El pasado jueves 26 de enero por la noche, personal de la Secretaría de la Contraloría de la Ciudad de México, encabezado por el propio contralor José Serrano, halló trece paquetes con flyers (panfletos) en contra de Claudia Sheinbaum en las oficinas de la Dirección de Desarrollo y Bienestar de la alcaldía Cuauhtémoc. A partir de esto, se ha agudizado el ya de por sí tenso desencuentro entre Sandra Cuevas, alcaldesa en Cuauhtémoc, y Claudia Sheinbaum, jefa de gobierno de la Ciudad de México.
Casualmente el contralor Serrano acudió esa noche a la alcaldía porque recibió una denuncia ciudadana sobre la existencia de los panfletos. Serrano fue apoyado por al menos 132 policías de la Secretaría de Seguridad Ciudadana de la Ciudad de México. Sandra Cuevas acusó a Serrano de privar de la libertad al personal de la alcaldía.
El problema fue que un primer momento y frente a la prensa, Cuevas dijo: “esos son los paquetes de flyers que volanteamos todos los días”, y “en ellos no hay nada que sea mentira”. Yo no sé si Cuevas tenía conocimiento de los flyers, que andan circulando desde diciembre, no es que sean nuevos, pero en un segundo momento, tal vez advertida por alguno de sus colaboradores, señaló que los flyers habían sido sembrados por la gente de Claudia Sheinbaum.
Con la dirección de Desarrollo y Bienestar de la alcaldía tomada por las fuerzas del gobierno de la ciudad, y sin que a Cuevas se le permitiera el acceso, no le quedó otro remedio más que arengar a sus seguidores: “Si esas oficinas se las quieren comer –exclamó Cuevas–, que se las coman, porque yo me voy a comer la Ciudad de México…” Y aquí, permítame usted la observación, el uso del verbo “comer” suena tan grotesco y de mal gusto como cuando es usado en el lenguaje sexual.
Y eso no fue todo. Cuevas despotricó a más no poder. Subida en una tarima, frente a sus seguidores exclamó: “¿A qué le tenemos miedo?” “A nadie”, gritaron los seguidores. “¿A qué venimos”, insistió Cuevas. “A trabajar”, respondieron. Pero la tercera arenga fue la joya de la noche: “¿A quién le vamos a partir la madre?”, preguntó eufórica la alcaldesa. “A Claudia”, gritaron los simpatizantes.
Y para cerrar con broche de oro esa noche despotricada, Sandra Cuevas juró que hará todo lo posible para evitar que Claudia Sheinbaum sea presidente. Más malévola que Úrsula, más malévola que la misma Malévola y que todas las villanas de las películas de Disney juntas. Y además se dio el lujo de ningunear al presidente López Obrador. Se preguntó en voz alta, frente a las cámaras, quién era López Obrador, y presumió de haber estudiado en diez países y tener diversos títulos académicos.
No cabe duda que aquella noche todos mostraron caras feas. Sabemos que Sandra Cuevas es aguerrida y que puede llegar a tener el estilo y la embestida de una lideresa de colonia brava, ahí donde a uno sí le parten su madre. Pero es la alcaldesa de Cuauhtémoc, una de las demarcaciones más conflictivas e importantes de nuestra ciudad. Su objetivo en la vida no debería ser impedir que su archirrival Claudia Sheinbaum llegue a la presidencia de la república, sino el bienestar y buen gobierno de su alcaldía. Cuevas fue muy clara: no le interesa Cuauhtémoc; su impulso vital, yo diría obsesivo, es destruir a Sheinbaum. ¿Y la alcaldía? ¿Y la inseguridad? ¿Y los grupos del crimen organizado? ¿Y los baches? ¿Y el ambulantaje? ¿Y los viene-viene que si no les das dinero no te dejan estacionar en la vía pública? ¿Y el desarrollo social? Cuauhtémoc es un caos y requiere un alcalde de tiempo completo cuyo objetivo en la vida no sea la destrucción de su enemiga, sino el bienestar de su demarcación. Aun cuando Cuauhtémoc fuera como el condado (municipio) de Nassau, en Nueva York –que por segundo año consecutivo quedó como el condado más seguro de todo Estados Unidos–, aun así, la misión principal de un alcalde es su alcaldía.
Pero no solo Sandra Cuevas mostró una fea cara. También la mostró Claudia Sheinbaum y el gobierno de la ciudad. Mire usted que desplegar a 132 policías con sus patrullas y camionetas para recoger un material que cabe en la cajuela de un sedán, es francamente ridículo y arbitrario. Y además es obsceno, porque hay zonas en la ciudad que exigen mayor presencia policíaca. Los 132 elementos de la Secretaría de Seguridad Ciudadana de la CDMX no se mandan solos. Para movilizarse requieren de una orden superior, y esa orden solo puede provenir del secretario García Harfuch, ya sea motu proprio o excitado por la jefa de gobierno Sheinbaum, o de la misma jefa de gobierno. Ese despliegue aparatoso exhibe la prepotencia del gobierno capitalino.
Y no solo eso: al día siguiente Sheinbaum cayó en la retahíla de siempre, esa que todos los morenistas cantan como estribillo de una muy mala canción: que esto es obra de los malvados conservadores, que es una guerra sucia, que la quieren desprestigiar… y las mismas cosas de siempre. Y lo mismo que dije sobre Cuevas aplica a Sheinbaum, y con mayor razón, puesto que es de mayor envergadura gobernar toda la ciudad que solo una de sus alcaldías: el objetivo vital y primordial de Claudia Sheinbaum o de cualquier gobernador debe ser el bienestar de la entidad que está gobernando. Pero Sheinbaum tiene su atención en la elección presidencial de 2024, y está haciendo todo lo posible para que ella sea la candidata y gane esa elección. ¿Y la ciudad? ¿Y los baches? Hace poco dos hermanas fallecieron al caer en una coladora abierta en Iztacalco, coladora que estaba y sigue estando bajo la responsabilidad del gobierno central. ¿Y el metro? López Obrador, el general secretario de la Defensa y Claudia Sheinbaum aseguran que se trata de sabotaje, y por eso enviaron a más de seis mil elementos de la Guardia Nacional, pero eso no hizo que cesaran los incidentes. Se siguen registrando a pesar de la Guardia Nacional, así que el discurso del sabotaje queda exhibido como estratagema para engañar a incautos y evadir responsabilidades. Lo que debe hacer Sheinbaum es dedicarse en cuerpo y alma a la ciudad que la eligió como jefa de gobierno. Punto.
Encabezar el gobierno de un país, de una entidad federativa o de una alcaldía o municipio es una grande y grave responsabilidad que exige tiempo completo. Pero aquí en México todos los que ostentan un cargo así lo único que desean es ocupar uno más importante en las siguientes administraciones. Así que en vez de gobernar y administrar como debe ser, se dedican a hacer política, en el sentido peyorativo del término, y eso explica que pasen sexenios, décadas, lustros y hasta siglos, y el país siga siendo lo que es: un país roto, inequitativo, brutal… un caos.





