Inicio Opinión ¿Sopores medievales? Autor: Federico Anaya Gallardo

¿Sopores medievales? Autor: Federico Anaya Gallardo

La semana pasada me dejé llevar por una metáfora histórica sugerida por el aún ministro Juan Luis González Alcántara-Carrancá en El Heraldo de México (Liga 1) quien igualó la Reforma Judicial Democrática en nuestro país a la Caída de Constantinopla en 1453 y, lleno de melancolía, recomendaba recordar que sin esa tragedia apocalíptica no habría ocurrido el Renacimiento en Europa occidental. Ya te dije, lectora, que del otro lado de ese espejo (el lado turco) la Caída de Constantinopla es conocida como İstanbul’un Fethi, es decir, Conquista de Estambul. Durante buena parte de los seis siglos que han pasado desde entonces la nueva capital otomana fue llamada La Sublime Puerta por Occidente –y el relato de sus maravillas sobrevive hasta nuestros días.

¿Por qué Sublime Puerta? En turco se escribía باب عالی –antes de la secularización de 1920– que hoy se escribe y lee Babiali. De hecho, este nombre indica que los sultanes otomanos (los que llevaron el “apocalipsis” del aún ministro a Constantinopla) imitaban la costumbre romana (es decir, bizantina) de anunciar sus decretos en la puerta de su palacio. El nombre apareció primero en francés (Sublime Porte) cuando los embajadores de Francisco I Valois tradujeron los términos turcos Bab-ı Ali (Gran Puerta) y Bâb-ı Hümâyûn (Imperial Puerta) para referirse al Gobierno del Gran Turco. En el imaginario occidental, la idea de Estambul como puerta se conectó con el férreo control que ejercían los otomanos sobre el comercio con Asia. Cualquier negocio con el otro lado del mundo debía pasar por aquel umbral otomano. Como reminiscencia de esto que te cuento, lectora, tenemos unos versos del poemita del liberal exaltado José de Espronceda Delgado (1808-1842) llamado “La Canción del Pirata” (1835) que nos aprendíamos en la primaria en los años 1970: “…y ve el capitán pirata, /cantando alegre en la popa, /Asia a un lado, al otro Europa, /y allá a su frente, Estambul”.

Pero los europeos no sólo veían la potencia otomana con admiración atónita (awe en inglés). También les asombraba la capacidad otomana de organizar un ejército profesional permanente: los Jenízaros (یڭیچری, jenizeri). En turco significa “nuevos soldados” y ese cuerpo fue el primer ejército profesional adonde los infantes llevaban todos armas de fuego. El nombre de estos militares –reclutados entre todos los pueblos dominados por el Gran Turco y que sólo le debían lealtad al Estado– se volvió en castellano sinónimo de mestizo. Se aplicó en Nuevo México a indígenas nacidos de miembros de tribus diferentes y en el México viejo se usaba para denominar (despectivamente) a los policías.

Lo anterior, en Occidente. En el Oriente europeo, la organización del Estado otomano causó admiración entre los intelectuales de la dinastía Rurik en la Moscovia del siglo XVI. En 1549 Iván S. Peresvetov (Ива́н С. Пересве́тов, 1501-1560) presentó al Zar Iván IV El Terrible o El Estricto (Грозный, Grozni), cuando este tenía apenas tenía 19 años, una obra llamada Dos Libros (Две Книги) ó Dos Peticiones (Две Челобитье). Peresvetov relataba la Conquista de Constantinopla y construía, a partir de ella, una crítica a la nobleza terrateniente de Moscovia. Proponía crear –igual que el Gran Turco– una nueva organización militar basada en el mérito. Los comandantes exitosos del nuevo ejército debían recibir tierras (y campesinos) a cambio de sus méritos en batalla, pero el mando castrense correspondía sólo al Zar (y era el monarca quien decidía el destino de los campesinos, no el nuevo noble). Por su parte, Ermolai-Erazmo (Ермолай-Еразм), un clérigo nacido alrededor de 1500 escribió en 1550 para Iván un tratado titulado El Gobernante es un Zar Filántropo (Благохотящим царем правительница, Blagokhotyashchim tsarem pravitelnitsa) en el que proponía una alianza del monarca con el campesinado para controlar la ambición desmedida de los nobles boyardos.

Iván Grozny hizo caso de los consejos de Peresvetov y Ermolai-Erazmo. En 1554, el explorador inglés fundador de la Muscovy Company, Richard Chancellor (1521-1556) quedó admirado de la rapidez y eficiencia conque el Zar Iván podía levantar y sostener un ejército. Chancellor comparaba eso con el desastre de la política inglesa contemporánea (reinado de María I Tudor): “¡Oh, si esos atrevidos rebeldes [los ingleses] fueran mantenidos en la misma subordinación, para que aprendieran sus obligaciones para con sus príncipes! Los rusos no pueden decir lo que dicen algunos [nobles] vagos en Inglaterra: ‘Encontraré a un hombre que vaya a servir a la reina en mi lugar y me quedaré en casa a divertirme con los amigos’, en el caso de tener bastante dinero…” (Lo anterior, lo he tomado de R. Y. Vipper, [Р.Ю.Виппер] Iván IV [Иван Грозный], Moscú: Ediciones en lenguas Extranjeras, 1947, p. 65.)

Así, mientras los príncipes renacentistas de Europa buscaban imitar el poderío del monarca otomano; sus militares copiaron el uso de cañones en los sitios y de regimientos de infantería armados con arcabuces en batalla abierta –otras innovaciones otomanas. Igual los marineros europeos adaptaron ideas musulmanas para mejorar velamen de sus navíos, instrumentos de orientación y mapas. En otras palabras, el pavor al Apocalipsis que evoca el aún ministro González Alcántara-Carrancá es superficial y denota un desconocimiento grave de la Historia.

Pero hay más. Ante la hegemonía otomana, algunos pensadores políticos europeos se asustaron de las potenciales consecuencias sociales de la increíble concentración de poder político en el brazo ejecutivo del Estado. El inglés Chancellor admiraba el poder concentrado por el primer Zar ruso, pero sus conciudadanos se espantaban de la tiranía de su reina católica, Bloody Mary. Todos admiraban el poder de los grandes líderes orientales, como el legendario Kublai Khan, o Tamerlán, o Solimán El Magnífico –pero desesperaban al ver los abusos de los estados absolutistas que estaban formándose en Europa. Allí tenían a Carlos I Habsburgo reprimiendo a las comunidades de Castilla y las germanías de Aragón en 1521-1522. Veían con horror a Enrique VIII Tudor ejecutando rebeldes en York luego de la Peregrinación de Gracia de 1536. Se escandalizaron cuando Catalina de Médicis asesinó miles de hugonotes en París la Noche de San Bartolomé de 1572. Esos abusos del poder fueron también denunciados en nuestro hemisferio por Las Casas en Del único modo de atraer a todos los pueblos a la verdadera religión de 1536 y en la Brevísima Relación de la Destrucción de las Indias de 1542.

Medio siglo después de que se dio a conocer la Brevísima Relación, en el año 1598, los editores alemanes de esa última obra de Las Casas, aseguraban a sus lectores en Frankfurt que “si hubiésemos [los alemanes protestantes] dispuesto de la misma libertad y licencia en las Indias Occidentales que la que se arrogaron los españoles [católicos] y no hubiésemos temido a Juez superior alguno de nuestras acciones no hay duda de que no hubiésemos sido menos feroces, crueles, inhumanos e injustos que los españoles”. Por esos resultados del poder absoluto es que, luego de describir los orígenes y funcionamiento del capitalismo en Europa, cuando Marx se ocupó de las fuerzas productivas de las sociedades situadas al Este, usó el término despotismo oriental.

La enumeración de eventos y opiniones que te propongo, lectora, dejan ver que Europa tenía una impresionante capacidad para percibir contradicciones y para hacer la crítica de la situación social. ¿De dónde le venía eso a los europeos?

Tanto el proceso de asombro-admiración-imitación que describí frente al Gran Turco como la preocupación de los europeos ante el abuso del poder absoluto provenía –paradójicamente– de su situación marginal respecto de los grandes centros de poder mundiales. Esto fue verdad durante los mil años de su medioevo (500-1500) cuando los poderes globales hablaban griego, árabe, mongol y turco. Entre 1500 y 1700 la economía más grande del globo seguía siendo China. Durante el medioevo los europeos aprendieron una lección de pobreza: para lidiar con los poderosos había que aprender su idioma. Este entrenamiento de marginales significó, en el extraño predicamento de América, una ventaja. Sobre esto, lectora, revisa el librito La Conquista de América: El problema del Otro de Tzevan Todorov (México: SigloXXI, 1992). Cortés buscaba desesperado, traductores, para conocer las sociedades y pueblos que iba encontrando.

Pero, aparte, durante esos mil años medievales, los pueblos europeos estuvieron condenados a ocuparse, muy pueblerinamente, de interminables pequeñas disputas rurales entre colonos agrícolas y guerreros, príncipes y aristócratas, obispos y parroquianos, papas y emperadores. Cuando resurgieron las ciudades se multiplicaron los conflictos. Algunos unían a todos los burgueses contra el príncipe territorial o el obispo o el Papa. Otros los dividían en facciones irreconciliables hacia dentro de las pequeñas urbes. A veces por ocupación (gremio contra gremio) pero casi siempre entre pobres (magri, los flacos) y los ricos (grossi, los gordos).

Cuando González Alcántara-Carrancá nos habla del “sopor medieval” que despejaron los exiliados bizantinos luego de la caída de Constantinopla ante el “bárbaro infiel”, se salta olímpicamente la tremenda riqueza acumulada por los pueblos europeos en materia de organización comunitaria y conflictos sociales. Es de allí de donde nace la indignación Lascasiana y la capacidad de los editores alemanes del nuestro-americano para discernir la maldad del genocidio cometido por los europeos. Ya te conté que Marsilio de Padua (1275-1343) definió que la última soberanía residía no en un individuo, sino en el Pueblo (universitas civium)… ante la cual deben someterse incluso los jueces. Su Defensor Pacis (Defensor de la Paz) data de 1324.

Antony Black, en su libro El pensamiento político en Europa, 1250-1450 (Cambridge U. Press, 1996) nos muestra la increíble riqueza del pensamiento político medieval. (Puedes leer parte de este libro en Google Books). Te comparto, lectora, algunos ejemplos.

Bartolomé de Lucca o Fiadoni (1236-1326), el confesor de Aquino, afirmaba que sólo en la ciudad hay política y que, en el gobierno de uno (regio, o monárquico) no la hay.

Gil de Roma (1243-1316) distinguía, en su Regimine Principum (Gobernar al Príncipe) de 1292 la legitimidad de los gobiernos cara a cara en las ciudades de Italia, adonde “todo el pueblo tiene más poder que el señor [podestá] porque es quien le elige y, si actúa erróneamente, le corrige”. Sin embargo, cuando se requiere mayor poder político (civilis potentia) Gil reconocía la necesidad de una monarquía si esta aseguraba a la vez la unidad y la paz de una región mayor. Reconociendo la complejidad social, este autor analizaba las propuestas de filósofos no cristianos como Avicena, Averroes y Maimónides en su De Erroribus Philosophorum de ca.1290.

Engelberto de Admont o de Volkesdorf (1250-1331) recordaba a sus lectores que el imperio romano adquirió y retuvo muchos de sus dominios a través del sometimiento voluntario asegún los pueblos aceptaban las leyes romanas (De Ortu, Progressu et Fine Romani Imperi, ca.1310).

Bartolo de Sassoferrato (1313-1357) afirmaba, siguiendo el Deuteronomio, que “el gobierno por elección es más divino que por sucesión”, pues el Dios de Israel había dicho que “de entre tus hermanos pondrás rey sobre tí; no podrás poner sobre tí a hombre extranjero, que no sea tu hermano”, y agregado que el dicho rey estará vigilante para “que no se eleve su corazón sobre sus hermanos” (Deut. 17 : 15 y 20). Este abogado Bartolo comentó casi todo el Corpus Iuris Civilis antes de la Caída de Constantinopla y de él se decía –en su época y muchos siglos después– que nemo bonus iurista, nisi sit Bartolista (“nadie es buen jurista si no es bartolista”).

En su libro, Black nos enseña cómo la primera enunciación de un gobierno democrático y colegiado surgió no en el seno de parlamentos, estados generales o cortes –sino en la oposición entre los clérigos que apoyaban al Concilio como centro de la Iglesia y aquellos que defendían la autoridad individual del Papa. Atención: todos ellos se unían en su rechazo a la idea bizantina de que el poder religioso debía subordinarse-al (y confundirse-con) el poder temporal.

¿Te parece, lectora, que todo lo que te he contado son “sopores medievales”? Agradezcamos al aún ministro González Alcántara-Carrancá su invitación a leer Historia, pero leámosla mejor y más críticamente que él.

Liga usada en este texto:

Liga 1:
https://heraldodemexico.com.mx/opinion/2024/12/17/asalto-final-662062.html

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