[RESEÑA LITERARIA] Elena Poniatowska y los espíritus chocarreros en “Hasta no verte Jesús mío” (por Rober Díaz)

Elena Poniatowska. Ilustración: Rober Díaz.

En una novela donde el caos revolucionario es imperante, escuchamos el testimonio de Jesusa Palancares, una soldadera y espiritista marginada de la sociedad que pelea por sobrevivir

Por: Rober Díaz

@betistofeles

El espiritismo 

📱 Suscríbete a #AstilleroInforma en Telegram y recibe las noticias

Anuncio

Según el espiritismo, el tercer tiempo comenzó en 1866, luego de que el primer tiempo de las revelaciones viniera con Moisés y el segundo, con el advenimiento de Cristo. Cuando todos esperaban que los muertos se pararían de su tumba y una gran bestia acompañada de los cuatro jinetes del apocalipsis hiciera su aparición, según las interpretaciones convencionales de la biblia, nadie había entendido que el Juicio Final empezaría con la llegada a la tierra de 144,000 mil espíritus.

Imaginemos la escena: miles de espíritus son liberados para que desde el centro del universo regresen a la Tierra o acudan en ayuda de la humanidad. Su fin es civilizarnos, entablar comunicación con los terrestres, muertos con vivos y viceversa. 

Elena llega México

La familia Poniatowski formó parte de la nobleza de Polonia. Para los polacos tuvieron y tienen una gran importancia, el abuelo de la escritora Elena Poniatowska (1932) fue rey de Polonia, duque de Lituania y luchó a lado de Napoleón cuando éste invadió Rusia. Fue un gran mecenas y apoyó a muchos artistas. El hijo de este rey, Jean Poniatowski conoció a la mamá de Elena en Paris, se casaron y tuvieron dos hijas. Salieron de la Ciudad de la Luz al comienzo de la Segunda Guerra Mundial y se fueron hacia México, lugar de donde era oriunda la madre de Poniatowska. La abuela paterna de ellas, desdeñaba México y por esa razón Elena tenía mucho temor de venir a nuestro país. Cruzaron el océano Atlántico en el barco Marqués de Comillas en 1942 y llegaron a vivir a la casa de su abuela materna que vivía en la calle de Berlín y era una mujer excéntrica que adoptaba perros de la calle y les daba de comer en platos de porcelana fina.

Borges conoce a los espíritus

Una de las reseñas más famosas sobre la religión espiritual fue dada por Jorge Luis Borges (1899-1986) en “El libro de los seres imaginarios” (1957), donde habla sobre los ángeles de Swedenborg, una teología antigua escrita por Emmanuel Swedenborg (1688-1772) un sueco que a los 56 años en un viaje a Inglaterra se encontró a un hombre de color que le dijo era Jesucristo y que en los días sucesivos lo visitó en sueños para mostrarle cómo eran el Cielo y el Infierno. En esos viajes, Swedenborg pudo ver que la vida después de la muerte se diferenciaba por una cosa: en aquel otro lugar y al ya no tener el cuerpo, había más colores, olores, música y sensaciones inimaginables. Que nuestro destino en la otra vida, más bien, dependía de la actitud que en el momento de nuestra muerte, tuviéramos, es decir, si te ibas odiando y enojado, al morir, despertarías hacia la otra vida con ese mismo sentimiento. O sea, había que perdonar los odios, pues de esto dependería tu futuro estado en la vida sin cuerpo. En el cielo se practicaban, según estas visiones, las más diversas artes. Los ángeles eran en sí, seres profundamente intelectuales.

En cambio, los espíritus equivocados o malos, aunque quisieran aparentar su bondad frente a la luz, ésta, en algún momento los debilitaba, les molestaba y aunque mañosamente quisieran ir hacia las zonas altas del Cielo, en su ascensión sentirían vértigo, ganas de vomitar y malestar por esa misma luz a la que no estaban acostumbrados y repelían. Esa situación los llevaba a esconderse en los lugares donde las sombras cundían, en donde —además del miedo— enfrentarían a una horda de seres malignos que parecía siempre estaban celebrando golpes de estado, urdiendo traiciones y viviendo en una constante inestabilidad política.

Cada ser humano era responsable de su propio Cielo e Infierno y realmente eso fue lo más aterrador de esta interpretación bíblica: nadie te condenaba, sino que tus propias acciones eran las causantes de tu estado espiritual en la siguiente vida, era tu libre albedrío el que finalmente te llevaría a cualquiera de los dos sitios. 

Elenita

A Elena Poniatowska nunca le gustó que le dijeran Elenita, tampoco le reclamó a nadie, no es para menos, aunque a ella le tocó crecer entre los poderosos, por medio de su obra siempre tuvo un gesto oportuno, una novela, una crónica, un reportaje, una entrevista cuyo tema principal fueron los menesterosos de este país como centro de su narración.

Luego de escribir La noche de Tlatelolco, la publicación empezó a tener un mayor auge, gracias a que fue uno de los únicos textos que se escribieron en la época sobre el tema y aunque el texto no hacía un señalamiento directo de los responsables, las entrevistas realizadas junto a la cronología de hechos contados ahí, iluminaba oscuridades hasta ese momento vedadas por el gobierno que para el año de su publicación, 1971, ya había comenzado una razia política, desapareciendo estudiantes y a sus organizaciones para disolver las incipientes guerrillas urbanas que se gestaron tras la masacre de Tlatelolco.

Jesusa 

Cuando Elena conoció a Jesusa Palancares —su nombre real era Josefina Bórquez— la escuchó en una azotea y como ella misma lo escribiría, le pareció formidable su lenguaje y sobre todo su capacidad de indignación. Entonces, Poniatowska acordó con Jesusa —aunque a regañadientes de esta última— irla a visitar cada miércoles de 4 a 6 de la tarde para que Palancares le contara su vida de donde sacaría la novela “Hasta no verte Jesús mío”. Vivía cerca de la cárcel del Palacio de Lecumberri en una vecindad humilde, siempre quejándose, Jesusa no solo resultó un personaje casi fantástico de la realidad y luego de la literatura mexicana, sino toda una luchadora social muy a su estilo y forma. Nacida en 1900 en Miahuatlan de Porfirio Díaz, Oaxaca, a temprana edad quedó huérfana y junto a su hermano y su padre comenzó un vagabundeo que la llevó por todo el país en un momento en el que las distintas facciones revolucionarias peleaban el poder sobre una revolución que por lo menos a ella le parecía una sarta de intereses en los que no había buenos ni malos, sino solo una montaña de conveniencias para sobrevivir rapazmente. 

El feminismo de Jesusa 

Jesusa Palancares es uno de los personajes más vigorosos y entrañables de la historia de la literatura nacional. Fue una mujer que peleó por sus propios derechos como mujer frente al machismo rampante en la conflagración armada. Resulta reveladora la manera en la que Poniatowska renunció a su presencia como narradora dentro de la trama y que del testimonio recogido hiciera un ensamble con la suficiente maestría como para mantener al lector pendiente de las aventuras que a la vez, también debería ser considerada una aproximación a la primera anti-heroína dentro de nuestras letras.

Jesusa es una mujer valiente que termina casada con el capitán Pedro Aguilar, un hombre que la golpea y la trata mal, del que en dado momento debe defenderse arriesgando su vida como siempre tuvo que hacerlo, a golpes y balazos.

Palancares pasa por la transición del estado revolucionario a uno institucionalizado que en ambas circunstancias la margina. Llega a la Ciudad de México a realizar los oficios más pesados (lava ropa ajena, hace quehacer en casas donde no le pagan, atiende como mesera cantinas, fabrica muebles etc.), y comienza a habitar los espacios más alejados dentro de la urbe —Poniatowska advierte que la vio cambiarse un incontable número de veces de casa ya que peleaba con sus caseras, siempre cada vez más lejos de la Ciudad— y también, vive la violencia y la falas autoridad de los hombres que acostumbrados a doblegar a la mujer y someterla, ella desafía. No pelea por las demás personas y si lo hace, sus incursiones son breves y justificadas, solo se mete si tiene que ver con sus propios intereses y por la manera en la que son contadas, todas sus acciones pasan por una épica contraria a las virtudes. Por eso es un ejemplo de anti-heroína —hay solo dos antes que ella, Micaela y María en “Al filo del agua”— porque como lección, repasar su vida deja al lector que el principio recae en no dejarse del sistema y la encarnación de este sistema injusto es el hombre como género, a los que según sus palabras, “los mal educaron y enseñaron a hacer lo que quisieran con las mujeres”. 

Los espíritus de Palancares             

Por lo contrario que pudiéramos suponer, sobre todo por el carácter desapegado y escéptico que Jesusa manifiesta en la narración, fue una mujer religiosa, veía espíritus y siguió el espiritismo en el que Madero también creyó y que comenzó a popularizarse a mediados del s. XVIII de la mano de Allan Kardec. Esa misma teología swedenborgiana evolucionada a prácticas que se presentaban en fenómenos como los grupos de personas que llamaban a los espíritus a hacerse presentes por medio de las mesas parlantes y el de la escritura automática. Estas prácticas ganaron adeptos en nuestro país con Jacinto Roque Rojas Esparza, mejor conocido como Roque Rojas fundador de la Iglesia Patriarcal Elías “La Mujer hermosa Vestida de Sol”, llamados por el pueblo como los Trinitarios Marianos donde a Roque Rojas se le consideró como el mesías mexicano, el que predicó en el Cerro de la Estrella a lado de doce discípulos, seis hombres y seis mujeres, llegando hasta los Dinamos de la Magdalena Contreras y a quien además, un carro de fuego se lo llevó al cielo como en su momento al profeta Elías.

Palancares hizo contacto con el espíritu de Manuel Antonio Mesmer, aquel alemán que descubrió el magnetismo animal que posteriormente fue llamado mesmerismo. En la novela, esta práctica no es explorada más a fondo pues la propia Poniatowska advierte que la obra espiritista —que en 1963 contaba con más de 170 templos tan solo en la Ciudad de México— le pareció oscura y a veces incomprensible. 

Hasta no verte Jesús mío 

Publicada en 1971 es la novela más lograda de Elena Poniatowskasegún Michael Schuessler. Es el resultado de una profunda investigación de campo, donde Poniatowska le da voz a una mujer que ha vivido tras bambalinas y con el viento en contra los procesos del edificación de la modernidad mexicana que excluyó de la repartición de recursos a grandes segmentos de la población y, que por otro lado, explotó hasta agotarlos. En esta novela hay un desfile de menesterosos, de personajes patibularios que marchan en medio de la Revolución y ven únicamente por su sobrevivencia. En ese sentido, “Hasta no verte Jesús mío” es un collage de testimonios de una sociedad que incipiente, se debate en un estado de naturaleza rapaz e indolente.

Es una novela que se asoma a la oscura consolidación de la vida urbana en las grandes ciudades luego de que, los campesinos abandonaran sus tierras y oficios para pasar a formar parte de los ejércitos de trabajadores que serían empleados por las grandes industrias. De otra manera, es un trabajo antropológico, un testimonio de primera voz de una participante que en contra de las convenciones sociales de su época, lucha por su sobrevivencia y también por sus propias maneras de hacer las cosas. Jesusa Palancares, también es un ejemplo de aquel mito del Tlacuache en los que los estudios de López Austin hicieron hincapié. La personalidad dicharachera, engañosa, del tlacuache como sujeto mitológico que es el encargado de robarse el fuego y hacerse el muerto para poder escapar más por astucia que por fuerza de sus enemigos y entregárselo al hombre.

El otro Ogro Filantrópico

Como un Ogro Filantrópico Octavio Paz definió al Estado mexicano (un Estado por cierto que lo consintió mucho, un aparato, también que hizo mucho por el autor de El laberinto de la soledad), que era operado por una burocracia corrupta y orgullosa, que preparaba a los miembros del partido para ir directamente a los puestos que hacían funcionar este aparato gubernamental. Elena describió en Hasta no verte Jesús a ese mismo Ogro pero tirado en las calles y viviendo la resaca, un Ogro que no ayuda sino pide, que no soluciona, sino vomita, arroja, arrebata, pervierte, festeja su derrota y vive en la intemperie de lo desconocido, pues su propia carencia no le permite hacer planes, mucho menos grandes defensas o ufanarse de quién es y para qué sirve…

Comenta

Deja un comentario