Política feminista/ El conservadurismo frente a las protestas feministas. Autora: Aleida Hernández Cervantes

Foto: Xinhua

Una persona conservadora es alguien que cuida de la permanencia de las cosas. Es una cuidadora del status quo, del orden social tal como está, le perturban los cambios y más si se le plantean transformaciones de fondo. Le ponen nerviosa, porque le sacan de su zona de confort, de lo que conoce y, por lo tanto, de lo que está a su alcance controlar. Su mentalidad no está hecha para el cambio, está formada y estructurada para mantener, para conservar lo que ya existe, no importa a quiénes perjudica lo que intenta preservar. Su actitud, es una posición ante la vida y a ello, le dedica sus energías. Esto puede ser en el ámbito político, económico y también en el moral.

En términos políticos, el conservadurismo inició desde la Revolución Francesa para hacerle frente y oponerse, precisamente, a las ideas revolucionarias que produjo la Ilustración. En México, el período que más se conoce de enfrentamiento político entre conservadores y liberales se da durante todo el siglo XIX iniciando con Benito Juárez, quien dio forma jurídica a las ideas liberales que impulsaron las transformaciones del orden social y público, para separar la Iglesia del Estado, entre muchos otros cambios.

Actualmente en nuestro país, el presidente López Obrador ha traído de nuevo a la jerga discursiva, la referencia a lucha política entre conservadores y liberales. A diario su insistencia en que los conservadores son los que no dejan avanzar al país por su interés en continuar preservando el orden económico y político tal como estaba antes de su llegada a la presidencia, por una enorme razón: se beneficiaban de ese orden, en términos económicos y políticos. Por eso lo resisten, por eso quieren conservar, en detrimento de las mayorías empobrecidas en el país. Lo que AMLO olvida es la otra gran faceta del conservadurismo que nos ha hecho mucho daño como sociedad, se trata del conservadurismo moral y social. Este tipo de conservadurismo es igual al político y económico, solo que está en la esfera de orden social de género y de estratificación social. El actual orden social de género coloca a las mujeres en posición subordinada frente a los hombres: ellas cuidan de los otros, de los hijos e hijas, de los enfermos, de los adultos mayores; ellas sacrifican tiempo de sí mismas para atender, cuidar, cocinar, educar; cuando trabajan fuera del hogar, por lo general, ganan menos por puestos que son similares a los que ocupan sus pares varones; cuando transitan por la calle y el transporte público viven acoso callejero diario y, en ese sentido, su movimiento de libre tránsito está mucho más acotado que el de los hombres; frente a los hombres, las mujeres tienen más reducido el ejercicio de su sexualidad y de su cuerpo; desde el conservadurismo moral se asume que la vida de las mujeres, por lo general, quedará a “cargo” de la protección y tutela de un hombre. La lista del conservadurismo moral es infinita y, alguien se beneficia de ella.

Pero si en una sociedad combinamos conservadurismo, política económica neoliberal como fábrica de producir pobreza y marginación, violencia provocada por grupos del narcotráfico e impunidad estatal, estamos ante el peor de los mundos posibles, especialmente para las mujeres. Eso sucedió durante varias décadas en nuestro país. Existe una relación directa entre la profundización de la violencia generalizada y los feminicidios en México, pues se combinan la descomposición social con el conservadurismo del orden social de género. Ese latente pulso conservador de que las mujeres no se muevan del lugar en el que históricamente han estado: ser y estar para los otros, ser y estar en segundo plano.  

Por eso el movimiento feminista ya no está dispuesto a sostener ese sistema de cosas, por eso irrumpe en el espacio público con toda la fuerza y legitimidad para romper el silencio. Por esa “doble indignación” de las mujeres y del movimiento feminista, de la que nos habla la socióloga feminista Daniela Cerva en un texto publicado recientemente[i]. La primera indignación que proviene de las múltiples violencias que viven a diario y que pueden llegar a ser extremas como el feminicidio, convirtiéndose en doble indignación cuando al denunciar esos delitos y a los agresores, lo que hacen las instituciones del Estado que deberían dedicarse a impartirles justicia, las violentan de nuevo a través de la impunidad, de la revictimización, de ignorarlas, de minimizar los hechos y su dolor y de no cumplir con la Constitución y las leyes. Y las instituciones no existen en lo abstracto, están compuestas por personas convertidas en servidores públicos que llevan sus prejuicios, sus sesgos de género, su machismo y su conservadurismo al ejercicio de sus funciones, generando así que las mujeres no tengan acceso efectivo a la justicia.

Con la reciente toma de la Comisión Nacional de Derechos Humanos por parte de madres de víctimas de desaparición, violencia sexual y feminicidios así como de colectivas feministas, sigue enfatizándose la falta de contundencia del Estado mexicano y del gobierno federal actual de tratar con la seriedad que se debe el problema de violencia contra las mujeres. Por eso el movimiento feminista impulsado en estos momentos sobre todo por mujeres jóvenes, tiene como nos dice la académica experta en movimientos sociales Lucía Álvarez[ii], un lenguaje, estrategias de acción y formas de comunicación muy propias, que definen su singularidad y su pertenencia a nueva realidad y a una nueva generación. Es un movimiento disruptivo, fuerte y confrontativo con todo aquello que huela a la “permanencia de las cosas como están”, que minimice la gravedad de que sigan asesinando 10 mujeres a diario, la mayoría a manos de sus parejas o ex parejas.

Muchas opresiones y desigualdades coexisten con las de género, sí. Pero en estos momentos el movimiento feminista es el que está tomando el carácter revolucionario. ¿Quiénes serán los que pretendan conservar la permanencia de las cosas ahora?

El presidente tiene qué darse cuenta pronto de esto, porque las demandas van más allá de él y su mandato, vienen de muy lejos en la historia, debe aprender de los momentos de cambio, donde incluso cambian los sujetos y sujetas que los impulsan. La estrategia política desde el gobierno tendrá qué cambiar, comprender el tema de fondo, empezar por dejar de minimizarlo en el discurso e inmediatamente después convertirlo en una política pública fuerte y duradera, porque de no hacerlo, este tema y su mala forma de manejarlo, se convertirá en el gran flanco débil de su gobierno, el cual usarán sus insistentes adversarios políticos.

En la Ciudad de México cuando se dieron las protestas feministas más fuertes en agosto de 2019, la Jefa de Gobierno Claudia Sheimbaum reaccionó como reacciona hoy el presidente, alegando provocaciones, infiltrados para perjudicar y desestabilizar su gobierno, pero cuando cambió su estrategia y ella misma decretó la Alerta de Violencia contra las Mujeres de la CDMX en noviembre del mismo año, concentrando energías de sus funcionarios y funcionarias en construcción de propuestas para atender el problema, la intensidad de los reclamos feministas a su gobierno, disminuyó considerablemente.

Piénselo Andrés Manuel, no estaría nada mal que aprendiera de Claudia. Y aún más: es buen momento para aprender a hacer política feminista. No es bueno quedarse del lado de los conservadores.


[i] Daniela Cerva Cerna, “La protesta feminista en México. La misoginia en el discurso institucional y en las redes sociodigitales” en Revista Mexicana de Ciencias Políticas y Sociales, Universidad Nacional Autónoma de México, Nueva Época, Año LXV, núm. 240 septiembre-diciembre de 2020, pp. 177-205. http://dx.doi.org/10.22201/fcpys.2448492xe.2020.240.76434

[ii] Lucía Álvarez, “El movimiento feminista en México en el siglo XXI”, en Revista Mexicana de Ciencias Políticas y Sociales, Universidad Nacional Autónoma de México Nueva Época, Año LXV, núm. 240, septiembre-diciembre de 2020, pp. ISSN-2448-492X http://dx.doi.org/10.22201/fcpys.2448492xe.2020.240.76388

Aleida Hernández
Aleida Hernández

Profesora e investigadora de la UNAM, ha escrito diversos libros y artículos sobre derecho, seguridad social, trabajo, despojo, luchas sociales y derechos de las mujeres. Actualmente es integrante del Grupo Interinstitucional y Multidisciplinario para atender la Declaratoria de Alerta por Violencia de Género contra las mujeres de la Ciudad de México.

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