Hace unos días, durante la conferencia matutina del lunes 5 de julio, el presidente López Obrador y el periodista de Univisión, Jorge Ramos, debatieron sobre dos puntos: la pandemia y la seguridad pública. Como sucede siempre, la cuestión se polarizó y lo importante no fue desentrañar la verdad detrás de los datos, sino una ocasión para que los seguidores del presidente y los opositores riñeran. Para los primeros, el presidente puso en su lugar de manera contundente al periodista; para los segundos, Ramos exhibió al presidente. ¿Cuál es la verdad? Ambas facciones se llevan a la boca de manera inocente e irreflexiva, como un caramelo, lo primero que place a sus oídos, sin hacer un ejercicio crítico, y eso no abona ni a la libertad ni a la democracia.
PANDEMIA
Según el presidente, y para ello presentó una gráfica con datos de la Universidad Johns Hopkins, las muertes por Covid-19 deben computarse por cada millón de habitantes. Visto así, parece que la estrategia del gobierno contra la pandemia dio buenos resultados, pues México no aparece ni siquiera en los veinte primeros lugares. Hasta aquí todo va bien y cualquier entusiasta del gobierno aplaudiría. Jorge Ramos dijo que México es el cuatro lugar mundial de muertes por Covid-19, y que ello no puede considerarse un éxito, lo cual también es cierto.
El problema es que el gobierno maneja tres contabilidades: muertes por Covid, muertes asociadas al Covid y el llamado exceso de mortalidad. Es como las empresas, no muy éticas por cierto, que llevan varias contabilidades: una para el fisco, otra para los dueños y otra más la del administrador. Usar los números mínimos para evadir impuestos o pagar lo menos posible es un poco lo que hace el presidente. Johns Hopkins utiliza los números oficiales del gobierno mexicano, y ese número al día de hoy es de 234 mil muertes, para redondear. En cambio, el número de fallecimientos por exceso de mortalidad durante la pandemia es, números redondos, 493 mil, de los cuales 351 mil son muertes asociadas al Covid. No lo digo yo. Está publicado por el gobierno mexicano y usted lo puede ver en este link: https://coronavirus.gob.mx/exceso-de-mortalidad-en-mexico/
Esto es lo que trató de decir Jorge Ramos, pero quizá no preparó la operación matemática para restregársela al presidente. Para el gobierno mexicano, el número de muertes por Covid por cada millón de habitantes es de 1797, lo cual sitúa a nuestro país en el lugar veintidós mundial. Nada mal. Pero si consideráramos no las 234 mil muertes oficiales, sino las 351 mil muertes asociadas a Covid, también oficiales y muy reales, entonces el resultado no sería tan bonito y presumible como cree el presidente. Estaríamos hablando de 2695 fallecimientos por cada millón de habitantes, y eso nos colocaría en el quinto peor país a nivel mundial. Si aportáramos este dato oficial, entonces México sería no solo el cuarto lugar mundial con más muertes por Covid (lo que dijo Jorge Ramos), sino el quinto peor lugar mundial en muertes por Covid por cada millón de habitantes, a diferencia de lo que cree AMLO. Y no hablo yo de “otros datos”, sino de datos del propio López Obrador. Si Jorge Ramos hubiera previsto esa cifra de 2695 decesos por cada millón de habitantes, cifra que cualquier chico de secundaria puede obtener con unas simples operaciones matemáticas, habría verdaderamente exhibido al presidente. Y no es que el presidente no lo sepa; claro que lo sabe, pero, como todo político, presentó la arista más favorable de los números.
Cuando uno se compara con los peores, uno se puede llevar la falsa idea de que está entre los mejores. Pero cuando uno se compara con los mejores, resulta que uno no es tan bueno como cree. Esto también intentó decirlo Jorge Ramos, sin éxito. Ahí está el caso de Japón, que con sus 126 millones de habitantes tiene una población un poco menor que la nuestra. Ellos reportan menos de 15 mil muertes por Covid y una tasa de 118 muertes por millón de habitantes. Comparada con la estrategia de Japón, parece que la de México fue verdaderamente mala.
Y además habría que considerar la tasa de letalidad, es decir, el número de decesos por cada 100 casos confirmados de Covid-19. Si Ramos hubiera tenido este dato a la mano, habría hecho ver muy mal al presidente. La propia Johns Hopkins señala que México es el segundo peor país en el mundo considerando la tasa de letalidad, solo detrás de Perú. Ser el segundo peor del mundo en letalidad, con una tasa de 9.2%, no es un dato para presumir, y pone en evidencia la incapacidad del gobierno mexicano para atender a los enfermos. Y si usted no me cree, aquí le dejo el link de Johns Hopkins: https://coronavirus.jhu.edu/data/mortality
En mi opinión, la estrategia de nuestro gobierno contra la pandemia no puede calificarse de exitosa. Y es que sucede como en el amor (conste que es un símil): durante el enamoramiento, ya no se ven los defectos de la persona amada, a la cual se idealiza y se cree libre de toda mácula e incapaz de mentir o equivocarse. Por más que se muestren números, para los entusiastas de López Obrador la estrategia contra el Covid es muy exitosa –quizá la más exitosa del mundo–, y nada los hará cambiar de opinión. Es un fenómeno difícil de entender, pero real, y eso explica que sea imposible discutir con ellos. Y así como un grupo importante de seguidores del presidente están en ese enamoramiento, a su vez el presidente parece experimentar algo similar hacia su tocayo de apellido, López-Gatell, al cual ve como “un sueño”, lo máximo que hay en el mundo, y por eso le cree absolutamente todo y lo respalda.
SEGURIDAD PÚBLICA
En materia de seguridad pública, parece que tampoco los números sonríen al presidente. Afirmó que ya no hay masacres y Jorge Ramos le recordó casos como los de Aguililla, Reynosa y Zacatecas. Todo es cuestión de qué se entiende por masacre. Para López Obrador, masacre es una matanza perpetrada por el Estado, y por eso dice –con razón dentro de su particular universo– que ya no hay masacres. Lamentablemente, López Obrador no tiene el poder para cambiar el sentido del lenguaje; bueno, sí lo tiene, no en términos absolutos, pero sí respecto a sus seguidores. Si él dice que no hay masacres, para sus seguidores no hay masacres. Pero una masacre no es lo que diga López Obrador y crean sus seguidores, sino lo definido por la convención de los que hablan una lengua: masacre, para los que hablamos español, es una “matanza de personas, generalmente indefensas, producida por ataque armado o causa parecida”, dice el diccionario de nuestra lengua; “the act or an instance of killing a number of usually helpless or unresisting human beings under circumstances of atrocity and cruelty”, señala en el mismo sentido el Merriam-Webster de la lengua inglesa; “action de massacrer, de tuer des gens sans défense”, define, también de forma conteste, el Larousse de la lengua francesa. En este sentido, México es el país de las masacres: Welcome to Massacreland!!!
Tal vez Jorge Ramos debió ser más enfático en señalar que “masacre” no es lo que diga o quiera el presidente y que no es posible llevar la discusión a terrenos de significados privados o personales; que, en efecto, en el mundo del presidente no hay masacres, porque para él masacre es otra cosa –solo la que ejecuta el Estado–, y que para él y sus seguidores podrá ser esto la verdad última, pero en el mundo fáctico, el país que gobierna es un país de masacres.
No quiero extenderme en el tema de la seguridad pública, porque es todavía más obvio que el asunto de la pandemia. Los números indican que este sexenio será el más violento de la historia de nuestro país, lo cual es señal de que la estrategia de seguridad del presidente no está funcionando, al menos no como se esperaba. Y es una pena, porque ya se probó todo. Lo único que faltaba –que la seguridad pública se militarizara–, ya lo está haciendo López Obrador. De nada vale decir que es culpa de los anteriores gobiernos, pues el problema existe y lacera, y con esa cantinela no se resuelve nada. El presidente lo ha dicho con claridad: él no es culpable, pero él es responsable de enfrentar el problema, y si en lugar de dar resultados incontrovertibles se mantiene en su actitud de echar culpas, se le va a pasar el sexenio y las cosas se agravarán cada vez más.
Creo que hemos llegado al punto en que el problema del crimen organizado y la violencia no tiene solución. Ni siquiera si llegara al poder una dictadura militar durísima y se establecieran toda clases de restricciones a las garantías de las personas, ni así se podría solucionar el problema. Las fuerzas armadas no tienen la capacidad para imponerse simultáneamente en todo el territorio nacional. Es una pena y una tragedia decirlo, pero es la verdad. Como dice la leyenda a la entrada del Infierno, en Divina Comedia, “Lasciate ogni speranza”.
En los primeros treinta meses del gobierno de López Obrador se registraron casi 73 mil homicidios dolosos, según datos del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública; es decir, datos oficiales del gobierno. Para que se dé usted una idea de lo que estamos hablando, en los primeros treinta meses de Calderón se registraron poco más de 30 mil, es decir, menos de la mitad; y en los primeros treinta meses de Peña Nieto casi 42 mil. El presidente niega que las cosas en materia de seguridad vayan tan mal, y si bien acepta que el feminicidio ha crecido, en términos generales sostiene que su estrategia es exitosa, que está funcionando muy bien y que el país está en calma. Desde mi limitado punto de vista, no veo en las cifras indicios de éxito.
A veces la gente se molesta conmigo y reprocha que “defienda” o “ataque” al presidente. Pero no se trata de eso, sino de ejercer la crítica, es decir, someter al escrutinio de la razón las acciones de un gobierno. Al gobierno siempre hay que criticarlo, sea de derecha, de centro o de izquierda, trátese de un buen gobierno y, con mayor razón, si se trata de un mal gobierno. ¿Por qué? La crítica es muy benéfica para la libertad y la democracia. Sin crítica, llega la muerte del pensamiento y nace el culto a la personalidad. Es normal que los presidentes odien la crítica: he ahí Fox, quien recomendó públicamente no leer los periódicos, pues contienen, según él, sólo calumnias; o Calderón, de quien se sabe que hostigaba a medios e incluso a políticos y ministros de la corte para imponer su voluntad; o Peña Nieto, que pedía cínicamente aplausos allí donde debía haber reproche y reprobación.
En términos objetivos y analizando los datos del gobierno de López Obrador, sus estrategias contra la pandemia y contra el crimen organizado no pueden calificarse de exitosas. Yo creo que el propio presidente es consciente de ello y entiendo que no salga públicamente a admitirlo. A sus colaboradores, seguidores y simpatizantes yo recomendaría, a riesgo de ser vilipendiado, no aplaudir allí donde debería criticarse.





