Seamos realistas, exijamos lo imposible

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Pilar Torres Anguiano

Si uno no es marxista a los 20 años, es que no tiene corazón; pero si sigue siéndolo a los 40, es que no tiene cerebro. Creo que muchos conocemos esta sentencia atribuida a Winston Churchill. Más allá de que me resulta odiosa, debo mencionar que hace referencia a algo que culturalmente se ha dado por cierto: la contraposición entre la razón y el sentimiento. De acuerdo al orden de ideas que sugiere la frase, la juventud está asociada con la sinrazón, el idealismo, la imaginación, la locura. La madurez en cambio, con la estabilidad, la razón, la mesura y el bienestar. A 50 años del Mayo del 68, la polarización parece seguir vigente.

Por alguna razón, tendemos a traducir la vida en absolutos y opuestos, como las categorías sociológicas caricaturizadas que polarizan el universo social mexicano entre nacos vs fresas o mirreyes vs chairos. Hay otras contraposiciones más profundas: Ilusión vs realidad o emoción vs razón. Theodore Adorno consideraba que esta última –la razón– se ha convertido en un instrumento para someter a la especie humana a las necesidades de la sociedad.

A mediados de siglo XX, el mundo estaba dominado por tres vías: los totalitarismos –de izquierda y derecha– y el imperialismo capitalista. Los exponentes de la Escuela de Frankfurt –Adorno, Horkheimer y Marcusse– consideran que estos sistemas son hijos de la Ilustración, ya fracasada. Así la teoría crítica surge como un método de análisis de la sociedad capitalista basado en una reinterpretación no dogmática del marxismo. La teoría crítica, además concibe a la epistemología como una teoría social. Es decir, una filosofía para cambiar, no solo para contemplar. Los intelectuales y artistas responden a la consigna del marxismo romántico de transformar al mundo.

Con su libro El hombre unidimensional (1964), Herbert Marcusse señala que las industrias culturales amenazan con eliminar el pensamiento, creando un escenario cerrado, en el cual los medios de comunicación no ofrecen conceptos, sino imágenes que inhiben la capacidad crítica. Bajo la apariencia de una sociedad feliz, el consumismo consigue que las personas sientan como suyas las percepciones y necesidades que el mercado les marca.

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En el mismo tenor surgió la internacional situacionista, una organización de intelectuales y artistas vanguardistas que buscaban combatir el sistema ideológico dominante, a través del arte democratizado y jugaron un papel clave en la revuelta de Mayo del 68 en París. No pretendo caer en el simplismo de afirmar que los situacionistas generan el movimiento estudiantil, como si se tratase de un mapa conceptual. En el mundo real, los hechos confluyen y se encuentran.

Guy Debord, uno de los principales situacionistas, en su obra La sociedad del espectáculo (1967), dice que la historia de la vida social se puede entender como la declinación de ser en tener, y de tener en simplemente parecer. El espectáculo es una sociedad en la que las relaciones entre mercancías han suplantado relaciones entre la gente. El arte, en cambio, redignifica a las personas.

Para Jean Paul Sartre, el intelectual más cercano al Mayo del 68, el existencialismo es un humanismo cuya misión es reconstruir la sociedad desde el pensamiento, en búsqueda de una visión más justa. Como sabemos, él rechazó el premio nobel de literatura en 1964. Sencillamente, no quería convertirse en una institución (él no era el rey filósofo de Platón). El lugar de un filósofo como Sartre estaba en donde se estuvieran violando los derechos humanos (EU., París del 68, Hungría, Cuba, Argelia).

Estas ideas armonizaban con los estudiantes franceses del 68, que reclamaban mayor libertad sexual pero que también se negaban a cumplir la función que la sociedad les asignaba: formar parte de ese privilegiado grupo de profesionistas destinados a explotar a los menos favorecidos. En su momento las críticas al movimiento consistían en que –más allá de las consignas poéticas pintadas en las bardas– carecía de un programa con ideas claras, que terminó por diluirse al no haberse sabido estructurar.

Algunos pensamos que aquello era preferible a ser asimilados por algún sistema y acabar convirtiéndose en una organización social o en un partido político (es decir, en otra estructura de poder). Desde la perspectiva filosófica inspirada por Adorno, Sartre o Marcusse, había que evitar que la izquierda repitiera los mismos errores. En su ensayo El fantasma de Stalin, Sartre critica fuertemente la burocratización del sistema. Podríamos añadir que la historia nos ha mostrado que toda revolución que se institucionaliza, acaba por corromperse.

Mayo del 68 en París, la Primavera de Praga, el 2 de octubre en México, las protestas contra la guerra de Vietnam en Estados Unidos: todos ellos son movimientos complejos en los que se conjugaban varias crisis latentes. Nos encontramos a cincuenta años de aquellas revueltas en las que, sin mayor sustento político, la llamada generación baby boomer perseguía una utopía y –de una u otra manera– dejó una huella en las sociedades actuales.

Estéticamente es innegable el valor y el significado de aquellas frases pintadas en las bardas y de aquellos carteles. La utopía marcó el inconsciente colectivo de una generación que invitaba al mundo a llevar la imaginación al poder y a gritar prohibido prohibir en un intento, a la vez creativo y existencial, por recuperar espacios y reclamar su lugar en el mundo. Algunos no lo han olvidado y constantemente buscan esa apropiación de sentido. La utopía es inalcanzable porque, como dice Galeano, está en el horizonte y sirve para caminar.

Voy a terminar con algo que sé que suena chairo (hablando de apropiación, me apropio del término para resignificarlo) aunque la intención es humanista: independientemente de las revoluciones, siempre resurgen nuevos mecanismos de dominación disfrazados de libertad. Esos que nos permiten elegir entre un montón de series de netflix, entre un montón de filtros de instagram, o entre un montón de marcas que tienen éxito porque no sólo venden cosas, sino aspiraciones.

No hace falta ser experto para percatarse de que prácticamente todas las empresas forman parte de un reducido número de propietarios. Hay muchas personas que creen estar apreciando arte o expresiones culturales cuando en realidad están consumiendo entretenimiento o estatus (algunos comparten la foto del libro que están leyendo y otros nos sacamos una selfie afuera del museo Soumaya). En síntesis, hay una libertad aparente que siempre dependerá de las alternativas que nos presentan las distintas estructuras de poder. No creo que se trate de tirar todo a la basura e irnos a vivir al monte, sino de replantearse constantemente la pregunta que interroga por el sentido de las cosas. También hay revoluciones personales. Así es que, como en Mayo del 68, seamos realistas y exijamos lo imposible.

@vasconceliana

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