José Reyes Doria | @jos_redo
Culmina la fase de precampañas, y las tendencias electorales registran una ventaja muy grande de la candidata presidencial de Morena-PT Verde, Claudia Sheinbaum, sobre la abanderada de PAN-PRI-PRD, Xóchitl Gálvez. Al día de hoy parece irremontable esa diferencia de entre 20 y 30 puntos. Las probabilidades de que la candidata oficial gane la Presidencia rondan el 80%, ese es el escenario más probable. Siempre puede haber cambios inesperados en un proceso político-electoral. Nunca hay que dar por muerto a nadie antes de tiempo. Pero para la reflexión de esta columna, asumamos que ocurre lo más probable: que Claudia sea la Presidenta de México en el sexenio 2024-2030.
Sería el segundo sexenio consecutivo del obradorismo y de Morena en la Presidencia. El único antecedente de un grupo político que logró dos sexenios consecutivos fue el del PAN, con Vicente Fox 2000-2006 y Felipe Calderón 2006-2012. Pero el triunfo de Calderón fue agónico, el panismo y los poderes fácticos tuvieron que poner en marcha una elección de Estado para imponerse al candidato opositor Andrés Manuel López Obrador. En 2006, la continuidad del PAN no contaba con un posicionamiento político fuerte ni en los estados, ni en el Congreso, ni en la opinión pública.
En 2024 la situación es muy diferente. El obradorismo-morenismo gobierna 24 estados, tiene mayoría absoluta en el Congreso y, por lo mismo ejerce control político irresistible sobre presupuestos, políticas, programas, infraestructura, comunicaciones, información, etcétera. Por si fuera poco, gracias a la capacidad de comunicación política y de penetración propagandística del presidente López Obrador, su gobierno y su partido gozan de una popularidad del 60-70%, misma que, y esto es determinante, se traduce, al día de hoy, en intenciones de voto a favor de su partido.
En este contexto, redondeado por una oposición partidista desfondada, débil y desprestigiada, y una oposición social desarticulada y dispersa, muchos observadores han planteado diversas hipótesis sobre la naturaleza política del mandato de Claudia Sheinbaum y su estilo personal de gobernar. La evidente disciplina de Claudia a las líneas de pensamiento y acción marcadas por AMLO, alimenta el juego de las especulaciones sobre el rumbo que tomaría el gobierno, el Estado y el sistema durante el próximo sexenio.
Nuestros antecedentes históricos, necesariamente esquemáticos para este ejercicio, son de gran utilidad para aventurar hipótesis al respecto, de forma especial las etapas del Maximato y del Partido de Estado. Veamos.
1.- MAXIMATO DE AMLO
Para muchos, López Obrador es un animal político de tiempo completo y de toda la vida, que ni de lejos se va a retirar una vez terminado su sexenio. Dará rienda suelta a su vocación política y su voluntad de poder y de control sobre los procesos políticos a su alcance. Algunas acciones y decisiones de AMLO como Presidente, significan una base de poder e influencia que bien podría utilizar después de su mandato. El empoderamiento de las fuerzas armadas, piensan muchos y él mismo, le aseguran una lealtad a toda prueba, aunque su período de gobierno haya acabado. El dejar sembradas un conjunto de reformas legislativas y programas lineales e irrefutables, equivale a la permanencia de una parte del Presidente en el sexenio de su sucesora.
El instrumento constitucional de la revocación de mandato, constituye una espada de Damocles para la próxima Presidenta. De forma más agobiante, si el expresidente goza de una popularidad, una influencia y de un conjunto de hilos de poder tales, que le hagan posible activar el proceso de revocación y orientar la votación hacia la destitución, en caso de ser necesario. Pero, ¿por qué AMLO querría la claudicación de Claudia?
El fenómeno conocido como Maximato empieza a materializarse cuando el expresidente siente la obligación histórico-moral de preservar las obras, las reformas y los cambios realizados durante su mandato. Con ese celo, comienza por señalar algún error menor del nuevo gobierno, por ejemplo, en un nombramiento, en las modificaciones de un programa social, en una reconfiguración de las prioridades presupuestales, en cambios o críticas a políticas altamente sensibles como las de seguridad, educación o salud.
El Jefe Máximo cuestiona y señala esos errores. Si persisten, serán calificados como desviaciones del gran proyecto. Entonces, como Plutarco Elías Calles, el expresidente concluirá que se hace indispensable su participación directa en la toma de decisiones fundamentales del gobierno, aunque ya no sea su gobierno. Dado que el movimiento social llamado Cuarta Transformación está íntimamente ligado a su persona, el expresidente, aun cuando no lo quisiera, debe jugar el papel de fiel de la balanza, de máximo factor de cohesión y unidad ante los riesgos de los enemigos externos y ante las flaquezas de los propios aliados.
Dado que la 4T apenas lleva un sexenio, y el partido oficial apenas está consolidando estructuras, dirigencias y discurso propios, orgánicos, se hace patente la necesidad de la dirección y guía del fundador, del Jefe Máximo. Sea real o inducida la necesidad del arbitraje extrainstitucional de AMLO, en esta dinámica se abriría camino un Maximato de duración indefinida.
La cuestión principal ante este escenario, sería la forma en que actuaría políticamente la presidenta Claudia Sheinbaum. Recientemente AMLO, ante una puya de Xóchitl Gálvez, rechazó que Claudia sea un títere (¿hacía falta esa “aclaración”?), pero la percepción más consistente es que López Obrador seguirá influyendo ampliamente en las decisiones cruciales de la próxima Presidenta.
Serán determinantes tanto las formas como el fondo del ejercicio del poder de Claudia. Por ejemplo, su personalidad no le hace posible reproducir la figura de las “mañaneras”, y si a pesar de eso las sigue realizando enviaría un nocivo mensaje de continuismo y dependencia. Tendrá que buscar canales propios de comunicación. Tampoco va mucho con su personalidad política la confrontación intensa, sistemática, agresiva y generalizada que ha implementado AMLO contra sus adversarios y contra quienes no lo apoyan incondicionalmente.
Esto, en cuanto a las formas, pero en materias de fondo, las probabilidades de que Claudia pueda construir un gobierno con aceptables márgenes de independencia y autonomía, dependen de la firmeza de sus decisiones en temas como la seguridad pública, el sistema de salud, la militarización y, de forma determinante en el tema del castigo a la corrupción ocurrida durante el sexenio de AMLO. Si en estos temas Claudia decide o la influyen para “no hacer olas”, tendríamos un Obradorato en ciernes. Si, por el contrario, Claudia decide hacer los cambios necesarios en esos temas como se esperaría de un gobierno de izquierda, y además castiga los casos más visibles de corrupción, no solo erradicaría las inercias de un Maximato, sino que abonaría a la institucionalización de la 4T.
2.- PARTIDO DE ESTADO
En principio Maximato y Partido de Estado son conceptos y realidades que se contraponen. Se excluyen mutuamente, pues el Maximato implica el dominio de un Caudillo incuestionable, mientras que el Partido de Estado refiere una dominación a cargo de una élite que controla al propio partido, al gobierno, a las organizaciones sociales, a las fuerzas económicas corporativas, a las academias, los espacios legislativos, bajo las reglas de disciplina y rotación de cargos, turnos y privilegios. Es más estable el Partido de Estado.
Si Morena gana con la votación que marcan las tendencias, ratificaría la mayoría en el Congreso, pudiendo alcanzar hasta las dos terceras partes para reformar la Constitución como quiera. Dejaría a la oposición partidista solo con un puñado de gobiernos estatales, intensificaría su control e influencia sobre el Poder Judicial, los órganos autónomos, las organizaciones sindicales, empresariales, los medios. Pero enfrentaría el gran reto de eludir el probable Maximato de AMLO, y deberá superar las fracturas y guerras internas que podría suscitar la impaciencia o la ambición descarnada de sus facciones.
Un Partido de Estado es una construcción sumamente complicada en estos tiempos. Pero todo es posible. Existen los elementos antes mencionados: la aplanadora electoral, la élite que se va conformando y fortaleciendo, los recursos ilimitados, los juegos de migración indistinta del Partido al Gobierno y viceversa, la supeditación del Congreso debido a sus mayorías, la adhesión y disciplina interesada de gobiernos estatales, empresarios, sindicatos, medios, militares. Pero esas son condiciones necesarias, no suficientes. Sin embargo, la dinámica y la inercia de la gran cantidad de poder que siguen acumulando AMLO, Morena y el oficialismo, muy probablemente empujen hacia una formación, como el Partido de Estado, que consolide y administre para una élite ese poder más allá de nimiedades como la legalidad, la institucionalidad o la rendición de cuentas.
3.- ¿CLAUDIA Y UN NUEVO RÉGIMEN?
Muy sencillo (y la carta de buenos deseos ante cada cambio de sexenio): que Claudia, sin renunciar a sus proyectos e ideales, se inspire en los principios de su formación en la izquierda universitaria y social. Que promueva la justicia social, la seguridad social, la civilidad, la interlocución democrática con los diversos grupos sociales. Que frene la militarización, que garantice los derechos sociales sin confrontaciones ni exclusiones. En una palabra: que, desde una verdadera izquierda impulse una nueva forma de hacer política, democrática, respetuosa, social y ciudadana. Una política de diálogo, de construcción de acuerdos y consensos, como ruta hacia la verdadera edificación de un nuevo régimen donde pueda impulsarse un Proyecto más incluyente, racional, de largo plazo y gobernable, bajo la premisa de priorizar siempre el bienestar de las mayorías. Parece una utopía, pero es lo que más le conviene al país, a Claudia, a Morena e incluso, aunque no lo considere él así, a López Obrador.
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