Autor: Ricardo Bravo
Durante una estancia en California tuve la oportunidad de experimentar una nueva sensación que hasta entonces desconocía, con la que quizás se sientan identificados. La describiría como una inquietud, ansiedad, angustia por la cantidad de opciones disponibles en los negocios de cualquier tipo, usualmente cadenas, ya se la saben.
– ¿Me puede dar un vino tinto de la casa?
– No tenemos. Le puedo ofrecer Cabernet, Malbec, Merlot, Tempranillo, Tannat, Syrah, Pinot Noir, ¿De cuál quiere?
– Del que sea. El que más le pidan, por favor.
– ¡Perfecto! Le podemos agregar un aroma adicional por un dólar: tenemos frutos rojos, uva silvestre, caucho, aroma a coche nuevo, nueces, romero… ¿Acompañado de cacahuates, pepitas, papas…?
Este incremento en el catálogo de opciones es uno de los beneficios (¿?) de nuestro disminuido sistema económico. Cada cual escoge su veneno; la combinación de los componentes y su presentación: en termo Owala o en Yeti. Esta expansión del catálogo también ha llegado a los medios de información. Las nuevas generaciones conocen poco de los López Doriga y de los Alatorre. Ahora las opciones son ilimitadas y adaptables a los gustos e intereses de cada uno. La maravilla del internet y de las redes sociales. Un mundo de individuos informados, cada quien a su medida, con la información que a cada uno lo convence. Lo dejo a su juicio si considera que vivimos en una utopía o una distopía.
Pero ¿qué explica la decadencia de los medios de información tradicionales? Una de las variables es, sin lugar a dudas, esta explosión de opciones y el cambio en los hábitos de consumo de las nuevas generaciones. Las cifras de casi cualquier país lo confirman: los jóvenes se informan a través de las redes sociales. Sí, los hay que lo hacen de influencers y gente con pocas credenciales que justifiquen la atención de no más de una veintena de personas. Pero también hay quienes siguen a comunicadores tradicionales, esos que entendieron el cambio en el mercado y empacan el mismo contenido en presentaciones más digeribles para las nuevas audiencias. Mensajes cortos, concisos, directos, sin dudas ni miramientos.
Por eso, el escepticismo de mi esposa de que mis ideas tengan resonancia a menos que haga un pódcast. ¿Qué se le va a hacer? Esto está aunado a los hábitos de consumo, ejemplificados por mi sorpresa cuando una joven compañera de trabajo aceptó que veía todas sus series en el celular. “Por comodidad”, justificaba. Las nuevas generaciones “viven” en el celular y, necesariamente, de ahí proviene la información que consumen.
Una segunda variable que explica la decadencia de los medios de información tradicionales es la desconfianza. Esto se explica por dos razones principales. Una es que pegarle a los medios se ha vuelto un deporte nacional. No importa el partido o la inclinación política, atacar a los medios es una salida fácil. El movimiento de extrema derecha en el continente tiene esta característica como rasgo distintivo: “los medios tienen una agenda woke”, “son medio(s) rojos”, o ya al extremo de Milei de llamarlos “mierdas humanas”. Del otro lado del espectro político, algunos construyen la idea de una conspiración internacional capitalista que busca sistemáticamente ocultar los excesos de la clase dominante y debilitar la fuerza de los movimientos de liberación de las clases oprimidas. El desprestigio de los medios tradicionales es constante y eficaz. ¿Cuál de esas se compran? ¿Son conspiraciones nomás? El filósofo marxista húngaro Gáspár Miklós Támas decía en una clase que había dos formas de ver el capitalismo: una, la idea de un grupo de hombres blancos, cis, grandes contaminantes, de clase alta, que conspiran contra los intereses de los menos favorecidos, y la segunda, la de una máquina que tiene ciertas tendencias naturales que nadie sabe cómo apagar. Él favorecía esta última lectura y yo, con el paso del tiempo, me le he ido uniendo.
Creo que ambas posiciones hacen una caricatura de la realidad, que es un poco más compleja. Sin embargo, eso no significa que no perciba los sesgos evidentes. Me parece que la estructura de propiedad de los medios de comunicación da sustento a una versión del escepticismo de izquierda. El argumento es conocido por todos: el fin último de los medios de comunicación, como la gran mayoría de las empresas en este sistema económico, es la generación de ganancias, y este objetivo debe protegerse a toda costa. También, los medios están constreñidos por los intereses de los patrocinadores que aportan una parte muy significativa de las ganancias. Esta posición no excluye aceptar, por ejemplo, que muchos de los grandes medios en Estados Unidos favorecían ciertas ideas que se han denostado como woke, simplemente porque creían que el mercado se movía en esa dirección. Era otra manera de contribuir a sus intereses económicos.
Sin embargo, hay una segunda razón del desprestigio de estos medios que alimenta la primera. Es cierto, hay un par de relatos que en su extremo son, a mi parecer, conspiranoicos, de los medios vs. el pueblo, pero también es cierto que esas empresas nos dan muchos hilos de donde jalar. Dos noticias de los últimos meses han llamado poderosamente mi atención. Primero, la filtración de audios del expresidente hondureño Juan Orlando Hernández sobre un plan internacional para consolidar el poder de los gobiernos de derecha en Latinoamérica. Lo que se conoció como “Hondurasgate”. Segundo, la aprehensión de Fernando Cerimedo, asesor y operador político de, por lo menos, el presidente de Bolivia. Hay amplios indicios de que el asesor manejaba “granjas de bots” y de que también ofreció sus servicios a otros gobiernos de extrema derecha en la región. Y, finalmente, hay una supuesta mención de Cerimedo sobre planes en México. Lo que más llama mi atención de estos casos es, por un lado, la constante atención que reciben por parte de medios que se autodenominan de izquierda, LaJornada San Luis uno de ellos, y, por el otro, la poca o nula atención de los grandes medios en México.
Y he ahí el meollo del asunto: si conoces los casos a detalle es porque consumes medios de izquierda y si, de plano no te suena, es porque consumes otros medios. Y yo me pregunto, ¿por qué la poca o nula cobertura de estos eventos? CanalRed, medio digital de izquierdas, ha dado amplio seguimiento e incluso ha participado en la develación de estos dos casos. Ellos lo tienen claro: “los medios de comunicación no golpearían a agentes políticos que fueran contrarios a sus intereses”. Para ellos, la relación entre medios tradicionales y la derecha política es clara. Yo repito mi convicción de que las respuestas que parecen tan sencillas usualmente no lo son tanto. Por eso pregunto, señores de los medios tradicionales, para los menos malpensados: ¿por qué se habla tan poco o nada de esos casos? ¿La evidencia es dudosa, quizás, las notas de voz? ¿Cerimedo no es tan importante como se nos pinta? Podría parecer apresurado concluir que esas piezas noticiosas son la evidencia clara de la conspiración capitalista-fascistoide, especialmente, antes de que se sustenten todas las conjeturas que se hacen. Pero, del mismo modo, es apresurado que los medios tradicionales concluyan que estas no son historias que deban contarse e investigarse.
Entre influencers, pódcasts, medios tradicionales y periódicos digitales, a los que les creemos algo y a los que les creemos menos, andamos por la vida noticiosa los que buscamos información veraz. Cada cual escoge su veneno.

Ricardo Bravo
Internacionalista por el Colegio de San Luis, maestro en filosofía política por la Univeridad Pompeu Fabra en Barcelona. Candidato a doctor en teoría política por la Universidad Centroeuropea en Viena. Instagram y Threads: Parteaguas.mex




