de “el pobre es pobre porque quiere”. Por supuesto que las diferencias en la calidad de la educación son suficientes para poner en duda el eslogan: quien tiene dinero puede pagar una mejor educación y esta se traduce en más oportunidades de éxito económico.

Sin embargo, lo que ofrecen estas conclusiones es una fotografía aún más desalentadora. Incluso cuando hablamos de una educación similar, por ejemplo, cuando existe una educación pública de calidad, las personas de estratos socioeconómicos altos tenderán al éxito educativo y económico gracias a sus herramientas lingüísticas diferenciadas. El pobre tiene, entonces, limitaciones lingüísticas de origen. ¿Esas también son porque quieren?


En segundo lugar, las conclusiones son importantes porque abordan el mundo en el que vivimos. Los investigadores señalan: «Quien no domina el lenguaje con el que se interpreta el pasado tiene menos herramientas para interpretar el presente».

Cuando las personas no tienen los recursos lingüísticos para (entre otras disciplinas) la historia, como es el caso en estudiantes de bajos recursos según la investigación, echan mano de formas más “ingenuas” de leer la realidad: el relativismo (no existe la verdad) o el dogmatismo (conclusiones apresuradas sin margen para la duda), son ejemplos. Los investigadores señalan que estos atajos «no son carencias de inteligencia. Son carencias de acceso a las herramientas lingüísticas con las que se construye el pensamiento histórico». ¿Les suena MAGA?


Epílogo: Ante la falta de información oficial al respecto, hagamos una estimación a la baja y asumamos que el precio promedio de un boleto para la inauguración del mundial fue de 40 mil pesos.  Se necesitarían entre 3 y 4 meses de salario mínimo para pagar esa cifra. No es descabellado concluir, entonces, que la gran mayoría de los asistentes otorgará a sus hijos una ventaja lingüística (del tipo referido en el proyecto) frente a sus pares. Esta ventaja contribuirá a que sus resultados educativos sean mejores y, por ende, a una mayor probabilidad de éxito económico. Y bueno, quién sabe, quizás en 2030 o 2034 veamos en los estadios mundialistas a los hijos de los asistentes al Azteca del jueves pasado.

*Todas las citas del editorial provienen de:  Lorenzo, F., et al. 2026. «¿Por qué el nivel socioeconómico determina los resultados escolares?» En: https://ethic.es/por-que-nivel-socioeconomico-determina-resultados-escolares.

Ricardo Bravo

Internacionalista por el Colegio de San Luis, maestro en filosofía política por la Univeridad Pompeu Fabra en Barcelona. Candidato a doctor en teoría política por la Universidad Centroeuropea en Viena. Instagram y Threads: Parteaguas.mex

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