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Poder y Vulnerabilidad de la Presidenta: acoso y seguridad. Autor: José Reyes Doria

La presidenta también confirmó que no aumentará su protección pese al incidente de acoso / Foto: Graciela López Herrera / Cuartoscuro.com

José Reyes Doria | @jos_redo

No es exagerado calificar de escalofriante, por las consecuencias que pudo haber tenido, el acoso que sufrió la presidenta Claudia Sheinbaum el martes en el Centro Histórico de la CDMX. El hecho sigue generando múltiples reflexiones y reacciones en medios, redes sociales y todos los ámbitos de discusión y debate.

Vale la pena comentar algunos de los múltiples ángulos que, sobre esa escena inusitada, se han puesto sobre la mesa:

1.- La Presidenta es la persona más poderosa de México, aunque, ante todo, es mujer. Es la primera mujer en llegar a la Presidencia, y justo en esa condición fue víctima de un abuso que califica como acoso o agresión sexual. El agresor daba la impresión de estar bajo los efectos del alcohol o alguna droga, por lo tanto, no sabemos si tenía conciencia de que se trataba de la Presidenta de la República. El matiz es importante, porque es probable que si lo hubiera sabido se habría abstenido de su condenable acto, pues, como dice un dicho, no hay borracho que coma lumbre.

2.- En todo caso, la agresión de que fue objeto Claudia Sheinbaum arroja dos lecciones dramáticas en el ámbito de las luchas por los derechos de las mujeres. La primera lección es que todas las mujeres, aún la más poderosa del país, pueden ser víctimas de acoso, la Jefa de Estado también es vulnerable a las agresiones derivadas de las desigualdades estructurales basadas en el género. La segunda, que este hecho inaudito, por tratarse de la Presidenta como víctima, hizo más visible esa realidad persistente de machismos, discriminaciones y violencias de que son víctimas cotidianamente las mujeres. Ojalá este episodio detone una política integral de protección a las mujeres.

3.- La mujer que ocupa la Presidencia de la República es pilar de la estabilidad política y social de México. Su seguridad e integridad es un asunto de seguridad nacional. Protegerla de todos los riesgos posible es una razón de Estado. En este enfoque, se privilegia la probabilidad de que el agresor que llegó con increíble facilidad hasta la persona de la Presidenta, que pudo tocarla sin encontrar el menor obstáculo, pudiera haber llevado intenciones de atentar contra su vida o su integridad. Un atentado contra la vida de la Jefa de Estado haría estallar la estabilidad, colapsaría la seguridad nacional y hundiría al país en una espiral de ingobernabilidad de consecuencias incalculable. Pues bien, el sujeto agresor pudo llegar hasta el espacio donde esa hipótesis era realizable. Nos salvamos, por esta ocasión.

4.- México no es precisamente un país seguro, ahí está el asesinato de Carlos Manzo días antes. El sábado anterior asesinaron al presidente municipal de Uruapan, en las condiciones y contexto de todos conocidos. No es aventurado señalar, como lo hicieron algunos analistas, que en un espacio público abierto se incrementa sustancialmente la vulnerabilidad de los personajes políticos a ser víctimas de un atentado. A Carlos Manzo le pasó en la plaza pública de Uruapan. A la Presidenta se le acercó hasta el contacto físico un agresor en las calles aledañas al Zócalo.

5.- México, por desgracia, vive desde hace décadas un clima de inseguridad y agresividad insolente de poderosos grupos criminales. También existe una profunda polarización social y política. No es descabellado pensar que un personaje público como la Presidenta pudiera ser objeto de un atentado violento, sea por parte del crimen organizado, sea por parte de alguna persona fanatizada desde los extremos del espectro ideológico.

6.- El equipo de seguridad de la Presidenta debe tomar nota y no volver a exponerla. Todo el equipo, la ayudantía, las fuerzas armadas, los cuerpos civiles, todos los que tienen la tarea sistémica de garantizar la seguridad y la vida de la Presidenta, deben tomar conciencia de que lo ocurrido el martes pasado debe ser evitado absolutamente. El sujeto agresor no fue detectado ni detenido por el cerco de seguridad perimetral, que está formado por personal calificado de las fuerzas armadas.

7.- Tampoco fue frenado por el círculo de seguridad más cercano compuesto por la ayudantía. De hecho, el jefe de la ayudantía estaba grabando el recorrido de la Presidenta, cosa que no es su función y lo distrae, y reaccionó pasmosamente lento cuando el agresor tocó a la Jefa de Estado.

8.- Cercanía al pueblo, pero no a cualquier riesgo. Se entiende la convicción de la Presidenta de mantener contacto directo con la gente. Pero en espacios abiertos el contacto con las personas es sumamente complicado de controlar, se incrementan exponencialmente los riesgos de que se infiltre uno o varios agresores con eventual objetivo de realizar un atentado.

9.- El amplio respaldo popular nunca ha sido un escudo inexpugnable. Personajes populares y queridos por la gente, han sido víctimas de atentados fatales. Nuevamente veamos el caso de Carlos Manzo, el contacto con la gente que lo respaldaba y lo quería, en la celebración de Día de Muertos en una plaza pública, no alcanzó para protegerlo de la determinación de uno o pocos sujetos de matarlo.

10.- En estos días de álgido debate, se recordó el caso de Luis Donaldo Colosio, asesinado en un mitin en 1994 en Tijuana. Las bases populares de su partido lo querían como no lo hacían con sus antecesores, y lo asesinaron en plena algarabía de campaña. Las Fuerzas Armadas, el Secretario de Seguridad, o alguien de su confianza, debería convencer a la Presidenta de que, por más que mucha gente le tenga cariño auténtico, en espacios públicos masivos es indispensable observar estrictos protocolos de seguridad.

Muchas veces, en determinados lugares, en ciertos momentos, no será posible estar en contacto directo con la gente en espacios abiertos. Si el martes no estaba listo el aparato de seguridad de la Presidenta para salir a caminar a las calles del Centro Histórico, los responsables debieron decirle contundentemente que no. No se debe arriesgar así la estabilidad de la República.

José Reyes DoriaPolitólogo por la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, y Maestro en Auditoría Gubernamental por la Facultad de Contaduría y Administración, ambas de la UNAM. Asesor parlamentario en diversos órganos de gobierno y comisiones de la Cámara de Diputados del Congreso de la Unión. Colaborador en portales informativos. Conferencista sobre temas legislativos y políticos. Consultor en materia de comunicación política, prospectiva y análisis de coyuntura. Contacto: reyes_doriajose@hotmail.com rdj082013@gmail.com

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