¿Tiene México, su gobierno, la potencia suficiente para hacer frente a la amenaza de Trump, y a la vez realizar una reforma electoral que inevitablemente profundizará las divisiones internas?
José Reyes Doria | @jos_redo
GUERRA Y POLÍTICA
Bien dijo Clausewitz: la guerra es la continuación de la política por otros medios. Cuando la diplomacia se agota, cuando la política llega a un callejón sin salida, la guerra se presenta como principal vía de continuidad de los procesos político-históricos. Cuando hay alguna paridad de fuerzas entre los contendientes, la guerra precipita la resolución de los conflictos. Pero cuando entre los protagonistas existe una asimetría abismal de fuerzas, como es el caso de Estados Unidos y México, más que una guerra lo que puede ocurrir es una agresión militar unilateral fulminante, una aniquilación.
Otra lección histórica en la materia, indica que un Estado, o un régimen, debe evitar hasta donde sea posible quedar entre dos frentes de guerra. Porque el desgaste de energía y recursos en la guerra es inconmensurable, de tal manera que luchar en dos frentes, contra dos enemigos distintos, requiere un esfuerzo titánico si se quiere obtener la victoria o al menos preservar lo que se tenía antes de la confrontación. Solo las grandes potencias se han dado el lujo de tener dos y hasta tres frentes bélicos, y no siempre ganaron. Julio César y Napoleón lo lograron, pues sus naciones y ejércitos eran potentes en grado superlativo.
VENEZUELA HACE POSIBLE TODO
Lo anterior tiene sentido ante la intensa coyuntura, en este año 2026, que enfrenta México. O, mejor dicho, el régimen de la llamada Cuarta Transformación encabezado por la presidenta Claudia Sheinbaum. Por un lado, cobra cada vez más fuerza la probabilidad de una agresión militar de Estados Unidos contra México, con el pretexto de destruir a los carteles del narcotráfico, o, como los denominan los norteamericanos en su narrativa belicista: contra los narcoterroristas en territorio mexicano.
La intervención militar estadounidense en Venezuela, haciendo alarde de potencia y soberbia para extraer a Nicolás Maduro, ha tenido el efecto de hacer exponencialmente más verosímil la amenaza de ataque a México. La gran mayoría de analistas internacionales descartaban una acción de ese calibre en Venezuela, pero finalmente ocurrió.
ES LA ERA DE LA FUERZA
En los días posteriores a la agresión contra Maduro, Donald Trump y otros miembros de su gobierno han intensificado los mensajes de amenaza explícita de ataques terrestres contra los carteles de las drogas mexicanos. El propio Trump proclamó la irrelevancia del derecho internacional, los tratados o las cortesías diplomáticas, arrogándose el poder de atacar militarmente a cualquier país.
Un buen número de analistas consideran que no ocurrirá un bombardeo estadounidense contra capos e instalaciones del narcotráfico en México, aduciendo argumentos por demás racionales. Sin embargo, la impresión general es que una agresión militar de las fuerzas armadas gringas en nuestro territorio es claramente posible. Las prospectivas más catastrofistas, lo ven inminente.
Imposible saber si Trump dará esa orden. Pero el momento actual de la relación bilateral puede ubicarse en un punto intermedio entre la guerra y la paz. Podría decirse que la relación está en una situación prebélica. Mejor dicho, que, dados los posicionamientos, amenazas y movimientos de EEUU, la situación es una donde se ha gestado la antesala de una intervención militar. No sabemos si ocurrirá o no, pero las condiciones son de preguerra.
ESTAMOS YA EN UNA PRE-GUERRA
Aun sin la concreción de esa amenaza, el régimen mexicano está ya ubicado en una situación que requiere toda la atención y esfuerzos concentrados en el objetivo estratégico, vital, de evitar la intervención militar de Estados Unidos. Lanzar todas las acciones diplomáticas posibles, encontrar formas de contener el acoso y las exigencias asfixiantes del gobierno de Trump, pero tratando de impedir esa acción bélica.
Porque, de hecho, México ya está en un frente de guerra con Estados Unidos en grado de amenaza cada vez más implacable. El gobierno de la presidenta Sheinbaum está obligado a actuar con la mayor asertividad posible, acompañando con una visión estratégica la prudencia que le ha dado buenos resultados en la tortuosa relación con Trump. No hay otro problema o urgencia de mayor jerarquía ante la Espada de Damocles que Trump ha colocado sobre la cabeza del régimen mexicano.
Porque si ocurre la agresión militar, las consecuencias serían catastróficas e inconmensurables, no solo para el régimen: para el país sería una profunda herida, un nuevo trauma histórico.
LA REFORMA ELECTORAL COMO SEGUNDO FRENTE BÉLICO
En este escenario, la decisión de impulsar una reforma político-electoral tan profunda, automáticamente abre otro frente, ahora de confrontación interna, de dimensiones incalculables. Los ejes más controvertidos de la reforma, a juzgar por lo que han adelantado la propia Presidenta y la iniciativa que al respecto propuso AMLO en 2024, son tres: eliminar o reducir significativamente la representación proporcional en el Congreso, reducir sustancialmente el financiamiento público a los partidos políticos y al INE, y revisar la autonomía del propio INE. La legislación y la institucionalidad electoral, así como el sistema de representación política, llevan vigentes casi treinta años, gozando de un amplio aprecio social.
No entraremos aquí a las motivaciones del régimen que lo llevan a considerar impostergable la reforma político-electoral. Podemos señalar que, en cierto modo es atípico el proceso, porque las reformas electorales anteriores siempre fueron impulsadas por la oposición político-partidista y por amplios sectores de la sociedad. Sin embargo, en esta ocasión la reforma es planteada por el propio gobierno.
LA REFORMA, ¿HOY O MEJOR MAÑANA?
En lo referente al panorama político del país, también es atípico que un régimen que goza de un posicionamiento tan potente decida impulsar un cambio profundo en las reglas electorales y la representación política. Así es: el régimen de la 4T ha conquistado dos veces seguidas la Presidencia de la República con niveles de votación cada vez más arrolladores; obtuvo la mayoría calificada de dos terceras partes en el Congreso de la Unión como no ocurría desde hace 40 años; sacó adelante una reforma al Poder Judicial que hizo posible que llegaran a la Suprema Corte, a tribunales y juzgados estratégicos personas afines a la 4T; tienen 24 de las 32 gubernaturas y, por si fuera poco, la Presidenta goza de altísimos niveles de popularidad y Morena acapara apabullantemente la intención de voto en todo el país.
Con el fusil gringo apuntando a la cabeza, y con este poder político tan dominante de la 4T, cabe preguntarse si es necesaria la reforma electoral, y si es conveniente hacerla en este momento. Porque, definitivamente, la reforma genera confrontaciones intensas dentro y fuera del régimen. La postura del PT y del Partido Verde, aliados de la 4T, rechazando esa reforma, es en sí misma una seria discordia. Puesto que los términos de ese cambio estructural significan para ellos casi la extinción, han declarado que no apoyarán el proyecto.
POLARIZACIÓN INEVITABLE
En el interior de Morena, que hoy por hoy es una amalgama de diversos orígenes y orientaciones ideológicas, tampoco está tan claro el consenso en torno al proyecto de reforma. Al exterior de la alianza gobernante, el rechazo es absoluto. El PRI, el PAN y MC han condenado la reforma en los términos anunciados. No es que estos partidos opositores tengan gran arrastre en la sociedad, ya no lo tienen, pero el tema de la autonomía del INE y la sobrerrepresentación en el Congreso tienen el potencial de conectar con importantes franjas del imaginario social y conformar polos de resistencia a la reforma.
El rechazo social puede ser mediano, grande o irrelevante, pero entre los poderes fácticos, es decir grupos empresariales, mediáticos, financieros, universitarios, extranjeros, estudiantiles y demás sectores con capacidad de influir en el ánimo social, el tema de la reforma electoral puede ser utilizado o manipulado de tal manera que obliguen al régimen a gastar energías, recursos y legitimidad en el proceso de reforma.
Entonces, si no una guerra, sí habría un confrontación sumamente visceral y polarizadora entre los promotores de la reforma y los que la rechazan dentro y fuera del régimen.
GUERRA EN DOS FRENTES
Así, estaríamos en el temible escenario de un régimen en medio de dos frentes de guerra. Por lado el delirio amenazante del imperialismo yanqui, y en el otro frente, una confrontación política interna exacerbada, una discordia creciente que haría casi impracticable la unidad nacional necesaria para enfrentar la amenaza de la intervención militar de Estados Unidos.
¿Tiene México, su gobierno, la potencia suficiente para hacer frente a la amenaza de Trump, y a la vez realizar una reforma electoral que inevitablemente profundizará las divisiones internas? Veremos pronto los desenlaces de este interesante nudo.
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