Inicio Opinión Política feminista/ Por una política del cuidado: hacia un pacto social violeta...

Política feminista/ Por una política del cuidado: hacia un pacto social violeta I/III. Autora: Aleida Hernández Cervantes

Foto: Xinhua

¿Por qué en los últimos días, semanas y meses el tema del cuidado y de los cuidados ha tomado tanta relevancia? ¿Por qué un asunto tan vital como el deber de cuidar y ser cuidados había estado tan invisible ante los ojos de la mayoría de nosotres? “Lo esencial es invisible a los ojos”, diría Antonie de Saint-Exúpery en El Principito. Ha estado siempre allí, pero la pandemia por el virus Covid-19 con el confinamiento, la incertidumbre, el aislamiento así como el miedo al contagio y a perder seres queridos, develó con toda su fuerza lo que siempre hemos sabido pero no hemos querido ver: que somos profundamente vulnerables. Y no obstante nuestra vulnerabilidad compartida, hemos sido también profundamente descuidados en muchos sentidos. Descuidados con los otres, descuidados con nosotros mismos y descuidados con la Naturaleza.

Pero las indagaciones y reflexiones que se aproximan al tema de cuidados no iniciaron con la pandemia, empezaron desde hace muchos años, al menos desde los años setenta. Silvia Federici, María Mies Dalla Costa fueron algunas de las pioneras al posicionar con toda claridad la importancia de visibilizar el trabajo doméstico y de cuidados no pagado que sostiene la reproducción social y, al mismo tiempo, permite que la esfera de la producción de bienes y servicios siga su curso. Esta discusión formó parte de una teorización más amplia sobre la división sexual del trabajo: por un lado, la esfera de la producción destinada fundamentalmente a los hombres; y por el otro, la esfera de la reproducción, asignada fundamentalmente a las mujeres. En esa ruta Silvia Federici explicó que a partir de la industrialización se crea una nueva forma de patriarcado, nuevas formas de jerarquías patriarcales en la que se inscribió el patriarcado del salario, consistente en una nueva organización de la desigualdad. El salario masculino creó mayor dependencia de las mujeres frente a los hombres, y convirtió a estos en supervisores del trabajo no pagado de las mujeres. De ahí que el foco del análisis de autoras como Federici se haya concentrado durante mucho tiempo en el trabajo doméstico, ahora disputado desde el lenguaje también, como trabajo del hogar, para no seguir legitimando desde el lenguaje la domesticidad de las mujeres.

Más adelante volveremos al tema del trabajo del hogar y de cuidados a través de las exploraciones que han hecho feministas latinoamericanas y de otras latitudes, en el marco de la economía feminista.

Antes de eso, me interesa posicionar una pregunta que me parece clave en esta reflexión: ¿por qué no solo es importante, sino fundamental pensar, hablar y hacer desde una ética y una política del cuidado de aquí en adelante en la vida social? Simplemente, porque si no lo hacemos se nos va la vida, la vida de todo tipo.

Detrás de toda Política, con P mayúscula, hay una ética. Entonces, me referiré al pensamiento que desde los principios, debe orientar a una Política. La pregunta entonces es, ¿qué tipo de ética queremos que oriente a una nueva política, a partir de las lecciones que estamos viviendo con la pandemia? Creo que la Ética del cuidado, sin duda, puede ser una respuesta.

Carol Gilligan, psicóloga feminista en su texto fundacional de Ética del Cuidado en los años noventa, invierte una serie de preguntas al investigar sobre desarrollo humano: en lugar de preguntarnos ¿cómo adquirimos la capacidad de cuidar de otros? Mejor debemos preguntarnos, ¿cómo aprendemos a adoptar el punto de vista del otro y cómo superamos la búsqueda del interés propio? Porque esto nos llevará a cuestionarnos cómo y en qué momento fue que perdimos la capacidad de cuidar de otros, qué inhibió nuestra empatía y nuestra sensibilidad; por qué perdemos la capacidad de diferenciar entre estar y no estar en contacto y por qué perdemos la capacidad de amar. Y no se refería a amar en un sentido romántico del término. En una síntesis muy apretada de los hallazgos de Gilligan en las entrevistas que hizo a niños, niñas y adolescentes encontró que aquello que se consideraba por el canon psicoanalítico como una deficiencia en el desarrollo humano de las mujeres, era una ventaja en lugar de limitaciones: la voz de las mujeres compaginaba razón y emoción; navegaba entre lo individual y las relaciones, combinaba lo personal con lo impersonal, y todo ello inserto en un contexto espacial y temporal.

Otorgarle así, un estatus epistémico y social a la preocupación por los sentimientos y las relaciones, reconocernos sujetos absolutamente relacionales, vinculados unas a otros, en todas sus dimensiones, incluso en la más sensible que es la condición de vulnerabilidad que nos atraviesa a todos los seres humanos en muchas etapas de la vida, nos conduciría a una ciudadanía mucho más democrática que se sostiene en el principio del deber de cuidar y ser cuidados. La ética del cuidado, consiste además en escuchar, prestar atención, responder con integridad y respeto al otro, a los otros y a nosotros. Consiste en poner en el centro de la vida y lo social, la noción interdependencia. Que el otro importe tanto como el Yo al punto de pensarnos más en un nosotros que de forma individual. El cuidado es a la vez una práctica, o un complejo de prácticas, a la vez que un valor o un complejo de valores como dice Virginia Held. Por eso ubico a la vulnerabilidad compartida no como un defecto, sino como una potencia para hacer política desde allí, una política que se haga desde lo común, desde la comunidad y no desde la sociedad liberal que solo suma las individualidades sin pasar mucha revista a los deseos y necesidades en clave de interdependencia.

En ese sentido, he estado esbozando la idea de un nuevo arreglo social que podríamos denominar Pacto Social Violeta. Este nos llevaría a transitar de una regulación para las cosas a una regulación para la vida. Se trata de un pacto que tiene como ética y política, el cuidado y que es construido, precisamente, desde las gafas violetas que proporciona el feminismo. De sus elementos constituyentes hablaremos en la próxima entrega.

Aleida Hernández Cervantes
@CerAleida
Investigadora del Centro de Investigaciones
Interdisciplinarias en Ciencias y Humanidades
de la UNAM y profesora de la División de Estudios de Posgrado
de la Facultad de Derecho

Deja un comentario

Discover more from Julio Astillero

Subscribe now to keep reading and get access to the full archive.

Continue reading