¿Por qué celebrar el Día Mundial del Orgasmo Femenino? Autor: Venus Rey Jr.

0
991

«Hacia tu marido irá tu apetencia y él te dominará»
Génesis 3, 16

Hace casi veinte años llegó a mis manos Woman. An intimate Geography, un libro de Natalie Angier. Hace veinte años yo estaba a punto de cumplir los treinta, trabajaba como académico en dos universidades, había acabado mi Maestría en Filosofía y estaba próximo a iniciar mis cursos de Doctorado. Hace veinte años llevaba yo casado casi diez y tenía dos hijos. Era un académico joven que se creía instruido y que pensaba que sabía, si no todo, sí bastante sobre el sexo y las mujeres. Después de leer el extenso libro de la especialista en temas científicos del New York Times,me di cuenta que yo sabía muy poco sobre el sexo y casi nada sobre la mujer. Me di cuenta de una manera clara y distinta que era yo un ignorante. No es que ahora ya no lo sea. A pesar de haber combatido concienzudamente mi ignorancia, sigo siendo un aprendiz que aspira algún día a convertirse en maestro. Llevo ya cierto tiempo escribiendo sobre erotismo, así que algo debería saber al respecto, y no obstante sigo como al principio: perplejo y fascinado por la Gran O de las mujeres. Cuando yo leí el libro de Natalie Angier, no se había instituido un día especial de celebración, pero desde hace algunos años, el 8 de agosto se ha convertido en el Día Mundial del Orgasmo Femenino.

Una visión superficial haría parecer este día como una fecha trivial, insulsa y hasta grotesca. Me he cruzado con gente que así piensa: celebrar el clímax sexual de las mujeres es, en el mejor de los casos, una tontería, y en el peor de los casos, una vulgaridad. He visto no sólo a hombres, sino a mujeres que así opinan, lo cual revela una triste visión de la sexualidad en general, y de la feminidad en particular. Quien así piensa demuestra que tiene en muy poca estima a las mujeres, o, peor todavía, que les tiene aversión. Es aún más desconcertante que en ocasiones son las mismas mujeres quienes tienen visiones misóginas de sí mismas y practican la auto-discriminación. Pero, bueno, no se me mal interprete: no estoy aquí para sermonear ni para reprochar nada a nadie, sino para explicar por qué, desde mi punto de vista, este Día Mundial es tan importante.

La Gran O de las mujeres no es ni una tontería ni una vulgaridad: es algo vital, fundamental, lleno de fuerza, pleno de belleza. Este Día Mundial del Orgasmo Femenino no sólo significa la exaltación del placer de la mujer –lo cual de suyo es muy bueno–, sino, en el fondo, significa la exaltación de la feminidad. Recordemos que en el pasado –y no muy remoto–, y aún en nuestros días, el placer y la sexualidad de las mujeres eran vistos como algo pecaminoso y hasta diabólico: “varium et mutabile semper femina”. Para filósofos como Aristóteles o Tomás de Aquino, artífices y creadores del edificio conceptual cristiano, la mujer es un hombre incompleto, un hombre imperfecto. No querrán ustedes saber las opiniones de pensadores como Kant, Schopenhauer, Nietzsche, o de algunos de los grandes líderes religiosos, empezando por Pablo de Tarso. Según la tradición occidental, fue una mujer la que hizo caer al hombre en pecado, y con ello la maldición del pecado original infectó a la humanidad entera. Claro que el hombre también tuvo culpa, y no obstante, la mujer recibió, además de la maldición, un severo castigo: estaría sometida al hombre: «hacia tu marido irá tu apetencia –sentencia Yahvé– y él te dominará.» (Génesis 3, 16). La vituperación de la sexualidad y el deseo femeninos ha sido desde siempre una herramienta de control y de opresión.

A lo largo de la Historia, la figura femenina ha sido vilipendiada por las estructuras patriarcales. La mujer ha sido maldecida en Eva, en Lilith, en Magdalena, en Hipatia. A pesar de que algunos sostienen que no, que el cristianismo reconoce en María a la Madre de Dios, y que eso es suficiente para demostrar que ninguna religión o corriente de pensamiento da a la mujer mayor valor, habría que decir que, lamentablemente, no es así… del todo.

Juan Pablo II formuló una pregunta retórica en Mulieris Dignitatem: «¿no se ha obrado en ella [María Virgen] y por medio de ella lo más grande que existe en la historia del hombre sobre la tierra, es decir, el acontecimiento de que Dios mismo se ha hecho hombre?» Es retórica porque en realidad está afirmando aquello que pregunta, y porque, en todo caso, sólo tendría validez para el creyente. Pero consideremos que es cierto: que El Verbo se hizo carne por medio de una mujer… no podría haber sido a través del sexo. Y no podría serlo, pues el sexo, en el fondo, y a pesar de lo que se diga, es algo sucio para el cristianismo. Digámoslo sin ambages: el cristianismo ha manifestado desde los primeros momentos una aversión a la sexualidad, particularmente la femenina.

La Madre de Cristo tenía que ser Virgen. María es, pues, Virgen y, por obra del Espíritu Santo, según explica el Evangelio de Lucas, es también Madre: Virgen y Madre. Siguiendo el ejemplo de María –que no controvierto ni pongo en duda–, Juan Pablo II afirma en Mulieris Dignitatem que las dos dimensiones de la vocación de la mujer son Maternidad y Virginidad. Aduciendo estudios científicos, afirma que todo en la mujer es disposición a la maternidad. Pero esto es una verdad de perogrullo. Por supuesto que una mujer, en condiciones normales, y por el simple hecho de serlo, está dispuesta de modo natural a la maternidad. El caso es que el pontífice, apoyándose además en un argumento teológico, proyecta la aceptación de la maternidad de María a todas la mujeres. Lo que dice María: «Hágase en mí según tu palabra» (Lc 1, 38), significa la disposición de todas la mujeres a la aceptación de nueva vida, es decir, a ser madres. El sexo recreativo, es decir, el que no está dirigido a la procreación, es inevitablemente pecaminoso. Incluso a los esposos que ya han engendrado vida no les vendría mal renunciar al sexo. ¿Por qué, si María aceptó la Palabra y fue siempre Virgen, y Cristo padeció y murió en la Cruz para salvarnos; por qué nosotros habríamos de entregarnos al placer sexual como vulgares estetas, en el sentido kierkegaardiano del término? Nadie tiene ese derecho.

Juan Pablo II habla en su carta apostólica de una “Virginidad por el Reino”, o sea, un celibato libre tanto del hombre como de la mujer. Hay celibatos que se deben a defectos naturales, como podrían ser la impotencia o la frigidez, pero hay celibatos libres, como el de los eunucos, a quien Cristo parece admirar: «Hay eunucos que se hicieron tales a sí mismos por el Reino de los cielos» (Mt 19, 12). Válgame Dios: ya estará usted viendo por dónde va la cosa: la persona ha de consagrarse a Dios y a Cristo, entregarse a Él, y para ello debe renunciar a la actividad sexual. Por eso se habla en este documento no de dos vocaciones, sino de dos dimensiones de una única vocación, vocación de la mujer: Maternidad y Virginidad. La mujer ha de ser madre, y si no, ha de ser virgen, es lo que propone Mulieris Dignitatem. Todavía más: aún la mujer casada, luego de ser madre, si de veras quiere entregarse a Dios y a Cristo, ha de adoptar un celibato; no que esté obligada a hacerlo, pero eso sería lo más grato a Dios: que los esposos renuncien al sexo, o al menos lo practiquen únicamente para procrear. Repito, no que estén obligados, pero sería, sin duda, algo pleno y hermoso porque entonces podrían dirigir todos sus esfuerzos y acciones a cumplir el destino escatológico.

La Madre de Cristo es más que una mujer perfecta o una súper mujer. «En María se encuentran cumplidas, en la forma más sublime, todas las posibilidades de la mujer», dice el documento. Y considerando la Maternidad y Virginidad que coexisten simultáneamente en María –insisto, no controvierto ni niego esta afirmación–, el placer sexual queda totalmente fuera. Sólo pensar eso ya es una horrible blasfemia. Pero las mujeres, al menos en condiciones normales –es decir, todas aquellas en las que no se encuentran cumplidas en la forma más sublime todas las posibilidades de la mujer–, sienten placer sexual y se deleitan en él, lo buscan y lo procuran, y ello no debería ser motivo para que se sientan mal, a pesar de que una mujer que se entrega al placer sexual y se regocija en él sería todo lo contrario a María Virgen. Las mujeres han vivido reprimidas toda la Historia. Han sido consideradas como una especie de demonio, Liliths que son esclavas de la concupiscencia. Las mujeres han empezado a reivindicarse y nadie podrá detenerlas.

Por eso el 8 de agosto, o cualquier otro día que exalte la feminidad, es digno de celebración. Es un recordatorio para que esa estructura fálica, religiosa y patriarcal no olvide el abuso al que ha sometido a las mujeres desde siempre. Es un día para que las mujeres se empoderen aún más.

¿Por qué, entonces, no se celebra también el orgasmo masculino? Por la sencilla razón de que los hombres han sido los opresores. No merecen un Día Mundial del Orgasmo Masculino. Es más, un misógino no merece siquiera el saludo. En cambio el Día Mundial del Orgasmo Femenino es una manera placentera y recreativa de celebrar la emancipación de las mujeres, su liberación de las ataduras del machismo y de la violencia de la ignorancia, el triunfo de la feminidad sobre los prejuicios y los fanatismos. Además –y aquí hablo por mí, como esteta irredento que soy, no en el sentido kierkegaardiano, ni lo mande Dios–, el orgasmo de una mujer, esa Gran y Hermosa O, es la más intensa manifestación humana, llena de belleza y poesía, de la explosión primordial que originó el Universo.

Falta mucho camino por recorrer. Por lo pronto, ¿ya sabe usted dónde, cómo y con quién va a celebrar hoy? ¡Feliz Día Mundial del Orgasmo Femenino!

@VenusReyJr

Deja un comentario