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Popularidad y Poder: AMLO con guacamayas, cash, inflación, violencia, militarización. Autor: José Reyes Doria

Foto: Gobierno de México.

José Reyes Doria

Hábilmente, el presidente López Obrador reitera todos los días la idea de que el poder político que ostenta, el más grande desde Carlos Salinas de Gortari, se debe a que el pueblo lo respalda. Una y otra vez dice que en su mandato es el pueblo el que gobierna. La llamada Cuarta Transformación que impulsa, asegura, genera reacciones ilegítimas de los conservadores que solo tienen como propuesta el regreso del régimen de corrupción y privilegios.

El esquema discursivo es elemental, difícilmente resistiría un análisis más o menos riguroso, pero es una política de comunicación y propaganda sumamente eficaz, ya que todas las encuestas indican que AMLO tiene la aprobación del 60-80 por ciento de los mexicanos.

El objeto de esta reflexión es plantear la siguiente pregunta: ¿el poder político que acumula López Obrador viene de la popularidad que goza? O, dicho de otra manera: ¿la popularidad otorga poder político? Las respuestas a ambas preguntas serían que no necesariamente; o bien, que sí, pero siempre que se cumplan ciertas condiciones.

Podemos afirmar que, si AMLO no tuviera mayoría en el Congreso de la Unión, entonces su poder político estaría restringido de tal forma que no hubiera podido realizar muchas de las acciones emblemáticas de su gobierno, tales como el Tren Maya, la refinería de Dos bocas, los programas sociales multimillonarios, la política económica para enfrentar la pandemia y la inflación, la estrategia de seguridad, la actitud ante casos de corrupción como el de SEGALMEX, o sus posicionamientos ante los Estados Unidos.

De no haber contado con mayoría en el Congreso, el poder político del presidente López Obrador no le habría alcanzado para realizar las acciones antes mencionadas con el grado de discrecionalidad y el toque personalísimo con que las ha implementado. En la aprobación del Presupuesto, para no ir muy lejos, la oposición habría condicionado importantemente las acciones emblemáticas del gobierno de AMLO; y se habría creado más de una comisión investigadora. Más en el clima de polarización existente, o incluso el propio AMLO habría matizado su discurso polarizador si no tuviera mayoría en el Congreso.

No estamos abusando del “hubiera”, ni es una obviedad esto que se comenta. Para contextualizar, recordemos que el sexenio salinista de 1988-1994 fue el último en que el Presidente tenía mayoría en el Congreso. Zedillo, Fox, Calderón y Peña Nieto no pudieron obtener mayorías legislativas y por ello no pudieron, para bien y para mal, imponer muchas de sus prioridades. En este sentido, también hay que tener presente que la popularidad del Presidente, no necesariamente se traduce en que su partido gane la mayoría absoluta en el Congreso.

Fox era muy popular, pero en las elecciones intermedias de 2003 no pudo obtener la mayoría en el Congreso. El caso de AMLO es especial, porque en 2018 ganó arrolladoramente la Presidencia, y sus partidos lograron la mayoría absoluta en la Cámara de Diputados y en el Senado de la República. Aunque hay que tener presente que en 2018 AMLO ganó con el 53 por ciento, pero sus partidos obtuvieron el 45 por ciento, es decir, no ganaron la mayoría en las urnas, pero su ingeniería electoral les permitió hacerse con una mayoría aplastante en ambas Cámaras. En las intermedias de 2021, la llamada Cuarta Transformación volvió a ganar la mayoría en la Cámara de Diputados, pero con 43 por ciento de los votos, mientras que el Presidente gozaba de una popularidad del 60-80 por ciento.

El escenario es muy interesante: AMLO tiene casi el doble de popularidad que se partido. Aun así, le alcanzó para asegurar un sexenio completo prácticamente sin contrapesos político-parlamentarios. Insistimos, no es tan obvio ni se da en automático que la popularidad del Presidente se traduzca en poder político efectivo, en este caso, la aprobación presidencial no necesariamente se convierte en mayorías parlamentarias. Hubo el caso del gobernador del PRI de Querétaro en 2009-2015, que terminó con una aprobación del 60-70 por ciento y buenos resultados de gestión, pero su partido perdió la gubernatura con el PAN. O el caso de Peña Nieto, al revés: en las elecciones intermedias de 2015, tenía una aprobación de apenas el 25-30 por ciento, pero el PRI obtuvo el 35 por ciento de la votación.

Entonces, el respaldo incondicional de dos terceras partes de la población al presidente López Obrador, no es la causa directa de que el tabasqueño ostente y ejerza un poder tan incontestable que a veces raya en la imposición autoritaria. Si no hubiera desplegado la ingeniería electoral que desplegó, la 4T no habría ganado la mayoría en el Congreso, sobre todo en 2021, cuando perdió fuerza respecto a 2018. Ya dijimos que la popularidad del Presidente no necesariamente se traduce en victorias electorales. Por más fervor cuasi religioso mayoritario y popular que le tengan a un mandatario, si no se aplica de forma eficaz la maquinaria electoral, el saqueo de candidatos y operadores de otros partidos, el uso eficiente de los recursos públicos y el aparato del Estado, esa popularidad no se traduce en mayorías parlamentarios o en gubernaturas. El PRI lo hizo toda la vida y muchas veces ni así ganaba.

En buena parte esta relación directamente proporcional popularidad-poder político en el caso de López Obrador, obedece a que el respaldo popular al Presidente es realmente incondicional. Es decir, el 60-70 por ciento de la gente lo apoya y en buena medida está dispuesta a creer y votar como lo pida AMLO. Esta parte mayoritaria de la sociedad sabe perfectamente que el gobierno de López Obrador presenta resultados malos y pésimos en economía, salud, educación, combate a la corrupción, seguridad; y así lo reconoce en las encuestas esta porción del pueblo, pero no les importa y respaldan absolutamente al Presidente.

De esta forma, las cada vez más frecuentes y diversas evidencias de atrasos, errores, irregularidades; así como las revelaciones de ex integrantes de su gabinete, las filtraciones tipo Guacamaya, los ataques como el libro El Rey del Cash, por más elementos que aporten para cuestionar o desmentir al Presidente, no causan ninguna mella entre la gente. Los apoyadores de AMLO están dispuestos a no creer las críticas o perdonar todo al Presidente. Será interesante ver si esa disposición permanece intacta para apoyar a la candidata presidencial que impulse López Obrador en 2024.

En conclusión, el poder político irresistible de AMLO está anclado en la eficiencia político-electoral que ha logrado desplegar. Su discurso redentor lo aceptan ciegamente sus seguidores, que son mayoría. Esto se debe, podemos aventurar, a que en 2018 la mayoría de la gente desahogó un caudal histórico de agravios, reclamos y ánimo de castigo contra una clase política priista-panista-perredista, que literalmente se estaba tragando al país sin límite ni pudor algunos. El manotazo del pueblo fue tan profundo, tan arraigado en la psique popular, que no están dispuestos a descreer del Elegido debido a la esperanza que siguen anidando y a que no desean siquiera esbozar la idea de que se equivocaron o que AMLO es, finalmente, como los demás. Aunque tal vez en el fondo más recóndito sepan que sí, que todos los políticos, ayer y hoy, son esencialmente iguales. Humanos, demasiado humanos.

José Reyes DoriaPolitólogo por la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, y Maestro en Auditoría Gubernamental por la Facultad de Contaduría y Administración, ambas de la UNAM. Asesor parlamentario en diversos órganos de gobierno y comisiones de la Cámara de Diputados del Congreso de la Unión. Colaborador en portales informativos. Conferencista sobre temas legislativos y políticos. Consultor en materia de comunicación política, prospectiva y análisis de coyuntura. Contacto: reyes_doriajose@hotmail.com rdj082013@gmail.com

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