¿Qué significa lo ocurrido en Culiacán? Autor: Venus Rey Jr.

Foto: Xinhua

A una semana del muy lamentable episodio de violencia en Culiacán, con la cabeza fría –confieso que en el momento de los hechos mi ánimo estaba encendido y reconozco que con sangre caliente es difícil cogitar–, llego a la conclusión de que, a pasar de todo, el presidente actuó razonablemente al avalar la liberación del narcotraficante Ovidio Guzmán. Explico por qué.

Si uno lee opiniones de personas como John Ackerman o Federico Arreola, periodistas incondicionales del régimen, la impresión sería de triunfo, de que nunca antes un presidente había sido tan bueno, tan patriota, tan humano, tan valiente y tan eficaz. Arreola empieza su artículo diciendo «es un honor estar con Obrador» y Ackerman concluye que lo ocurrido en Culiacán muestra que López Obrador es el mejor presidente que ha tenido México y que los narcotraficantes tienen tanto miedo y se sienten tan débiles ante la figura presidencial, que lo que hicieron el pasado jueves 17 de octubre en Culiacán es prueba de su desesperación. No es posible tomar con seriedad estas opiniones.

Pero tampoco es posible coincidir con algunos otros periodistas que aseguran que los hechos de Culiacán son el fin del mundo, que nunca en la historia había sucedido algo tan grave, que el Estado mexicano fue humillado, doblegado, arrodillado, y que el ejército está tan molesto que hasta se está planteando una insubordinación; que el General Secretario de la Sedena está tan enojado que ni siquiera quiere hablar con López Obrador y que Culiacán es el comienzo del fin de este régimen. Ricardo Alemán dice que todo fue un montaje del gobierno con tal de evitar la entrega de Ovidio Guzmán a las autoridades de Estados Unidos, pues, asegura, el Cártel de Sinaloa es aliado de AMLO y éste les brinda protección. Cuando en el operativo capturan a Ovidio, AMLO habría montado un espectáculo mediático para dar la impresión de que se vio forzado a liberar al narcotraficante, valiéndose de un falso dilema, y así evitar a toda costa entregarlo a Trump. Por su parte, Carlos Loret, que sabe mucho de montajes, afirma que México se exhibió internacionalmente como un Estado fallido y que el presidente López Obrador quedó en ridículo, que no es que haya liberado a Ovidio para salvar la vida de personas, sino que el propio presidente fue quien puso en riesgo a la gente: fue AMLO, según Loret, y no los narcos, quien colocó en mortal peligro a todo Culiacán. Tampoco es posible tomar con seriedad estas opiniones.

¿Qué significa lo ocurrido en Culiacán?

Lo que sucedió fue que se llevó a cabo un operativo para aprehender a Ovidio Guzmán, y dicho operativo falló de forma estrepitosa. Que existió negligencia y torpeza extrema por parte de quienes encabezaron el operativo, sí. Que hubo una brutal reacción de los criminales para rescatar a Ovidio y que dicha reacción puso a Culiacán en peligro, sí. Que los sicarios, perfectamente organizados, sitiaron la ciudad, cortaron las vías de acceso, sembraron el caos, infundieron terror, tomaron como rehenes a soldados del ejército y amenazaron con matar a las familias de los militares que viven en una unidad habitacional militar, sí. Que todo se salió de control de la peor manera posible, sí. Que el gabinete de seguridad quedó en ridículo, sí. Que se puso en evidencia la falta de coordinación de dicho gabinete, que, se supone, sesiona todos los días a las 6 am, y que estos hechos generan serias dudas respecto a la estrategia de seguridad del gobierno federal, sí. Todo sí. Quedaron mal, se vieron mal y no hay forma de negarlo ni de ocultarlo. Y el que peor se vio de todos fue Alfonso Durazo, quien en un primer momento dio una versión tan inverosímil que tuvo que enmendarla varias veces hasta perder por completo la poca credibilidad que le quedaba.

Es grave que un operativo para capturar a tan importante criminal se haya desplegado tan a la ligera y sin el conocimiento de las autoridades. Al parecer ni el presidente, ni el secretario de la Defensa, ni Alfonso Durazo sabían del operativo, a pesar de que todas las mañanas se reúnen. Durazo tuvo que cambiar su primera versión luego de que el presidente le ordenara conducirse con la verdad. En apariencia –y subrayo “en apariencia”– esto es un signo de debilidad del presidente: que se conduzca con la verdad y que diga las cosas como son. Tampoco estoy afirmando que ello sea signo de fortaleza, pero el hecho de que el presidente dé la cara, que reconozca públicamente que no sabía del operativo, que cuando fue informado de la situación ya estaba todo fuera de control y que él avaló la moción de liberar al narcotraficante; todo ello muestra una forma inédita de ejercer el poder. Ningún otro presidente habría aceptado nunca responsabilidad alguna. Jamás. Nunca habría aceptado y reconocido públicamente su ignorancia, menos aún si es el jefe-supremo-de-las-fuerzas-armadas que todo-lo-sabe-y-todo-lo-controla… casi como un dios.Nunca en la vida habría reconocido ningún otro presidente que dejó ir al criminal, aunque de hecho todos los presidentes anteriores no sólo han dejado ir a criminales y los han protegido (gobernadores, abogados, empresarios, funcionarios; ah, porque no sólo los narcotraficantes son criminales), sino que ellos mismos han ocupado la cúspide del delictivo aparato de corrupción que ha lacerado como un cáncer a nuestro país. Haber evadido la responsabilidad y haberse ocultado tras el escudo protector del poder y del cargo, como han hecho todos los presidentes, hubiese sido lo cobarde. Sí, AMLO demuestra que no tiene el control y que la coordinación de su gabinete de seguridad es alarmantemente ineficaz, pero no rehúye su responsabilidad ni se esconde. Podrá quedar como incompetente, negligente y hasta torpe, pero no queda como un mentiroso ni como un sinvergüenza.

Los opositores de AMLO le temen, creen que es autoritario, que de facto es un dictador, que su poder es inmenso, que tiene secuestradas a las instituciones del Estado mexicano y que está preparando reformas constitucionales para perpetuarse en la presidencia durante décadas. Esto es tan exagerado que da risa. Lo ocurrido en Culiacán demuestra lo frágil y vulnerable que es el gobierno. La oposición cree que el presidente es todopoderoso e invencible porque están empequeñecidos y eso merma su percepción. El poder de AMLO y de Morena es endeble. Si pierden mayoría en la Cámara de Diputados en 2021, estarán perdidos. Sin una mejora contundente y sustancial en la seguridad pública no puede haber transformación alguna, ni primera, ni segunda, ni tercera, ni cuarta. El empeoramiento de la violencia conducirá al presidente y a su partido a un descalabro electoral.

El quid del asunto: ¿hizo bien o no el presidente en liberar a Ovidio Guzmán? Ya dije que todo en este operativo falló y que quedó en evidencia la incapacidad del gobierno: 1) la autoridad detuvo a Ovidio Guzmán; 2) los narcotraficantes y sicarios superaron en número a los efectivos federales y se dispusieron a rescatar a Ovidio; 3) para ello sitiaron la ciudad, quemaron vehículos e iniciaron balaceras en diversos puntos de Culiacán y liberaron a más de cincuenta presos de un penal; 4) los sicarios habrían tomado como rehenes al menos a ocho soldados y habrían rodeado la unidad habitacional militar de la localidad; 5) en dicha unidad se encontraban las familias –esposas e hijos– de militares asignados a la zona. Un cuadro perturbador.

La situación llegó a un punto en el cual el Cártel de Sinaloa exigió la liberación de Ovidio Guzmán, de lo contrario asesinarían a los soldados que tenían como rehenes, y prenderían fuego a la unidad habitacional, con la consecuente mortandad de mujeres y niños inocentes. El presidente tuvo que tomar la decisión: quid pro quo. ¿Qué hubiera hecho usted? Yo, sin dudarlo y dada esa situación, hubiera optado por salvar la vida de los soldados retenidos y de las mujeres y niños amenazados, aún a sabiendas de que todo México me lo reclamaría, a pesar de que muy probablemente estuviera sentando un terrible precedente que pudiera abrir la posibilidad del narcoterrorismo. Si así fueron las cosas, me parece que no hay falso dilema, como acusan los críticos, y que el presidente hizo lo correcto, dadas las circunstancias. Una cosa es cómo se llegó a esa situación y otra distinta es, dada la situación, cómo se resolvió. En el primer caso (cómo se llegó a esa situación), todo es torpeza y negligencia dignas del más enérgico reproche; en el segundo caso (dada ya la situación), si de verdad se llegó a ese punto, el presidente no tenía alternativa y era un imperativo moral que optara por la vida de soldados, mujeres y niños por encima de la detención del delincuente.

El problema es que la gente confunde las cosas, no alcanza a ver los planos y emite juicios estrambóticos e iracundos –tampoco es que el presidente ayude con sus explicaciones–. Ok: ya tienes la situación, ya te estalló en la cara, por las razones que tú digas y mandes: o sueltas al Chapito o se mueren inocentes. Yo creo que la elección es obvia. Y no dejaría de ser obvia aunque resultara ser verdad que no sólo Ovidio, sino también su hermano Iván Archibaldo, fueron detenidos y liberados.

Algunos comentaristas también se sienten abogados y aducen, para incriminar al presidente, el artículo 150 del Código Penal Federal que tipifica la evasión de presos. Dicen que el presidente cometió flagrantemente el delito y además lo confesó en público. Las disposiciones legales no deben entenderse de manera aislada, sino de manera integral y armónica. Deberían considerar estos comento-penalistas que existen causas de exclusión del delito, previstas por el mismo ordenamiento que con tanto ahínco invocan. Una de ellas es la no exigibilidad de otra conducta.

@VenusReyJr

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