
Franco “Bifo” Berardi escribe que pensar después de Gaza es pensar “sin futuro, sin humanidad”, frente a un abismo que ya no es metáfora sino geografía y herida. No lo dice para clausurar el pensamiento, sino para forzarlo a respirar dentro del humo: cartografiar mientras caemos. Leo esas líneas y me pregunto si la filosofía sirve para algo cuando la pantalla transmite, en vivo, niños amputados, hospitales derruidos, pan que no llega, agua que no existe, miedo que lo ocupa todo. La tentación de apagarlo es fuerte; la ética empieza ahí: no apagar. Porque apagar es consentir la normalidad del crimen. (Berardi empuja a mirar ese abismo; esa es su apuesta incómoda.)
No faltará quien repita, con la frialdad de un parte militar, que “así son las guerras”. Pero esto no es una fatalidad: es una cadena de decisiones humanas, sostenidas por una maquinaria política y tecnológica que mide vidas en función de su utilidad. Los números son insoportables: decenas de miles de palestinos asesinados desde 2023, con hambruna oficialmente declarada por organismos internacionales; la infancia de Gaza entre los datos más obscenos de nuestro siglo. No son abstracciones: son nombres que no conocemos. Y, sin embargo, sí sabemos que “más de 50,000 niños han sido reportados como muertos o heridos”, que miles han muerto de hambre en meses recientes y que el total de víctimas supera ya los sesenta mil. Quien aún quiera tratar esto como “daños colaterales”, que repita esas cifras en voz alta hasta que se le quiebre la lengua.
Aquí la tradición crítica nos ofrece un espejo incómodo. Baudrillard escribió que la Guerra del Golfo “no tuvo lugar” para Occidente: fue espectáculo sin duelo, una coreografía de misiles que borró el cuerpo del enemigo y su dolor. No porque no hubiera muertos, sino porque la guerra se comió la realidad para volverla imagen digerible. ¿Qué hacemos, entonces, cuando Gaza es la guerra televisada a escalainfinita, en alta definición, con scroll y memes? El riesgo no es solo la mentira informativa: es la anestesia moral que produce la repetición de la escena, el convertir el horror en consumo; “la guerra… que ya no sucede en la realidad sino en su duplicado”. Si no cuidamos el lenguaje y la mirada, la pantalla nos programa para ver tragedia sin responsabilidad, dolor sin demanda ética.
“Pensar después de Gaza” exige, entonces, desconfiar del espectáculo y honrar la realidad. La realidad no es trending topic: son madres con los brazos vacíos, niños que creen que su mano volverá a crecer, adolescentes que aprenden a caminar con fierros mientras el mundo discute tecnicismos jurídicos. No alcanzo a escribir estas oraciones sin tragar saliva. Pero las escribo porque la compasión no es un lujo sentimental, sino la condición mínima de una política que quiera llamarse humana. Y porque incluso la compasión duele: no romantiza, no consuela, no “cierra” nada. Solo exige no abandonar.
Hay algo más difícil que llorar: no justificar. Y aquí debo ser tan clara como dura: no hay justificación posible para un dispositivo de destrucción sistemática sobre un pueblo cercado, hambriento y bombardeado. Decirlo no equivale a culpar colectivamente a “los israelíes” como entidad moral indivisa. No todo israelí es culpable; de hecho, hay voces judías —en Israel y en la diáspora— que se han dejado la garganta denunciando esta maquinaria de muerte. Pero la historia es cruel con los pueblos cuyos gobiernos perpetran o sostienen horrores: la culpa estatal y militaracaba dejando un sedimento social, una marca que tardará generaciones en tramitarse, como ocurrió —de manera distinta, pero comparable en su sombra— con la sociedad alemana después del nazismo. No es una amenaza: es una advertencia desde la memoria histórica.
¿Y nosotros? ¿Cómo seguir siendo “buenas personas” en medio de este desastre teletransmitido? La bondad, aquí, no es inocencia. Es responsabilidad. Tomo prestada a Hannah Arendt: el mal burocratiza el exterminio; la bondad debe desburocratizar el juicio. En concreto —sin listas ni recetas mágicas— significa tres movimientos encadenados:
Primero, afinar la mirada. No consumir el dolor como contenido; buscar fuentes verificadas, escuchar a quienes asisten sobre el terreno, desactivar el cinismo cómodo del “todos mienten”. La verdad nunca es perfecta, pero sí hay hechos: hambre inducida, desplazamientos forzados, asesinatos masivos de civiles. Nombrar esos hechos preserva la posibilidad de la justicia.
Segundo, convertir la empatía en acto. Donar, escribir, marchar, presionar representantes, exigir embargos de armas, apoyar iniciativas humanitarias. Nada de esto resucita a nadie, pero rompe el hechizo de la impotencia. El espectáculo quiere espectadores; la ética quiere cómplices del bien. En un mundo hiperconectado, la complicidad también se mide en transferencias, votos, cartas, boicots, arte, clase impartida, conversación incómoda con ese colega que repite eslóganes.
Tercero, cuidar el corazón para que no se endurezca. La saturación de imágenes puede volvernos cínicos o crueles. Resistir esa dureza es trabajo espiritual y político: sostener el duelo, permitir que el dolor nos toque sin destruirnos, y seguir actuando. No es moralina; es higiene de la mirada. La compasión que se cuida no se agota.
Me queda una escena clavada: una mujer en Gaza rompe un trozo de pan y lo reparte entre niños que no conoce. Hay cámaras, sí, pero esa mano tiembla fuera del espectáculo; tiembla en lo real. Si Gaza es el nombre propio de nuestro siglo, como sugiere Berardi, entonces lo es por dos razones: por el extremo de la violencia tecnopolítica y por la prueba definitiva de nuestra capacidad de responder como seres humanos. El genocidio no es un destino: es una decisión que otros toman y que nosotros podemos —y debemos— interrumpir con nuestras pequeñas decisiones encadenadas.
No cierro con esperanza barata. Cierro con responsabilidad compartida. Habrá quien lea estas líneas y diga que exagero. Ojalá tuviera razón. Pero mientras la hambruna es un hecho, mientras los muertos siguen contándose, mientras un niño sueña con que su mano volverá a crecer, nuestra tarea es la misma: mirar, nombrar, actuar, cuidar. Si alguna lágrima cae al terminar de leer, que no sea solo por ellos: que sea también por lo que todavía podemos salvar de nosotros. Y que, al secarla, hagamos algo hoy para que mañana no tengamos que inventar otra palabra para nombrar lo imperdonable.
@Hadacosquillas




