Felipe León López
Mientras en México el ambiente político y mediático nos prepara para “la gran invasión” estadounidense —ya sea a gran escala en nuestro territorio o mediante incursiones selectivas para llevarse a narcopolíticos— y se exalta a patriotas envalentonados que dicen estar listos para alistarse en las Fuerzas Armadas nacionales y dar la vida, si fuera necesario, en defensa de la nación, una buena parte de las mentes críticas del país y del mundo se hace la misma pregunta, con creciente escepticismo: ¿quién podría detener a Donald Trump?
Quizá sea el momento de convocar a una asamblea internacional de superhéroes patrioteros, porque claramente ni todos los analistas internacionales con sus hilos en redes sociales ni las mesas de opinión en televisión o de la infinidad de canales de Youtube han encontrado la fórmula mágica. ¿Será que necesitamos importar kryptonita política de algún país nórdico para encontrar la fórmula? O mejor aún, pedirle a Hollywood que escriba el guion de “El villano que no sabía perder el poder” o una versión remasterizada de “Thanos” en color naranja. Total, si la realidad ya superó a la ficción, ¿por qué no ponerle más drama o tragedia a esta historia en movimiento?
Mientras tanto, seguimos esperando, atrapados entre teorías de conspiración y memes de consumo exprés, porque lo único verdaderamente claro es que, si alguien logra frenar a Trump, no será gracias a un “plan maestro” gestado en alguna reunión de café en la capital, sino, como casi siempre ocurre, desde abajo: desde la gente, los pueblos, los sectores sociales organizados. Y en esa categoría también entran los estadounidenses, quienes, lejos del estridente chovinismo latinoamericanista, han ido escalando protestas callejeras e inconformidades políticas y legales contra el monstruo que emergió de su propio modelo democrático, anclado en el capitalismo más puro y descarnado.
Por supuesto, hay enorme inquietud en la misma sociedad estadounidense, partida entre quienes siguen creyendo a pie juntillas que el salvador de la Grandeza y de su eventual colapso de los Estados Unidos es el actual presidente y su método avasallador que lo mismo lanza decretos ejecutivos y arancelarios, ordena deportaciones masivas, ataques bélicos en oriente o Sudamérica, impone su agenda a los medios, sin negociaciones, sin concesiones y sin rendir cuentas porque su único límite es su moral… ¿Dónde hemos escuchado eso antes?
Pero, del otro lado, cada vez con mayor fuerza, su estilo de gobierno de golpe directo y efecto inmediato, saturando la atención pública mundial, empieza a desgastar a sus propios ciudadanos. Opositores demócratas y republicanos —incluidos políticos y empresarios— comienzan a articular mecanismos reales de contención: la protesta social, el reclamo institucional de gobernadores y autoridades locales, y el castigo político desde la Cámara de Representantes y el Senado, donde ya se tejen alianzas antes impensables.
Claro, la mira está en el proceso electoral del 3 de noviembre próximo, cuando se realicen elecciones intermedias por el control del Congreso y de 39 gubernaturas de los Estados Unidos. No es poca cosa, porque el Legislativo es fundamental para contener abusos, limitar presupuestos y exigir explicaciones.
Tan relevante es esta elección que el propio Trump, en su papel de víctima anticipada, llamó a los republicanos a cerrarle filas. Sabe que, si los demócratas recuperan el control del Congreso, el escenario de un nuevo juicio político se vuelve inevitable. Él mismo lo dijo sin rodeos: “Tienen que ganar las elecciones de mitad de período, porque si no las ganamos… bueno, encontrarán una razón para someterme a un juicio político. Me destituirán”.
Por lo pronto, el pasado 8 de enero, republicanos y demócratas impulsaron la iniciativa que el Senado estadounidense que busca bloquear nuevas e hipotéticas incursiones militares del gobierno de Trump en Venezuela y, además, han advertido que bloquearán más acciones militares en Groenlandia, respetando la soberanía de Dinamarca.
De las protestas sociales desde el mismo corazón de Estados Unidos han subido de tono en varios frentes abiertos que no se han podido cerrar:
- Movilizaciones masivas por derechos civiles, por los derechos de la mujer y contra el racismo, especialmente luego de la muerte de George Floyd;
- Contra políticas migratorias, primero contra la política de “tolerancia cero” y las recientes “ICE Out For Good”;
- Poner fin a tensiones internacionales como los ataques a Irán, el secuestro de Nicolás Maduro y la intromisión en asuntos internos de Venezuela o las amenazas a México, Colombia, Canadá y Dinamarca, además de que a mediados de febrero preparan activistas de varias ciudades una gran protesta en apoyo a Palestina y contra el respaldo a Israel;
- Y sin perder de vista que sigue latente el Movimiento “Sin Reyes” (No Kings) contra la línea autoritaria de Trump, cuya última agitación impactó en 2,500 ciudades de los Estados Unidos, a quien le piden respetar resoluciones de Naciones Unidas y de la Corte Penal Internacional.
Además del Senado, existen otras articulaciones políticas relevantes de contención. Los gobernadores de Illinois, Colorado, California, Nueva York, Maryland y Minnesota conforman un frente activo de oposición a la agenda trumpista. Nueva York cuenta con un alcalde musulmán y socialista; y en Nueva Orleans, una demócrata de origen veracruzano, Helena Moreno, ha llegado a la alcaldía.
En México, mientras tanto, vivimos un espectáculo aparte: la presidenta por un lado y el partido Morena por otro. ¿Descoordinación? Más bien una coreografía de desencuentros que terminará pesándonos a todos. Por un lado, la presidenta se esfuerza por proyectar una vocación de apertura democrática; por el otro, los liderazgos partidistas y varios gobernadores parecen competir para ver quién impone más obstáculos.
Ella habla de construir consensos, pero lo que se percibe es el avance de la aplanadora política, arrasando con cualquier vestigio de diálogo. Se desperdicia una oportunidad histórica para impulsar una reforma electoral sólida y legítima, mientras su representante, Pablo Gómez, parece echarlo todo por la borda. Se promete erradicar el nepotismo y la reelección, pero caciques y dinastías como los Gallardo, los Monreal o los Salgado se aferran al poder como si fuera el último tamal de la mesa.
Se proclama la conciliación nacional, pero los aparatos de propaganda —orquestados por quién sabe quién— se empeñan en dividir al país entre “buenos” y “malos”, entre conservadores y no conservadores, como si cada ciudadano tuviera que elegir bando y portar etiqueta. Se presume respeto a la libertad de expresión, mientras los gobernadores compiten por ver quién cancela o criminaliza a más periodistas incómodos, casi como si existiera un incentivo para ello.
Se habla de diálogo y acuerdos con Estados Unidos, pero Morena encabeza una campaña que no es anti-Trump ni antiimperialista, sino abiertamente antiestadounidense, sin matices ni contexto, ignorando que dentro de ese mismo país existen resistencias y luchas reales. Como si el viejo “Yankees go home” fuera, por sí solo, la solución a todos nuestros problemas.
Parece que se olvida que la presidenta debería tener listo y cohesionado a un país que, dejando de lado colores partidistas, pudiera defender la soberanía nacional —y la de las Américas— desde un frente ciudadano amplio y consciente.
¿Cuándo lo entenderán?
Contacto: feleon_2000@yahoo.com
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